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  • Noviembre/Diciembre 2012Nº 57
Retrospectiva

Historia

Tres décadas de neuroteología

La investigación de la religiosidad inició su periplo con dos grandes perspectivas: desentrañar a Dios como un simple entramado neuronal y hallar datos fiables sobre su existencia. ¿Qué ha resultado de todo ello?

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A principios de los años ochenta del siglo xx, el neurocientífico canadiense Michael Persinger alcanzó una gran popularidad en los medios de comunicación con su «casco de Dios». Ocho bobinas magnéticas convenientemente instaladas sobre el cráneo de las personas enviaban durante media hora débiles ondas magnéticas, las cuales provocaban un aumento de actividad cerebral, en especial, en los lóbulos temporales y parietales del encéfalo de los voluntarios. Hasta un 80 por ciento de estos participantes informaron que habían sentido experiencias extrasensoriales. Con aire triunfalista, Persinger anunció que había resuelto el enigma de la religión: una especie de microataques epilépticos provocados en los sujetos mediante el casco de electrodos originaban sensaciones espirituales.

Otros neurólogos siguieron recorriendo el camino que había emprendido Persinger. Según señalaron, las a menudo dramáticas epifanías de numerosos líderes religiosos, como el propio San Pablo, sugerían ataques epilépticos. Ya Hipócrates calificó la epilepsia de «enfermedad sagrada». En fecha más reciente, el neuro­psicólogo Vilayanur Ramachandran, quien en la actualidad dirige el Centro para el Cerebro y la Cognición de la Universidad de California en San Diego, acuñó el concepto cerebral de «módulo divino», el cual se estimulaba a través de la epilepsia. De modo herético, se preguntó si extrayendo ese módulo del cerebro de un sujeto mediante una intervención quirúrgica desaparecerían las creencias religiosas; sería una especie de «teoectomía».

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