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  • Julio/Agosto 2017Nº 85

Neurociencia

Talento sin consciencia

Los algoritmos de aprendizaje ­profundo aprenden a jugar a videojuegos sin antes saber las reglas. Con poco entrenamiento consiguen superar a los contrincantes ­humanos más diestros.

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Los conceptos de inteligencia y consciencia han estado íntimamente ligados a lo largo de la historia humana. Se da por supuesto que las personas inteligentes son también más conscientes. ¿Qué es la consciencia sino la capacidad de experimentar algo y saberlo contar con detalle? Es posible, sin embargo, que esta estrecha relación se esté deshilachando.

Uno de los motivos de la desaparición de esta asociación es el avance logrado por DeepMind, una pequeña compañía londinense que Google adquirió hace unos tres años por cientos de millones de dólares. En 2011, Denis Hassabis, niño prodigio, ajedrecista, diseñador de videojuegos y neurocientífico informático cofundó la empresa. Los logros de su algoritmo han dejado a todos boquiabiertos: aprende por sí solo a jugar a una serie de videojuegos, con frecuencia, mejor que los humanos.

Si desea formarse una idea más nítida del revuelo que levantó en 2014 puede visionar el vídeo DeepMind artificial intelligence @FDOT14 en YouTube. La grabación, de algo más de cuatro minutos de duración, muestra unos momentos de la ponencia que Hassabis mantuvo en una conferencia de científicos. Presentaba un algoritmo que aprende por sí solo a jugar al clásico videojuego Breakout. El entretenimiento, una variante de Pong, consiste en romper con una bola unos ladrillos que aparecen alineados en la parte superior de la pantalla. La bola rebota desde lo alto contra las paredes laterales; ahora bien, si toca la línea de base de la pantalla, el jugador pierde una de las tres vidas con las que inicia la partida. Para evitarlo, dispone de una pala que puede desplazar de forma horizontal mediante el mando de control del ordenador y proyectar la pelota hacia arriba.

El videojuego, creado con Steve Wozniak, cofundador de Apple, seguramente resulta hoy en día algo primitivo; no obstante, todavía entusiasma a cualquiera. Hassabis explica en su charla que cuando el algoritmo empieza a jugar no sabe nada; mueve la pala al azar, de manera descoordinada con la bola. Solo de cuando en cuando acierta a darle. Pero al cabo de una hora de entrenamiento, su rendimiento mejora: devuelve la pelota muchas veces y rompe los ladrillos. Otra hora de entrenamiento y el algoritmo se muestra más hábil que la mayoría de los humanos: devuelve la bola con rapidez y en ángulos muy empinados.

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