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  • Abril 2017Nº 487

Lingüística

La palabra silbada

Mucho antes de que existieran los teléfonos móviles o incluso el código Morse, algunas poblaciones rurales silbaban para comunicarse a larga distancia. El fenómeno aún fascina a los lingüistas.

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Una mañana de primavera, Panagiotis Kefalas se encontraba en la taberna que regentaba en la pequeña localidad griega de Antia cuando recibió una llamada de Kyria Koula. Kefalas planeaba desayunar en casa de su amiga, situada a doscientos metros. La llamada no se anunció con la melodía de un teléfono móvil, sino que llegó directamente al oído de Kefalas en forma de agudos silbidos:

«Bienvenida, ¿qué quieres?», trinó Koula.
Kefalas frunció los labios y silbó:
«Por favor, me gustaría comer».
«Muy bien», contestó Koula.
«Me apetecen huevos revueltos», sugirió Kefalas.

Cualquier visitante se habría quedado perplejo: el comienzo de la primera frase, «bienvenida» (kalós irthate, en griego romanizado), suena como un silbido lascivo —fiu, fiuuu—, con la diferencia de que el tono de la segunda sílaba arrastrada sube con rapidez.

Según algunas fuentes, la tradición del silbo, hoy en peligro de extinción y preservada por solo unas docenas de residentes de Antia, fue durante siglos el medio preferido por los pastores de ovejas y cabras para comunicarse de un cerro a otro. A fin de cuentas, los silbidos llegan mucho más lejos que los gritos y no fuerzan las cuerdas vocales. Incluso hoy en día, los jubilados de este pueblo del extremo meridional de Eubea, la segunda mayor isla de Grecia, utilizan en ocasiones esta eficiente forma pretecnológica de comunicación inalámbrica para transmitir de una casa a otra noticias, chismes o una invitación a desayunar.

Grabé la conversación entre Kefalas y Koula en mayo de 2004. Llevo investigando las lenguas silbadas en montañas remotas y selvas de todo el mundo desde principios del año 2000. En ese tiempo, tanto mi trabajo como el de otros colegas de profesión ha revelado la existencia de multitud de lenguas silbadas previamente desconocidas. Hemos medido las impresionantes distancias que pueden recorrer las palabras silbadas y hemos ampliado de manera considerable nuestros conocimientos sobre el modo de transmitir frases completas y sobre la manera en que el cerebro del receptor descifra las palabras.

Lenguas olvidadas
Mi interés por esta forma de comunicación nació hace casi veinte años, tras leer un artículo publicado en 1957 en Scientific American sobre el silbo gomero, una variante que aún se practica en la isla canaria de La Gomera. Decidí ampliar mis conocimientos sobre la materia y, en 2003, lo convertí en el tema principal de mi tesis doctoral.

Cuando se publicó aquel artículo, muy pocos investigadores mostraban interés por las lenguas silbadas, a pesar de que estas se conocen desde la Antigüedad. Ya Heródoto mencionaba a trogloditas etíopes que «hablaban como murciélagos» en Melpómene, el cuarto libro de sus Historias. Para 2003 el interés había aumentado, pero pocos lingüistas habían investigado los sonidos y significados transmitidos por el silbo, y la mayoría de los estudios únicamente se centraban en el silbo gomero.

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