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Actualidad científica

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  • Investigación y Ciencia
  • Enero 2017Nº 484

Energía

La fusión alternativa

Unos pocos físicos audaces, financiados algunos por multimillonarios, exploran vías más rápidas y baratas hacia la fuente definitiva de energía limpia.

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Voy poniéndome un poco nervioso mientras hacemos los preparativos para el encendido. Estoy sentado en la sala de control del reactor de fusión experimental de Tri Alpha Energy. Tengo delante unos monitores de ordenador que llevan etiquetas donde se lee «cañones de plasma» o «control de disparo». El reactor es un prototipo inicial de central eléctrica que genera energía mediante una versión controlada de lo que ocurre en el interior de las estrellas y las bombas de hidrógeno.

En la señal de vídeo de una pantalla colgada en alto, veo a unos operarios que se apartan del voluminoso reactor y se dirigen hacia la salida de este almacén de Irvine, en California. La resplandeciente cámara de vacío cilíndrica, en el centro del reactor, tan larga como dos autobuses aparcados en fila, está rodeada por dos docenas de electroimanes anulares, cada uno más alto que yo y gruesos como una pierna. A una orden mía, la temperatura se elevará dentro de la cámara a unos 10 millones de grados, aunque tan solo por un instante.

«Pulsa ese botón», me indica el operario. Obedezco. En un edificio adyacente, cuatro enormes volantes de inercia, que han adquirido su velocidad de rotación impulsados por la energía de la red local, liberan 20 megavatios de electricidad. La corriente excita los imanes anulares y carga una serie de robustos condensadores, dejándolos listos para la inminente y enorme andanada. En menos de dos minutos, todos los medidores de la pantalla de control han pasado de «Preparando» a «Armado».

El operario se inclina sobre un micrófono. «Disparar», se oye por los altavoces, y las luces de advertencia empiezan a parpadear. Muevo el cursor hasta el botón que reza «Disparar». Lo pulso. Los condensadores liberan en un microsegundo la electricidad que tienen acumulada. En los extremos opuestos del cilindro de vacío se forman nubes de iones de hidrógeno que son propulsadas hacia el centro a casi un millón de kilómetros por hora. Allí colisionan y producen un plasma caliente y giratorio, moldeado como un gigantesco cigarro hueco.

Dicho así parecerá un espectáculo dramático, pero en la sala de control no se ve destello alguno ni se oye ningún estampido, sino tan solo un débil sonido metálico, un «ping», como si a alguien dentro de la sala del reactor se le hubiera caído una llave inglesa al suelo de hormigón. Al cabo de un instante, la masa de plasma ya se ha disipado y los ordenadores empiezan a procesar el gigabyte de datos transmitidos desde las docenas de sensores instalados en el reactor. Las luces de advertencia se apagan y los operarios regresan a sus tareas.

Se trata tan solo de otro disparo en pos de la fusión. Cuando se efectúan hasta cien al día, tal y como ha estado haciendo Tri Alpha, uno más no significa gran cosa.

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