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  • Julio/Agosto 2017Nº 85

Adicciones

Ibogaína: ¿un remedio para la adicción?

Clínicas privadas de México y América Central ofrecen ibogaína para tratar a los drogodependientes. Sin embargo, esta sustancia, ilegal en Estados Unidos y algunos países de Europa, también puede matar al paciente.

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Un enjambre de langostas ocupa tu visión. El techo del dormitorio se encuentra cubierto de nubes borrascosas. Gotas de sudor resbalan por tu frente, tus pechos y manos. Te cuesta respirar. Las paredes que te rodean se doblan y tuercen. Te tapas los ojos, pero las escenas se reproducen con la misma intensidad. O incluso más. Desde algún lugar, un público entregado bate las palmas. Las ventanas del dormitorio se disuelven en la oscuridad; surgen, en su lugar, cien pantallas de televisión, no mayores que un sello, que reproducen un instante de tu infancia cada una de ellas: la letra exacta de una canción que habías oído cuando tenías dos años, el color de tus calcetines en una fiesta de cumpleaños y el timbre de voz de tu abuelo. Esta escena se funde en otra más lóbrega, con demonios, puñales y ejércitos del mal. Quieres huir, mas no puedes. No logras despertar. Tampoco consigues mover tu cuerpo. Te llamas Shea Prueger y llevas clavada aquí 48 horas.

«Es una de esas experiencias que nadie querría repetir jamás», asegura Prueger. Habla columpiándose en una silla de mimbre, en el jardín de una casa, en algún lugar de Costa Rica, a unos 50 kilómetros de la capital, San José. Esta mujer, de unos 30 años, acostumbraba a vivir en Nueva York, trabajaba de modelo y se inyectaba heroína. Al inicio de nuestro encuentro evoca el desesperado esfuerzo que hace seis años tuvo que experimentar para acabar con su adicción a los opiáceos mediante una droga psicoactiva llamada ibogaína.

Lo había intentado antes con metadona, suboxona y la ayuda de la asociación sin ánimo de lucro Narcóticos Anónimos, formada por adictos en recuperación. Nada dio resultado. En 2011 se pasó dos días en una clínica clandestina de Guatemala, encerrada en un cuarto con muros de cemento, donde yacía sobre un colchón, incapaz de moverse e invadida por las náuseas, mientras su mente se sumía en las simas más profundas del infierno. Logró mantenerse abstinente durante nueve meses. En junio de 2012 volvió a la aguja una vez más. Desde entonces, asegura, no ha tocado los narcóticos. «La ibogaína», insiste, «hizo en mí lo que ningún otro tratamiento de recuperación pudo lograr.»

Drogodependientes rehabilitados, junto con una serie de científicos, sostienen que una dosis de ibogaína, sustancia que se obtiene de la raíz de Tabernanthe iboga, un arbusto de la pluvisilva africana, es capaz de «reajustar» los centros cerebrales de la adicción y, con ello, liberar al sujeto de sus ansias por consumir drogas. La difusión de estas informaciones ha hecho que centenares de personas, millares tal vez, se hayan dirigido a clínicas privadas ubicadas principalmente en México y países de América Central, donde se puede obtener esta sustancia, ilegal en Estados Unidos y algunos países de Europa. En 2006 sobraban dedos de la mano para contar todas las clínicas de ibogaína del mundo; ahora, según ciertas estimaciones, existen alrededor de 40. Los responsables de estos centros aseguran que basta una dosis para atenuar la conducta adictiva, así como la depresión, en alrededor del 70 por ciento de los pacientes.

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