Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarle el uso de la web mediante el análisis de sus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúa navegando, consideramos que acepta nuestra Política de cookies .

Actualidad científica

Síguenos
  • Google+
  • RSS
  • Investigación y Ciencia
  • Agosto 2008Nº 383

Psicología

El dilema del dopaje

La teoría de juegos explica por qué se ha extendido tanto el uso de sustancias potenciadoras en el ciclismo, el béisbol y otros deportes.

Menear

Para un ciclista, nada es tan físicamente demoledor, nada desmoraliza tanto, como verse descolgado de sus competidores durante un ascenso. Las piernas le arden, los pulmones, abrasados, parece que van a reventar; aun así, echa el cuerpo sobre el manillar y realiza un esfuerzo supremo para no despegarse del líder. Sabe —demasiado bien lo sabe— que si se rezaga del pelotón se esfuma la motivación para redoblar el esfuerzo y, con ella, toda esperanza de victoria.

Conozco este sufrimiento, porque lo padecí en 1985 durante una interminable subida, a la salida de Albuquerque, cuando participaba en la Race Across America, una carrera de 5000 kilómetros sin paradas. A la salida de la ciudad había logrado ponerme a la par con Jonathan Boyer, que era entonces el segundo clasificado, pero acabaría vencedor; ese esbelto ciclista especializado en pruebas de carretera (routier) sería el primer estadounidense en competir en el Tour de Francia. Hacia la mitad de aquel rompepiernas, la conocida oleada de fatiga insuperable me bloqueó las piernas, mientras yo boqueaba desesperadamente, tratando de lograr oxígeno para continuar.

De nada sirvió. Al coronar la pendiente, Boyer se había convertido en un puntito lejano que bailaba sobre el asfalto rielante. Ya no volví a verle hasta la meta, en Atlantic City, a miles de kilómetros. Aquella noche, Jim Lampley, comentarista deportivo de la cadena ABC, me preguntó qué podía haber hecho yo para ir más rápido. "Seleccionar mejor a mis padres", respondí. Todos tenemos ciertas limitaciones genéticas, proseguí, que no pueden superarse mediante el entrenamiento. ¿Podía haber hecho algo más?

Sí. Ciertos ciclistas del equipo olímpico estadounidense de 1984 me explicaron que se habían inyectado sangre extra antes de las carreras, sangre propia (extraída con anterioridad en la temporada) o de otros que tuvieran el mismo tipo sanguíneo. En aquellos tiempos, el "dopaje sanguíneo" no estaba prohibido; tenía casi la misma consideración moral que el entrenamiento a gran altitud. En ambos casos, lo que se hace es aumentar en la sangre el número de células portadoras de oxígeno. Pero yo tenía ya 30 años y una carrera universitaria que me aseguraba trabajo. Si competía en ciclismo era, sobre todo, para averiguar hasta dónde podía llevar mi cuerpo antes de que éste se viniera abajo. La potenciación artificial de mi rendimiento no casaba con mis motivos para competir.

Puede conseguir el artículo en:

Artículo individual

BOLETÍN ACTUALIDAD¿Quieres estar al día de la actualidad científica? Recibe el nuevo boletín de actualidad con nuestros mejores contenidos semanales gratuitos (noticias y posts). Si lo deseas también puedes personalizar tu suscripción. BOLETÍN ACTUALIDAD¿Quieres estar al día de la actualidad científica? ¡Recibe el nuevo boletín de contenidos gratuitos! Ver más boletines.