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  • Investigación y Ciencia
  • Diciembre 1995Nº 231

Fisiología

Biología molecular de la olfacción

Los mamíferos reconocen miles de olores, algunos de los cuales despiertan respuestas enérgicas. ¿Cuáles son los procesos básicos en virtud de los cuales cerebro y nariz perciben los olores?

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El olfato es quizás el más evocador de todos nuestros sentidos. De su poder nos habla Marcel Proust en su famosa novela En busca del tiempo perdido, donde la nostalgia del sabor y la fragancia de una magdalena le dan pie a una descripción del gusto y del olfato, sentidos que son "los más frágiles, y a la par los más duraderos, los más alejados de lo sustancial, los más persistentes... que llevan, en la gota casi impalpable de su esencia, la vasta estructura de un recuerdo". Es frecuente que los hombres consideren el olfato como un sentido estético, cuando se trata, por contra, de una facultad imprescindible para la mayoría de los animales, de la que se valen para identificar el alimento, predadores o pareja. Para la mayoría de los organismos los olores son el medio más eficaz de que disponen para comunicarse con otros e interpretar el entorno. El comportamiento innato en respuesta a los olores es esencial para su supervivencia, resultado verosímil de una percepción inconsciente.

Cada individuo exhala un olor de características particulares genéticamente determinado. Esta identidad olfatoria se halla asociada a una notable capacidad para distinguir entre múltiples olores. El hombre, por ejemplo, puede reconocer unos 10.000 distintos, que van desde la fragancia de unas flores recién cortadas hasta el hedor nauseabundo de la mofeta. Muchos animales superan al hombre en sensibilidad para los olores: el sabueso, por ejemplo, posee una capacidad legendaria para discernir el más leve rastro de una sustancia olorosa.

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