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Actualidad científica

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  • Investigación y Ciencia
  • Abril 2017Nº 487

Neurociencia

El peligro oculto en el espacio profundo

Los rayos cósmicos podrían ser aún más nocivos de lo supuesto. ¿Podrá la humanidad viajar algún día entre las estrellas?

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esde hace milenios, el ser humano ha contemplado el cielo nocturno y ha soñado con alcanzar las estrellas. Ahora que hemos hollado la Luna y vivido a bordo de estaciones espaciales en órbita, parece inevitable que nos aventuremos más lejos, hasta Marte, el resto del sistema solar y allende. Muchas culturas comparten este sueño, que mantiene ocupadas a las agencias espaciales de todo el mundo.

Pero sabemos que el espacio es hostil. Cada vez que un astronauta abandona la Tierra se enfrenta a un frío helador, a la ausencia de atmósfera, a la microgravedad y a la radiación. Hasta ahora todos esos riesgos parecían superables en gran medida: meros problemas de ingeniería que aguardaban una resolución y peligros que los osados viajeros espaciales asumían por voluntad propia. Pero nuevas investigaciones, llevadas a cabo por mi equipo y otros grupos de científicos, han revelado que la radiación espacial podría ser más dañina de lo supuesto, en particular para el frágil pero fundamental cerebro humano. Si bien hace décadas que conocemos la naturaleza radiactiva del espacio, hasta fechas recientes no hemos recabado pruebas de la intensidad y la duración de los efectos que la radiación ejerce sobre dicho órgano.

Mediante la irradiación de ratones, mi equipo ha descubierto trastornos cognitivos patentes y duraderos que probablemente afecten también a la especie humana, un imprevisto que podría echar al traste las misiones espaciales. Los tripulantes de la Estación Espacial Internacional orbitan a una altura relativamente baja y quedan por ello resguardados de los peores efectos bajo el tenue abrigo que brindan los límites de la atmósfera, pero aún así ya corren el riesgo de sufrir daños cognitivos. El peligro para todo aquel que osara viajar a Marte o más allá sería mucho más grave.

Hoy por hoy, nuestra capacidad para mitigar esos peligros es limitada. El refuerzo del blindaje de la astronave podría neutralizar parte de la radiación, pero ningún material conocido es lo bastante liviano para ser práctico. Los fármacos que podrían proteger nuestro cuerpo contra los efectos de la radiación están en pañales. Si no damos con una solución, el sueño de viajar a través del sistema solar y traspasar sus confines podría quedar fuera de nuestro alcance.

Partículas penetrantes
La radiación cósmica es perniciosa; invisible e imperceptible como es, llena, sin embargo, cada milímetro de lo que parece un espacio vacío y puede dañar gravemente los tejidos humanos. La más peligrosa para los astronautas son los rayos cósmicos galácticos (RCG): núcleos atómicos dotados de carga eléctrica que se mueven casi a la velocidad de la luz y que los astrónomos creen originarios de las supernovas surgidas de la muerte de algunas estrellas. Además de los RCG, que impregnan el cosmos como un campo uniforme, nuestro Sol también expulsa protones (átomos de hidrógeno ionizados) de múltiples energías. Conforman la mayor parte de la radiación espacial, pero, debido a su pequeña masa, causan un daño notablemente menor que las partículas más pesadas. Y, lo que es más importante: todas ellas poseen la energía suficiente para atravesar el casco de las astronaves y el cuerpo de los astronautas. El campo magnético que envuelve la Tierra desvía la mayoría de esas partículas cósmicas lejos de la superficie y protege a sus moradores, de ahí que el abandono de la magnetosfera conlleve inevitablemente la exposición a ellas, con las consecuencias negativas que acarrea su contacto con los tejidos humanos.

Los rayos cósmicos son tan problemáticos porque cuando las partículas atraviesan el cuerpo ceden parte de su energía a los átomos de los tejidos, que quedan ionizados; es decir, los impactos expulsan electrones de los átomos neutros y los convierten en iones. Esas partículas con carga eléctrica se mueven siguiendo su propia trayectoria y arrancan a su vez más electrones que generan nuevas trayectorias secundarias, lo que agrava el daño. Cuanto mayor es la masa de la partícula de radiación, mayor es su energía y más átomos ioniza.

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