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  • Investigación y Ciencia
  • Febrero 2017Nº 485

Salud pública

Resistencia antibiótica surgida de las granjas

Las bacterias resistentes a los antibióticos procedentes del ganado suponen un grave riesgo para la humanidad, pero el sector pecuario y cárnico pone trabas a su estudio.

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Aquella jornada había visto miles de cerdos, pero había evitado tocarlos a toda costa manteniendo las manos pegadas al cuerpo. A uno no le agradaron mis escrúpulos y, con ademán amistoso, me azuzó en el trasero con el hocico. Le rasqué en la coronilla, hirsuta y sonrosada. Gruñó complacido.

Me hallaba en un corral atestado y maloliente de una granja de Frankfort, Indiana, un plácido pueblo agrícola enclavado a unos 70 kilómetros al noroeste de Indianápolis. Me acompañaba Mike Beard, el propietario. Los 30.000 cerdos que cada año cría no son suyos, sino de TDM Farms, una empresa productora de porcino. Beard tiene un contrato para criarlos desde los 14 días de vida, recién destetados de la madre, hasta los seis meses, momento en que se embarcan en camión hacia el matadero y la sala de despiece para acabar convertidos en chuletas, lomo y embutidos. La nave, de 12 por 60 metros, alberga a 1100 gorrinos. Puesto que a Beard se le retribuye por el espacio disponible y no por el número de animales, la empresa intenta llenar las naves lo máximo posible. A las 7:30 de la tarde, un camión de gran tonelaje desembarcará 400 lechones más, y, en cuanto estén estabulados, Beard comenzará a suministrarles el pienso complementado con antibióticos aprobado por TDM, totalmente necesario si se pretende que permanezcan sanos hacinados en los corrales, con heces esparcidas por doquier. Los antibióticos también aceleran su crecimiento con menos provisión de alimento, por lo que desde hace tiempo resultan esenciales para la crianza intensiva.

Pero tales prácticas tienen un lado funesto que explica mi reticencia a acariciar al simpático gorrino. Los antibióticos parecen estar transformando a los animales de granja en fábricas de enfermedades. Se convierten en focos de microbios mortíferos, como la bacteria Staphylococcus aureus resistente a la meticilina (SARM), que tolera varias de las principales clases de antibióticos y ya es un problema flagrante en los hospitales. De buen principio, el medicamento funciona en la granja, pero un puñado de microbios dotados de genes que confieren resistencia a sus efectos sobrevive y transmite esa capacidad a un grupo más amplio de gérmenes. Investigaciones recientes revelan que los segmentos de ADN responsables de esa resistencia pueden saltar de una especie o cepa bacteriana a otra con una facilidad pasmosa, un descubrimiento alarmante. Simplemente conduciendo detrás de los camiones que transportan pollos de granja, un equipo científico recolectó en el aire que entraba en el auto microbios farmacorresistentes. A inicios de 2016, se descubrió que un gen que otorga resistencia a uno de los antibióticos de último recurso había estado circulando por Estados Unidos y se hallaba presente en las bacterias que infectaron a una mujer en el estado de Pensilvania.

A muchos investigadores les preocupa que el uso intensivo de los antibióticos en las granjas pueda acabar desbordando nuestra capacidad para combatir las infecciones bacterianas. Los nuevos datos no añaden sino apremio a su preocupación. Estudios recientes indican que la resistencia a los medicamentos se disemina con mayor facilidad de lo que se creía y refuerza los eslabones de la cadena de resistencia que separa la granja de nuestro plato. En 2014, los laboratorios farmacéuticos vendieron casi 9500 toneladas de antibióticos de uso médico como complemento para la alimentación animal, cifra que triplica con creces el volumen destinado a la medicina humana. Despojados de su potencia, lo que hoy son meras molestias del día a día (infecciones de oído, cortes, catarros) podrían convertirse en una sentencia de muerte en el futuro.

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