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  • Mente y Cerebro
  • Mayo/Junio 2006Nº 18

Neuropatologías

Enfermedad de Parkinson

Aunque todavía incurable la enfermedad de Parkinson, se intenta mitigar los síntomas de esa "parálisis agitante" a través de la terapia génica, el trasplante celular y los marcapasos cerebrales.

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Atlanta, 19 de julio de 1996. Cassius Clay enciende la llama olímpica, ceremonia que abre los XXVI Juegos Olímpicos. Pero la mano del excampeón mundial de boxeo tiembla. El mundo se convierte en testigo de un mal que padecieron también Juan Pablo II, Mao Tse-tung, Adolf Hitler y muchos otros.

Hablamos de una enfermedad, cuyos síntomas describió James Parkinson (1755-1824) en el año 1817. Como los pacientes temblaban de forma llamativa, este médico y farmacéutico inglés bautizó el mal como “shaking palsy”, es decir, parálisis agitante. Una atribución errónea, pues ni la enfermedad de Parkinson representa una parálisis ni siempre se acompaña de agitación. Sus síntomas cardinales se caracterizan por una lentitud general y progresiva de los movimientos. Parkinson desconocía las causas de la enfermedad y recomendaba sangrías y escarificaciones.

Este mal, si se diagnostica a tiempo, se controla bastante bien con medicamentos en sus fases iniciales. Las molestias se pueden mitigar durante un período de 8 o 15 años con un tratamiento óptimo; las esperanzas de vida de los afectados no se apartan apenas de la normalidad. Sin embargo, en muchos casos la enfermedad no se reconoce de inmediato porque empieza con síntomas inespecíficos: las contracturas unilaterales de los hombros y de los miembros superiores explican que estas personas acudan antes al ortopeda que al neurólogo. En fases previas a las manifestaciones motoras se perciben síntomas de cansancio, depresión o brotes repentinos de sudor.

Diagnóstico implacable

Con frecuencia, pasa bastante tiempo, entre 9 y 12 años, hasta que la enfermedad se manifiesta con toda su fuerza. Los pacientes hablan de dificultades progresivas para las tareas manuales finas, como la costura. La escritura se va tornando cada vez más pequeña e ilegible. Por último, los escollos afectan incluso a las actividades cotidianas: cepillado dental, peinado, atado de los cordones o abotonamiento de la chaqueta. Estos pacientes precisan, a la larga, la ayuda de otras personas y su calidad de vida merma considerablemente. Los demás no entienden las consecuencias que este diagnóstico implacable tiene para la persona afectada.

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