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  • Diciembre 2016Nº 483

Clima

Tras las huellas de El Niño

A este caprichoso e influyente fenómeno climático se le suele achacar un tiempo extremo. Su último ciclo revela una realidad más sutil.

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En California se cultiva, entre toda una variedad de alimentos, el 90 por ciento de los tomates, brócolis y almendras que se consumen en Estados Unidos. Eso requiere una gran cantidad de agua. En la primavera de 2015, tras cuatro años de escasas precipitaciones invernales, el estado sufría una grave sequía. Los embalses se encontraban muy por debajo de su capacidad y los acuíferos se explotaban intensamente. En muchas zonas las montañas apenas estaban cubiertas de nieve, cuya fusión supone una fuente abundante de agua en primavera y verano.

Dada la situación, a nadie sorprendió que los agricultores californianos y sus vecinos tomaran buena nota cuando la Administración Nacional de la Atmósfera y los Océanos (NOAA) anunció que el patrón climático conocido como El Niño se estaba asentando sobre el océano Pacífico: según la sabiduría popular, El Niño trae a California copiosas lluvias.

El Niño representa la fase cálida de un ciclo de calentamiento y enfriamiento de las aguas superficiales del Pacífico tropical, cuya recurrencia se produce entre los tres y los siete años. El episodio frío recibe el nombre de La Niña. Cada uno suele perdurar entre seis meses y un año. Durante El Niño, las aguas cálidas calientan el aire que hay sobre ellas, lo que induce cambios en la circulación atmosférica que afectan a todo el planeta. La NOAA, el centro donde llevo a cabo investigaciones climáticas, suele pronosticar la llegada de El Niño o La Niña antes de que ejerzan su mayor influencia sobre el tiempo meteorológico global.

Pero, aunque los californianos albergaban grandes esperanzas, los efectos que El Niño suele causar tanto en esa región como en otras zonas del planeta no siempre se producen. De los 20 episodios de El Niño acaecidos desde 1950, cuando la NOAA comenzó a estudiarlos, solo la mitad han llevado a California precipitaciones superiores a la media durante la época de lluvias (diciembre, enero y febrero). En algunas ocasiones incluso se han observado efectos opuestos a los esperados. Y aunque los meteorólogos han perfeccionado sus técnicas para predecir un incipiente El Niño o La Niña, los cambios en el tiempo regional siguen siendo difíciles de vaticinar.

A principios de 2015, cuando California se secaba, los pronósticos hubieron de hacer frente a varias preguntas. ¿Sería intenso el próximo El Niño? ¿Salvaría a California? ¿Amplificaría los huracanes en el Pacífico y los reduciría en el Atlántico? ¿Abrasaría Australia, provocaría incendios forestales en Indonesia o haría desaparecer el invierno en el Noreste de EE.UU., como ha ocurrido otras veces en el pasado?

Poder responder a tales preguntas sería de enorme utilidad para que agricultores, servicios de emergencia y el público general pudiesen tomar medidas ante la llegada de eventos meteorológicos extremos. Sin embargo, como ha mostrado el último El Niño, la ciencia que hay detrás es muy intrincada.

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