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  • Febrero 2017Nº 485

Vacunas

El talón de Aquiles del VIH

Una proteína formada por tres componentes y que remeda una región clave del virus podría dar lugar a la tan esperada vacuna.

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Más de treinta años después de que se identificase el VIH como la causa del sida, aún no hemos conseguido diseñar una vacuna eficaz contra el virus. Existe una serie de fármacos que, por regla general, pueden mantener la infección bajo control durante décadas, pero la mejor arma sería una vacuna que evitara la infección, especialmente en los países en vías de desarrollo, donde el coste de los fármacos y otros factores hacen que los tratamientos queden fuera del alcance de muchos. Si no se trata, la infección por VIH suele progresar de forma silenciosa hasta dar lugar a una inmunodeficiencia grave (el sida) y provocar la muerte al cabo de varios años.

La larga demora en el desarrollo de una vacuna no se debe a que no se haya intentado inventarla o a una falta de financiación. El problema es que el VIH no se parece a ninguno de los virus a los que los científicos se han enfrentado con anterioridad. Para que funcionara, la vacuna debería empujar al sistema inmunitario a atacar el virus y destruirlo antes de que invadiera las células y se propagara por todo el organismo. Pero el VIH ha desarrollado muchas defensas contra el sistema inmunitario humano. Con suma astucia, mata o inutiliza células inmunitarias cruciales, las encargadas de coordinar la respuesta del organismo contra él. Además, es un experto sin parangón a la hora de camuflarse, lo que ha desbaratado hasta hoy todos los intentos de los fabricantes de vacunas de enseñar al organismo a reconocer con rapidez el virus para evitar que sus múltiples variantes infecten a los humanos.

En tiempo reciente, nosotros tres y nuestros colaboradores hemos conseguido, después de casi dos décadas de esfuerzos, sintetizar una proteína que debería ayudar a superar las dificultades a las que los fabricantes de vacunas se han enfrentado en el pasado. Hemos demostrado que, en animales, esta molécula desencadena una fuerte respuesta frente al VIH. Para que sirva de base para crear una vacuna humana tendrá que modificarse, de modo que resulte más potente y evite la infección de una gama más amplia de cepas víricas. Este trabajo llevará tiempo. Pero nuestro laboratorio y muchos otros ya estamos abordando las dificultades pendientes y pensamos con optimismo que, por fin, estamos avanzando en la dirección correcta.

La idea
La molécula que hemos construido remeda una proteína de la envoltura del virus, denominada Env, mucho mejor de lo que hasta ahora parecía posible. La proteína en cuestión sobresale de la superficie del VIH como una púa y hace posible que el virus se introduzca en ciertas células inmunitarias, los linfocitos T CD4+. Normalmente, estos linfocitos se comunican con otros componentes del sistema inmunitario mediante varias proteínas, entre ellas las denominadas CD4 y CCR5, que salpican su superficie externa como si fuesen las torres de comunicación de la muralla de una fortaleza. Cuando el VIH intenta penetrar en las células inmunitarias, una de las proteínas de su envoltura se acopla primero a la proteína CD4, lo que permite su unión posterior a CCR5. A continuación, la proteína de la envoltura se retuerce y se reorganiza de manera que las membranas externas del virus y de la célula inmunitaria se fusionan entre sí. Al unirse, el virus libera sus genes en el interior de la célula, lo que da lugar a la formación de miles de millones de copias del virus; estas partículas víricas, a su vez, destruyen la célula y se dirigen hacia otras células, donde se repite el proceso de infección.

Desde hace tiempo, los investigadores han soñado con la posibilidad de prevenir la infección del VIH al anular la actividad de la proteína de su envoltura. La estrategia más lógica consistiría en «enseñar» al sistema inmunitario del organismo a producir ciertos anticuerpos, unas moléculas que reconocieran de forma específica la proteína de la envoltura del VIH y se unieran a ella. En teoría, estos anticuerpos tendrían dos efectos deseables. Formarían una barrera que evitaría la unión del VIH a CD4 y a CCR5 y, con ello, su entrada a las células T CD4+, y garantizarían la destrucción del virus o su eliminación por parte de diversos componentes del sistema inmunitario. Una estrategia casi idéntica funciona en las vacunas contra otros virus, como el de la hepatitis B: mediante ingeniería genética se produce una proteína de la superficie del patógeno en el laboratorio; cuando esta se inyecta a una persona, por sí sola no provoca la enfermedad (ya que falta el resto del virus), pero induce al sistema inmunitario a producir anticuerpos que se dirijan contra cualquier virus invasor que presente las mismas proteínas, o similares, y lo destruyan.

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