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  • Junio 2017Nº 489

Neurología

Un éxito excepcional contra el alzhéimer

Un ensayo clínico de referencia muestra que la dieta, el ejercicio físico y una vida social activa pueden ayudar a prevenir el deterioro cognitivo.

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Nunca antes había alcanzado la vejez tanta gente. La esperanza de vida ha aumentado de los 45 años a principios del siglo XIX a los más de 80 de hoy en la mayoría de los países europeos, Japón, Canadá y Australia, entre otras naciones. De hecho, si la tendencia se mantiene, la mayor parte de los bebés nacidos hoy en esos países vivirá más allá de su centésimo cumpleaños.

Esta mayor longevidad viene acompañada de varios inconvenientes. Aunque consigamos vivir más que las generaciones anteriores, con esos años adicionales gozamos de más tiempo pero no de más salud. Estudios de diferentes partes del mundo indican que después de los 60 la mayoría de la gente padece al menos un trastorno crónico, como una enfermedad cardíaca o diabetes, y un estudio reciente basado en la población de Suecia demostró que, a los 80, solo uno de cada diez individuos no sufría una dolencia crónica. De hecho, la mayoría de las personas de más de 80 años de esa población padecía dos o más de ellas.

La medicina moderna logra tratar y controlar cada vez mejor muchas de esas afecciones, pero nuestros intentos por desarrollar terapias preventivas o curativas para algunas enfermedades comunes relacionadas con la vejez, en particular el alzhéimer, están fracasando. Esta demencia sigue un curso despiadado y, de manera progresiva, priva a la persona de recuerdos y de la consciencia de su propia identidad, una pérdida que también tiene efectos devastadores en sus familiares y amigos.

En Estados Unidos, a cerca del 32 por ciento de los mayores de 85 años se les ha diagnosticado alzhéimer, a menudo en combinación con otros tipos de demencia, como la causada por enfermedades vasculares. Se estima que en todo el mundo hay unos 50 millones de personas con algún tipo de demencia. En 2050, si ningún tratamiento logra retrasar la afección, más de 130 millones pueden padecer alguna de las formas de la enfermedad. Entre el 60 y el 70 por ciento de esos pacientes sufrirán alzhéimer, y entre el 20 y el 25 por ciento se clasificarán como enfermos por la variante vascular de esta afección.

A pesar de los más de 100 ensayos clínicos que hay hoy en marcha, ninguna cura o fármaco ha logrado detener el curso del alzhéimer. Durante los últimos 30 años, más de 200 fármacos experimentales desarrollados para tratarlo han fracasado [véase «La búsqueda de un fármaco contra el alzhéimer», por Ulrike Gebhardt en Mente y Cerebro n.o 81, 2016]. Pero no todo es desalentador. Los nuevos datos de un ensayo clínico de referencia en el que hemos participado los dos autores de este artículo indican que el déficit cognitivo puede prevenirse o retrasarse incluso sin nuevos fármacos, mediante la promoción de cambios en el estilo de vida y el control de los factores de riesgo vascular.

El ensayo en cuestión se inspiró en estudios epidemiológicos que buscaban maneras de reducir el riesgo de padecer alzhéimer. Tales investigaciones, llamadas estudios de asociación, miden en diferentes momentos variables relacionadas con la salud, como la depresión, la hipertensión arterial, la dieta y el ejercicio físico. Más tarde, normalmente muchos años después, se investiga si los individuos adquieren un trastorno determinado. Una correlación fuerte entre una de esas variables y dicho trastorno sugiere que algún aspecto de la historia de nuestra salud puede clasificarse como factor de riesgo. Además, si una de las variables observadas se correlaciona con un bajo riesgo de enfermedad, ese resultado puede indicar que ejerce un efecto protector.

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