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Actualidad científica

  • 27/06/2017 - Astrofísica

    La supernova simulada y la real

    Un nuevo estudio respalda la teoría vigente sobre cómo se producen las explosiones supernova en las que colapsa el núcleo de una estrella: los neutrinos desempeñan un papel esencial.

  • 26/06/2017 - Sistema solar

    Un estudio arroja dudas sobre el enigmático Planeta Nueve

    El trabajo alerta de «sorprendentes sesgos de detección» en la clase de astros que condujeron a postular la existencia de una supertierra oculta en los confines del sistema solar.

  • 25/06/2017 - Ornitología

    No hay dos huevos iguales

    Se ignoraba la razón de que la forma de los huevos de las aves sea diferente entre las distintas especies: en unas son más elípticos o más cónicos que en otras. Es posible que se haya encontrado el porqué de esto.

  • 23/06/2017 - BIOLOGÍA VEGETAL

    El joven genoma de un viejo roble

    La secuenciación genética de distintas ramas de un roble de 234 años demuestra que su ADN ha sufrido escasas mutaciones a lo largo de su vida, al contrario de lo que se esperaba.

  • 22/06/2017 - BIOFÍSICA

    ¿Por qué el ADN se enrolla al estirarlo y el ARN se desenrolla?

    Un estudio detalla qué ocurre cuando se estiran ambas moléculas. Explicar la respuesta mecánica de los ácidos nucleicos a escala atómica ayudará a descifrar cómo influye su estructura en su función biológica.

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  • Mente y Cerebro
  • Marzo/Abril 2014Nº 65
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Reseña

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Inteligencia animal

Deconstrucción de los mitos sobre la cognición de los cetáceos.

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ARE DOLPHINS REALLY SMART? THE MAMMAL BEHIND THE MYTH
Por Justin Gregg. Oxford University Press, Oxford, 2013.

 

Un proceso clave de la evolución animal fue el desarrollo de una estructura nerviosa longitudinal y bilateralmente simétrica, la línea media. Sin ese eje corporal de simetría, la Tierra seguiría ocupada por anémonas, esponjas y organismos similares. El tránsito de una simetría radial a una simetría bilateral creó en los animales una izquierda y una derecha y su sistema nervioso. Los sistemas nerviosos constan de un número elevado de células eléctricas que se acoplan de manera intrincada y forman redes dinámicas complejas.

Durante el Mesozoico, desde hace unos 250 millones de años hasta hace 65 millones, los reptiles cinodontos dieron origen a los mamíferos, y los celurosaurios, dinosaurios terópodos, a las aves. Mamíferos y aves desarrollaron en el curso de la evolución un cerebro que, con respecto al peso corporal, decuplicaba el tamaño del de sus precursores. En uno y otro grupo, tales cerebros contribuyeron a la evolución de la capacidad de controlar la temperatura corporal (endotermia) y a la evolución de complejas interacciones sociales, incluidos el cuidado parental, el aprendizaje y el uso de útiles. El cerebro de los mamíferos varía ampliamente en tamaño, forma, organización interna y facultades funcionales.

Aunque el estudio de la anatomía cerebral posee una larga historia, hasta hace poco se daba por cierto que todos los cerebros de mamífero eran iguales en su finura microscópica. En los años ochenta, todavía se seguía hablando de la uniformidad básica del cerebro de los mamíferos. Pero esa visión comenzó a cambiar en el decenio siguiente, cuando se descubrieron sutiles diferencias en la forma y propiedades bioquímicas entre neuronas de las distintas especies de mamíferos. Avance que vino propiciado por el desarrollo de nuevas técnicas que permitían marcar neurotransmisores y células nerviosas específicas. En 1999, Todd Preuss daba a conocer significativas diferencias microscópicas en la organización cerebral entre grandes simios y humanos. Señalaba en particular determinada capacidad de la corteza visual primaria que explicaría la superioridad de los humanos para separar los objetos de su telón de fondo. Otro paso importante se logró en 2006, cuando se halló que ciertos cetáceos presentaban neuronas de Von Economo.

Por lo que atañía a las facultades mentales, negaba Charles Darwin que hubiera diferencias fundamentales entre el hombre y los mamíferos superiores. Admitía a lo más una diferencia de grado, no de clase o tipo. No andaba en cierto modo falto de razón, pues el estudio del comportamiento animal pone de manifiesto la existencia, en otras especies, de formas sencillas de aprendizaje, memoria y categorización, así como los elementos de cognición social, espacial y numérica. Aunque, en puridad, la distancia que media es enorme. Por resaltar una crucial, es privativo del hombre comprender las interacciones causales entre los objetos. Desde pequeños, los niños se percatan de que el impacto de un objeto en movimiento producirá el movimiento de otro. Ese concepto primitivo de la mecánica resulta básico para el razo­namiento causal; entre otros, le confirió al hombre una ventaja en la fabricación de útiles y en el uso de los mismos. Una vez la creencia causal evolucionó y se convirtió en fabricación de útiles y en la adquisición del lenguaje se hizo imprescindible que las personas quisieran conocer las causas de los acontecimientos que repercuten en su vida: enfermedades, cambios climáticos o la propia muerte.Ningún otro animal está capacitado para analizar y comprender propiedades físicas del universo, crear nuevos materiales, idear técnicas novedosas, curar dolencias y enviar personas al espacio.

A la inteligencia del hombre se le ha querido asimilar la de los delfines. Las primeras investigaciones comenzaron en 1955, en el acuario marino de Florida. Las emprendió John Lilly, quien se hallaba convencido de la inteligencia de los delfines y de su lenguaje, que él creía enriquecido con un vocabulario complejo. Arrastró en su empeño a la Armada estadounidense en los años sesenta. Se suponía que esos cetáceos, entrenados de manera adecuada, se convertirían en piezas óptimas de la maquinaria militar: fuese para detectar minas, alertar de la presencia de misiles y otros objetivos. Pero Lilly cayó en extremismos disparatados: desde defender la capacidad de los delfines para la comunicación con seres extraterrestres hasta darles LSD con el fin de hablar con ellos. Del inevitable desprestigio salvó la investigación Lou Herman, quien, en 1970, mostró que los delfines podían comprender dos lenguajes artificiales, uno basado en sonidos electrónicos y otro en mímica con las manos. Avanzó también que captaban una suerte de gramática y sintaxis.

Ahora Justin Gregg, a través de un estudio exhaustivo de etología, vertebra lo que la ciencia sabe con fundamento sobre la capacidad cognoscitiva y emocional de los delfines. Pocos animales han visto tan ponderadas sus habilidades, de inteligencia superada solo por la humana. Para evitar los límites imprecisos de la inteligencia, el autor opta por operar con la cognición, que abarcaría el estudio de la percepción, memoria, categorización, aprendizaje, razonamiento, comunicación, etcétera. A diferencia de la inteligencia, los procesos cognitivos pueden definirse con precisión y medirse científicamente; por ejemplo, podemos estudiar qué rasgos visuales de la cara utiliza una oveja para reconocer a otra oveja. Se pueden extraer, por tanto, comparaciones significativas entre esos procesos cognitivos de la oveja y otras especies que emplean también estímulos faciales para discriminar entre diferentes individuos (entre estas, monos capuchinos).

El mito del delfín inteligente ha calado en el imaginario popular. El autor lo disecciona en cinco temas nucleares: un cerebro poderoso y estructurado; una avanzada complejidad de su mente en lo concerniente a la autoconsciencia, consciencia de los otros y de la realidad, y emociones; el comportamiento refinado en libertad; un lenguaje propio así como un sistema de comunicación vocal equiparable al humano; y, por fin, una vida social compleja y pacífica en mutua armonía con sus congéneres y con el medio.

Nadie duda de cuánta exageración se ha prodigado sobre las facultades de estos cetáceos. Cierto es que los delfines desarrollan de manera óptima numerosas tareas cognitivas que adscribimos a la inteligencia humana; presentan poderosos cerebros complejos y estructurados; comprenden símbolos y sistemas simbólicos en contextos experimentales; viven en estructuras sociales; tienen emociones; despliegan consciencia de sí mismos; se implican en interacciones; parecen evidenciar habilidad para las tareas de planificación y resolución de problemas, y dan muestras de comportamiento altruista. Se les ha visto recurrir a útiles. Pero esas habilidades no son exclusivas suyas.

Habida cuenta del estado provisional de las observaciones científicas, no podemos dar por seguro si su memoria, capacidad de planificar, utilizar herramientas o resolver problemas, así como su habilidad de aprendizaje social y cultural, es un fenómeno complejo, raro o ambas cosas en el reino animal. Más aún, ignoramos si la autoconsciencia de los delfines es similar a la de los humanos; si experimentan sus emociones de manera similar a nosotros o si poseen emociones complejas (la empatía, entre otras). No tenemos pruebas firmes para establecer que la comunicación de los delfines haya adquirido complejidad suficiente y podamos equipararla a la del lenguaje humano. Tampoco existen pruebas de que los delfines evidencien consciencia de lo que pasa por la mente de otros animales que viven en armonía en su entorno, ni que ellos desplieguen una conducta cooperadora real, fenómeno raro en el mundo animal.

Por eso caemos en la simplificación cuando afirmamos que primates, delfines y córvidos ocupan un mismo rango en la escala de inteligencia que los acercaría más a los humanos que cualquier otra especie. Hay de entrada en esa declaración un problema de extrapolación. Casi toda la información obtenida sobre la capacidad cognitiva de los delfines procede de los ensayos llevados a cabo con una sola especie, Tursiops truncatus, delfín mular, y, en su mayoría, un mismo grupo. Se trataba, sobre todo, de estudios de comprensión de símbolos y formación de conceptos. En rigor no deberíamos extrapolar los resultados obtenidos ni siquiera a otras especies de cetáceos, más o menos estrechamente emparentados.

Otro problema es el de la falta de análisis crítico. No tenemos base anatómica suficiente sobre la consciencia, autoconsciencia, consciencia de otras mentes y mundo emocional de los delfines. Ni sabemos cuál sería su rendimiento real en pruebas de cognición. Por consiguiente, hemos de reaccionar con cautela ante enunciados aventurados sobre su supuesta inteligencia. Agreguemos el problema de las nuevas pruebas que puedan aportarse. La investigación sobre comportamiento animal nos muestra, cada día, habilidades cognitivas en especies filogenéticamente muy alejadas. El trabajo de Irene Pepperberg con el papagayo Alex nos revela hasta qué extremos puede arribarse cuando se acometen experimentos que encajan bien con las necesidades conductuales, sociales y perceptivas de la especie en cuestión. Puso a los papagayos en la cúspide de la lista de especies inteligentes en el uso de símbolos.

Con el mismo nivel de innovación en el diseño experimental aplicado a otras especies, los científicos podrían descubrir habilidades parecidas en las especies de todos los taxones. En los últimos años, los investigadores han comenzado a poner de manifiesto el nivel de cognición de los osos, que podría rivalizar con el de los córvidos, delfines y primates. Las investigaciones sobre insectos, peces y pulpos han aportado también un elenco de habilidades que se suponían exclusivas de primates, en lo referente a utilización de herramientas, enseñanza, aprendizaje social, computación numérica, etcétera. Podría muy bien suceder que lo que nos parece extraordinario en las destrezas de los delfines se encuentre extendido por todo el reino animal.

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