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  • Noviembre 2017Nº 494

Evolución

Hombres promiscuos, mujeres castas y otros mitos

La idea de que las diferencias de comportamiento entre ambos sexos son innatas e inmutables no se sostiene científicamente.

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Uno de los museos de arte más provocadores de Australia, el Museo de Arte Nuevo y Antiguo, en Hobart (Tasmania), acogió hace poco una exposición sobre la evolución del arte. Tres científicos evolutivos, encargados de elegir su contenido, ofrecieron sus perspectivas sobre cómo la evolución, además de modelar los atributos de amebas, hormigas y antílopes, explica también la singular actividad humana del arte. Una de esas perspectivas contempla el arte como un rasgo afín a la colorida cola del pavo real, que potencia el éxito reproductor del que la posee al resaltar su superioridad como pareja.

¿Nos evoca esa idea la imagen de una aplaudida artista, famosa por transgredir con intrepidez los límites de la convención artística, abriéndose paso plácidamente entre una serie de jóvenes y atractivas musas masculinas? Dudamos que sea así.

Los estereotipos del macho promiscuo y osado y de su antagonista, la mujer casta y prudente, se hallan profundamente arraigados. Es creencia popular que las diferencias de conducta entre los varones y las féminas son ancestrales. Ellas habrían sido modeladas por la selección natural a lo largo de los siglos con el fin de sacar el máximo provecho de su dispar capacidad reproductora. Ellos, en virtud de su inclinación innata por el riesgo y la competitividad, estarían destinados a dominar cada esfera de las disciplinas humanas, ya sea el arte, la política o la ciencia.

Pero una mirada atenta a la biología y al comportamiento de los humanos y los animales demuestra que muchas de las premisas que conforman tal planteamiento son erróneas. En numerosas especies, las hembras exhiben una conducta competitiva o ejercen un papel dominante. Y hombres y mujeres suelen mostrar preferencias similares en lo que concierne a la vida sexual. Asimismo, cada vez está más claro que los factores ambientales heredados condicionan el comportamiento adaptativo; en la especie humana, tales factores incluyen nuestra cultura de género. Ello significa que la igualdad entre sexos podría ser más factible de lo supuesto hasta ahora.

Machos intrépidos, hembras exigentes

El origen de la explicación evolutiva de la desigualdad de género pasada y presente arranca con la teoría de la selección sexual de Charles Darwin. Sus observaciones le llevaron a la conclusión de que, en la palestra del cortejo y el apareamiento, el esfuerzo por ser el elegido suele recaer en el sexo masculino. De ahí que sea este, más que el sexo femenino, el que ha adquirido atributos como la corpulencia o grandes astas con el fin de expulsar a los que compiten con él por el territorio, el estatus social o el apareamiento. Asimismo, él es, por norma general, el portador de rasgos puramente estéticos destinados a seducir a las hembras, como un plumaje deslumbrante, un elaborado reclamo de cortejo o un aroma exquisito.

Sin embargo, fue el biólogo británico Angus Bateman quien, a mediados del siglo pasado, aportó una interpretación convincente de por qué ser macho suele abocar a la competición sexual. El objeto de su investigación consistía en poner a prueba una premisa importante de la teoría de Darwin. A semejanza de la selección natural, la selección sexual hace que algunos individuos cosechen más éxito que otros. Así pues, si la selección sexual actúa más intensamente sobre los machos, estos deberían mostrar una mayor variabilidad en su éxito reproductor, lo que generaría desde fracasados rotundos hasta casanovas irresistibles. En cambio, las hembras deberían ser mucho más parecidas en su éxito reproductor. Ello explicaría por qué ser el equivalente animal de un artista brillante, en contraposición con uno mediocre, resulta mucho más beneficioso para el macho que para la hembra.

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