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  • Septiembre/Octubre 2014Nº 68

Psicología del trabajo

Cuestión de personalidad

¿Qué cualidades diferencian a una persona emprendedora de una asalariada? ¿Cómo se logra que el autoempleo resulte exitoso?

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Este artículo forma parte de la serie de Mente y cerebro «Trabajo y carrera profesional»

En el año 2011, a Lukas Duplan, un joven estudiante de informática de 19 años, se le ocurrió una idea. Consideraba que pagar en metálico o con tarjeta de crédito resultaba engorroso, por lo que creó la empresa Clinkle. Desde entonces, desarrolla junto con otros compañeros de universidad una aplicación que, según afirman, revolucionará la transacción de pagos a través de los teléfonos inteligentes. A mediados de 2013, diversos inversores dieron impulso al proyecto con una financiación de 25 millones de dólares (más de 18 millones de euros).

Duplan es uno de los rostros más jóvenes en la tradición de fundadores de compañías incipientes (startups) de Silicon Valley. A través de iconos como Bill Gates, dueño de Microsoft, o el fallecido presidente ejecutivo de Apple, Steve Jobs, numerosos medios de comunicación transmiten un verdadero culto a la personalidad. Con frecuencia, las historias de estos personajes guardan un parecido enorme entre sí: obsesionados con su idea de negocio, toman decisiones arriesgadas, asumen contratiempos e imponen su optimismo inquebrantable. En caso de emergencia, empeñan todos sus recursos por alcanzar su sueño. Al final se convierten, cómo no, en millonarios.

Hasta aquí el tópico. Sin embargo, quien conoce a personas emprendedoras sabe de planes que no llegan a buen puerto ni se transforman, ni mucho menos, en una epopeya. Creatividad, carisma y voluntad indeleble no garantizan por sí solos el éxito. ¿Por qué algunos individuos crean empresas y otros no? ¿Funcionan los empresarios de diferente manera que las personas asalariadas? ¿Existe una personalidad que predestine al autoempleo?

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