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  • Enero 2017Nº 484

Lingüística

Hacia una nueva visión del lenguaje

Buena parte de la revolucionaria teoría de Noam Chomsky, incluida su explicación sobre la manera en que los niños adquieren el lenguaje, se está desmoronando.

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La teoría de que nuestro cerebro nace equipado con una plantilla predefinida para adquirir la gramática, famosamente defendida por Noam Chomsky, ha dominado la lingüística durante casi medio siglo. Hace poco, sin embargo, numerosos lingüistas y científicos cognitivos han comenzado a abandonar en manada la idea de que exista una «gramática universal». El detonante han sido varias investigaciones relativas a un gran número de lenguas, así como sobre la manera en que los niños comienzan a entender y a hablar el idioma de su comunidad. Los resultados de tales estudios no respaldan el paradigma chomskiano.

Esas investigaciones han alumbrado una visión completamente nueva del lenguaje, en la que su adquisición por parte del niño no depende de un módulo gramatical innato. En su lugar, los pequeños se convertirían en hablantes competentes gracias a varios recursos cognitivos que bien podrían no estar relacionados en absoluto con el lenguaje. Entre ellos se encontrarían la facultad para ordenar el mundo en categorías o para discernir relaciones entre cosas. Tales capacidades, unidas al talento único del ser humano para captar aquello que otros intentan comunicar, posibilitarían el lenguaje. Los nuevos hallazgos indican que, si realmente queremos entender cómo lo adquieren los niños, hemos de abandonar las teorías de Chomsky.

Esta conclusión es importante, ya que el estudio del lenguaje desempeña un papel nuclear en varias disciplinas (desde la poesía hasta la inteligencia artificial, pasando por la propia lingüística), pero métodos erróneos conducen a resultados cuestionables. Además, el lenguaje es empleado por el ser humano en proporciones que ningún otro animal puede emular. Por tanto, si lográsemos entender qué es, habríamos aprendido algo más sobre la naturaleza humana.

La primera versión de la teoría de Chomsky, presentada a mediados del siglo XX, encajó bien con dos tendencias intelectuales que entonces emergían en Occidente. Primero, postulaba que las lenguas naturales se comportaban como los lenguajes de base matemática del entonces incipiente campo de la computación. Así pues, las investigaciones de Chomsky se centraron en buscar la estructura computacional subyacente al lenguaje humano y propusieron la existencia de un conjunto de procedimientos para generar frases «bien formadas». Lo revolucionario fue pensar que un programa de tipo informático sería capaz de producir frases que las personas reconoceríamos como gramaticales. De ser así, dicho programa también podría explicar la manera en que los humanos generamos las frases. Ese modo de pensar cautivó a numerosos expertos de la época, dispuestos a adoptar un punto de vista computacional sobre... prácticamente todo.

Pero, además, Chomsky postuló que la gramática universal se encontraba arraigada en la biología humana. En la segunda mitad del siglo xx, se hizo cada vez más evidente que nuestra singular historia evolutiva era la responsable de muchos de los aspectos de nuestra también singular psicología, por lo que las teorías de Chomsky resonaron asimismo a ese nivel. Su gramática universal fue presentada como un componente innato de la mente humana que prometía revelar las bases biológicas de los más de 6000 idiomas del mundo. Y, en ciencia, las teorías más potentes, por no hablar de las más bellas, suelen revelar la unidad oculta que subyace a la diversidad. Como consecuencia, las teorías de Chomsky gustaron de inmediato.

Sin embargo, las pruebas han terminado por superar al paradigma chomskiano, que desde hace años viene padeciendo una muerte lenta. Su ocaso procede tan despacio porque, como apuntó en su día el físico Max Planck, los investigadores más veteranos suelen aferrarse a las viejas maneras de hacer ciencia: «La ciencia progresa de funeral en funeral».

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