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  • Septiembre/Octubre 2013Nº 62
Libros

Reseña

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Cooperación

Entre la biología evolutiva y la teoría de juegos.

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MEETING AT GRAND CENTRAL. UNDERSTANDING THE SOCIAL AND EVOLUTIONARY ROOTS OF COOPERATION.
Por Lee Cronk y Beth L. Leech. Princeton ­University Press, Princeton, 2013.

Avancemos unas palabras sobre el título, de resonancias literarias más que científicas. A los fami­liarizados con la investigación sobre cooperación en el ámbito de las ciencias sociales les evocará la obra seminal de Thomas Schelling relativa a los problemas de coordinación, The Strategy of Conflict, publicada en 1960. Schelling señalaba que la resolución de los problemas de coordinación se hacía más fácil cuando la atención de las personas se centraba en la cuestión capital o en un asunto prominente. Así, la mayoría de las personas que viven en New Haven y viajan a la ciudad de Nueva York, cuando se les pregunta dónde se encontrarán con la cita concertada acostumbran responder: «Grand Central», si no han quedado de antemano en otro lugar preciso. Ese nudo ferroviario es importante para quienes proceden de New Haven. No lo sería para otras personas. En el caso de los viajeros de New Jersey o Long Island, la respuesta sería, a buen seguro, «Penn Station», porque es allí donde arriban sus trenes. (Los autores esperan que su obra se convierta en una suerte de Grand Central Terminal, en el punto focal de la materia. De ahí el título.) El libro arranca de las ideas de Mancur Olson y George Williams, quienes desplazaron el énfasis de la cooperación puesto hasta entonces en los beneficios del grupo para situarlo en el individuo, para explorar en adelante de qué modo esas ideas han influido en nuestro pensamiento sobre la cooperación, coordinación y acción colectiva.

La cooperación puede abordarse como un fenómeno social. ¿Por qué las personas cooperan en unas ocasiones y no en otras? ¿Por qué el hombre se muestra más cooperador que el resto de los primates? La cooperación puede entenderse también como un ejemplo de convergencia de distintas disciplinas. La verdad es que todo cuanto se relaciona con la experiencia humana requiere la aportación de diversos campos. En nuestro caso particular, de las ciencias sociales y de la biología evolutiva. Se sale aquí al paso de una paradoja: predice la teoría que la cooperación debe ser un fenómeno raro, en cambio la experiencia cotidiana nos demuestra que se trata de un asunto común. La cooperación podrá ser, en efecto, un fenómeno común, pero no debe darse por garantizada ni supuesta. Las fuerzas que operan contra la cooperación son poderosas, lo que contrasta con su reiterada frecuencia.

Desde la familia hasta el mercado de abastos, nuestra vida se halla tejida de cooperación. Una relación no siempre fácil, miremos donde miremos: tráfico renqueante, políticas polarizadas, recursos sobreexplotados o problemas sociales que persisten ignorados. Los beneficios para el individuo derivados de la explotación de otros revelan que los fines colectivos no se alcanzan a menudo. Pese a todo, comparada con la mayoría de las especies, la humana es una gran cooperadora.

A mediados de los sesenta del siglo pasado aparecieron, casi de forma simultánea, los dos textos canónicos de la cooperación. Desde la perspectiva social, The Logic of Collective Action, publicada en 1965 por Olson; desde la biología evolutiva, Adaptation and Natural Selection, de Williams, editada en 1966. Ambos abordaron las mismas cuestiones, recurrieron a los mismos argumentos, rechazaron las tesis dominantes y explicaban por qué el poner el foco sobre los grupos no ofrecía una explicación cabal de la acción colectiva ni de otras conductas sociales. Olson sostenía que a menos que los grupos fueran pequeños, se produjera violencia coercitiva o interviniera algún otro mecanismo que otorgara el protagonismo a los individuos en el interés común, las personas, preocupadas por lo propio, no darían un paso en pro del bien común o de todos. Para Williams, la selección natural individual resultaba mucho más poderosa que la selección de grupo. En razón de ello, la selección habría diseñado la mayoría de las adaptaciones para beneficiar a los individuos, cualesquiera que fueran las ventajas resultantes para el grupo. Ello presentaba a los biólogos un reto parecido al que Olson planteaba a los científicos sociales: si la selección de grupo no suele operar en la naturaleza, ¿cómo explicar la cooperación y otras conductas prosociales?

En el estudio de la cooperación se ha recurrido a menudo a la teoría de juegos, disciplina que ha alcanzado un nivel muy alto de formalización y desarrollo matemático y nos permite modelar situaciones en las que un individuo escoge su mejor opción en razón de las decisiones que otros toman. Entre otros aquí pertinentes, recordemos el «juego del dictador». Con dos jugadores, el primero recibe una cantidad de dinero y puede ofrecer nada, algo o la totalidad del dinero a su contrincante. A veces este segundo jugador es una organización humanitaria o de otro tipo, no un individuo. Mide la generosidad. En el «juego definitivo» uno de los dos rivales recibe de partida una cantidad de dinero y puede ofrecer nada, algo o todo al segundo jugador. Este puede aceptar o rechazar el ofrecimiento. Mide la capacidad de juego limpio de los participantes. En una complicación del mismo intervienen tres jugadores, en el que el tercero observa el comportamiento previo de los otros dos.

No es lo mismo cooperación que altruismo, confundidos a raíz de la expresión «altruismo recíproco», acuñada en 1971 por Robert Trivers. Reciprocidad no es altruismo. Un acto de generosidad que se cobra no es, por definición, altruista porque al final del intercambio, el actor experimenta un beneficio, no un coste. La confusión se consolidó con el predominio de la bibliografía biológica en el campo de la cooperación, merced a la difusión del juego denominado «dilema del prisionero», cuyo núcleo reside en las estrategias a seguir: cooperar o no. Con todo, no se niega que el altruismo se halle implicado en algunos casos de cooperación.

Dos tipos de problemas pueden alejarnos de la cooperación: conflictos de intereses y ausencia de conocimiento común. En el primer caso, quien puede beneficiarse de la cooperación se siente tentado a abusar en provecho propio del esfuerzo de los otros. En el segundo caso, incluso allí donde no existe conflicto de intereses, la ausencia de conocimiento común puede impedir la cooperación, un fenómeno conocido por problema de coordinación.

Aunque la cooperación no es en sí misma una adaptación, constituye a menudo el resultado de otras adaptaciones más específicas. Al escribir Adaptation and Natural Selection, Williams criticaba que la selección operase a través de la supervivencia y reproducción diferencial en los grupos. Para plantear su tesis, Williams se vale de la ficción. Imagínese el lector que es un pez volador. Gracias a sus extensas aletas pectorales puede escapar de los depredadores a lomos de las olas. Esas aletas largas son una adaptación, diseñada por la selección natural para aportar un beneficio particular. La vuelta al agua también le supone una ventaja. Aunque el agua es el lugar donde habitan los depredadores de los que se huye, no deja de ser un sitio óptimo, pues allí encuentra alimento y la posibilidad de emparejamiento. La vuelta al agua resulta tan ventajosa, que el lector, un pez intelectualmente bien formado, no duda en aplicarle también el término adaptación. Pero nos equivocaríamos. En ese contexto, la teoría de la evolución y el concepto de adaptación se convierten en innecesarios. Basta apelar a la gravedad.

Los beneficios de la reciprocidad habrían favorecido a individuos con voluntad de comprometerse en transacciones recíprocas mutuamente beneficiosas, si bien el riesgo de ser engañado les habría llevado a presiones de selección a favor de una capacidad adicional: identificar los buenos socios cooperadores y evitar los tramposos. Ha sido, en efecto, la coevolución de genes y cultura la responsable de adaptaciones que ayudaran a los humanos a cooperar, tales como nuestra capacidad para reconocer a las personas que violan las leyes sociales. El lenguaje es otro aspecto de la cultura que revistió particular importancia en la ayuda a los humanos a conseguir cooperación en grados no vistos en nuestros parientes primates. Nuestra capacidad de empatía mejora la capacidad para cooperar al facilitar que otros compartan nuestros bienes.

Por fin, la solución de los problemas de coordinación puede aparecer de manera insospechada. Una de las posibilidades más interesantes reside en la emergencia. Durante la Ilustración escocesa, la emergencia social fue explorada por David Hume, Adam Ferguson y Adam Smith. La famosa expresión de Smith, «la mano invisible», aunque mal comprendida en muchísimos casos, aprehende la lógica de la emergencia social: aunque algo pudiera parecer producto de una planificación mesurada, en realidad emerge de manera espontánea y errática. Las personas pueden coordinar su conducta social si tienen un conocimiento común sobre cómo actuar y la certeza de que todos participan de ese conocimiento. 

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