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  • Investigación y Ciencia
  • Enero 1978Nº 16

Filosofía

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La estructura de los conceptos científicos

La asombrosa variedad de los conceptos usados en la ciencia es reducible a sólo tres tipos distintos. El estudio de la estructura matemática de cada uno de ellos arroja nueva luz sobre nuestra comprensión de la conceptualización científica.

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Nota de los editores: El 4 de octubre de 2017 un cáncer de pulmón se llevó a Jesús Mosterín (Bilbao, 1941). Filósofo, antropólogo y matemático, realizó importantes reflexiones sobre la racionalidad y la conceptualización científica. El presente artículo de 1978 es un ejemplo de ello.

El mundo nos bombardea continuamente con todo tipo de radiaciones, roce, mensajes. Y nuestro aparato sensorial selecciona y procesa esa información bruta que nos llega del mundo. Si tuviéramos otro aparato sensorial diferente del que tenemos, percibiríamos el mundo de distinto modo. Si nuestra retina fuese sensible a otro intervalo distinto del espectro electromagnético, veríamos un paisaje infrarrojo o ultravioleta muy distinto del que vemos. Si nuestros oídos fueran sensibles a otras frecuencias, escucharíamos un mundo ahora inaudito para nosotros. Y si tuviéramos sentidos sensibles a la radiactividad o al magnetismo, percibiríamos el mundo de un modo ahora inimaginable. Esto no significa que nuestros sentidos inventen el mundo ni que nuestras percepciones no sean objetivas. Tan objetiva es una foto en blanco y negro como una foto en color y como una radiografía. Pero nuestro aparato sensorial condiciona nuestra percepción del mundo y determina las pautas en las que ésta es posible. El mundo percibido es la resultante de al menos dos factores: nuestro aparato sensorial y el mundo exterior.

De igual modo, lo que pensemos y digamos del mundo no depende sólo de él, sino también de nuestro sistema conceptual, que selecciona, condiciona y determina los aspectos del mundo que tenemos en cuenta, en los que pensamos y de los que hablamos. El mundo pensado es también la resultante de al menos dos factores: nuestro sistema conceptual y el mundo real.

En nuestra actividad científica tenemos que partir de nuestro aparato sensorial y del sistema conceptual plasmado en nuestro lenguaje ordinario o común. Pero difícilmente podría ponerse en marcha la empresa científica si no nos fuera posible trascender las limitaciones de nuestro aparato sensorial y conceptual. Mediante instrumentos materiales apropiados, que son como extensiones de nuestros sentidos —telescopios, microscopios, cámaras fotográficas y de cine, balanzas, voltímetros, cuentarrevoluciones, veletas, brújulas, barómetros, magnetófonos, antenas de radio, etcétera— podemos discriminar mucho más finamente que con nuestros sentidos y podemos captar mensajes y radiaciones inasequibles a nuestro aparato sensorial. De igual modo, podemos extender y precisar nuestro sistema conceptual introduciendo conceptos más precisos y de mayor alcance que los del lenguaje ordinario, conceptos científicos que nos permiten describir hechos y formular hipótesis con una precisión y universalidad crecientes.

El progreso de la ciencia no siempre consiste en el aumento del número de verdades que conocemos. La noción de verdad es relativa a la de enunciado, y ésta a la de concepto. Qué verdades haya depende de qué conceptos empleemos. Y muchas veces el progreso de la ciencia consiste no en un aumento del número de verdades expresadas con un sistema conceptual dado, sino en el cambio del sistema conceptual, en su ampliación o extensión o en su sustitución por otro.

El mundo no está estructurado de por sí de un modo unívoco. Somos nosotros los que lo estructuramos al proyectar sobre él nuestros conceptos. Así, propiedades como la temperatura o la inteligencia no son intrínsecamente cualitativas o cuantitativas, sino que ese carácter sólo está en los conceptos que empleemos para hablar de ellas. Sin embargo, una vez introducidos ciertos conceptos de un determinado modo, ya no podremos usarlos a nuestro antojo, sino sólo siguiendo los perfiles que la realidad adopte al proyectar sobre ella dichos conceptos.

El importante papel desempeñado por los conceptos en la teorización científica ha despertado el interés de los metodólogos y filósofos de la ciencia, que en las dos últimas décadas les han prestado una atención especial. Lo primero que salta a la vista es la gran variedad de los conceptos científicos. Unos —como pez, fuerza o calor— proceden del lenguaje ordinario o común, algunas de cuyas nociones intuitivas precisan; otros —como ARN mensajerofonema o entropía— constituyen creaciones artificiales ligadas a nuevos descubrimientos o teorías. Pero unos y otros se articulan de mil modos distintos en el seno de múltiples y heteróclitas teorías. ¿Cómo hincar el diente en esta profusión de conceptos distintos? La investigación reciente ha mostrado que uno de los puntos de vista más fecundos para el estudio metacientífico de los conceptos es el de su estructura formal o matemática. De hecho, la profusa variedad de los conceptos científicos se reduce desde este punto de vista a unos pocos tipos básicos, fundamentalmente a tres: los conceptos clasificatorios, los comparativos y los métricos.

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