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  • Investigación y Ciencia
  • Diciembre 2015Nº 471

Espacio

Sorpresas en los cinturones de Van Allen

Los anillos de radiación que rodean nuestro planeta son más dinámicos de lo que se pensaba. Sus cambios podrían aumentar los daños causados por las tormentas solares.

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Entrada la noche del 31 de enero de 1958, un cohete Juno I de 29 toneladas partía desde Cabo Cañaveral para poner en órbita el primer satélite artificial estadounidense, el Explorer I (la Unión Soviética había lanzado el Spútnik 2 casi tres meses antes). El ingenio portaba una innovadora carga científica preparada en la Universidad estatal de Iowa por un equipo dirigido por James A. Van Allen. Gracias a ella, el satélite logró el primer gran descubrimiento de la era espacial: la existencia de anillos de radiación de alta energía e intensidad alrededor de nuestro planeta.

Hoy conocidos como cinturones de Van Allen, el hallazgo reveló los efectos de la interacción entre el campo magnético terrestre y el entorno espacial. El campo, generado por la rotación del núcleo metálico fundido de la Tierra, da lugar a la magnetosfera, una burbuja magnética que envuelve a nuestro planeta. Su tamaño y forma cambian en función de la intensidad del viento solar, la corriente de partículas con carga eléctrica que nos llega desde el Sol. La vida en la Tierra depende de forma crítica de la magnetosfera, la cual protege la atmósfera y la superficie del viento solar y de los rayos cósmicos, aún más energéticos. En su interior, las líneas de campo magnético apresan y aceleran partículas, principalmente protones y electrones, y las hacen rebotar de un lado a otro entre los polos del planeta. Esas zonas de partículas atrapadas conforman los cinturones de Van Allen, los cuales adoptan la forma de dos toroides concéntricos: el interior se extiende desde los 1000 hasta los 6000 kilómetros de altitud, mientras que el exterior abarca aproximadamente desde los 13.000 hasta los 16.000 kilómetros.

Pero los cinturones de Van Allen son escudos imperfectos. Por un lado, las partículas más veloces pueden escapar y chocar contra la atmósfera, dando lugar a las auroras. Por otro, cuando en el Sol se produce una erupción magnética considerable, la avalancha de partículas resultante puede penetrar a través de la magnetosfera exterior y saturar los cinturones de Van Allen, con efectos más violentos. La rápida inyección de partículas en los anillos de radiación puede dañar los circuitos y los paneles solares de los satélites en órbita; además, el enjambre de protones y electrones liberados cuando las partículas del viento solar chocan contra la atmósfera induce corrientes eléctricas que pueden sobrecargar las redes terrestres y provocar apagones.

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