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  • Enero/Febrero 2017Nº 82

Psicología

Un análisis funcional de la conducta humana

Comportamientos autolesivos, ­agresivos, rituales, obsesivos, fóbicos o delirantes constituyen ­manifestaciones hasta hace poco enigmáticas de la conducta humana. Los estudios experimentales realizados durante las últimas décadas ofrecen una explicación científica de estas acciones, además de una esperanza para su tratamiento.

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¿Por qué una persona con demencia insulta a sus familiares? ¿Por qué un niño diagnosticado de autismo aletea las manos el 30 por ciento del tiempo que permanece despierto? ¿Por qué un adulto con discapacidad intelectual se golpea la cabeza contra los bordes de muebles y otros objetos contundentes sin cesar? ¿Por qué un adulto con esquizofrenia refiere que un animal está creciendo en su estómago?

Estos son solo algunos de los comportamientos, en apariencia enigmáticos, que se pueden observar en pacien­tes con trastornos de la conducta. Hasta un 50 por ciento de las personas con discapacidad intelectual manifiestan conductas de carácter autolesivo y agresivo, pero también otras de menor gravedad: actos motores repetitivos sin motivación aparente, vocalizaciones extravagantes o destrucción del mobiliario y enseres de su entorno. Comportamientos parecidos se hallan asimismo relacionados con trastornos tan diversos como esquizofrenia, trastorno obsesivo-compulsivo, síndrome de Prader-Willi, trastorno del espectro autista, demencia y un largo etcétera. ¿Son estas acciones humanas realmente tan enigmáticas o inexplicables?

A partir de los trabajos pioneros llevados a cabo por el equipo de Brian A. Iwata, en la Universidad de Florida, a mediados de la década de los ochenta se comenzó a descifrar cuál podía ser la motivación de tales manifestaciones. El así llamado análisis funcional de la conducta permite desde entonces establecer la función de una gran variedad de comportamientos clínicamente importantes y sentar las bases de intervenciones eficaces.

La evolución de la conducta

La explicación del comportamiento humano requiere de algunas nociones generales sobre su naturaleza. Una forma de adquirir dichas nociones es bucear en el de­sarrollo de repertorios conductuales complejos a lo largo de la evolución de las especies. Incluso antes de la emergencia de la vida pluricelular, hace 1100 millones de años, las células eucariotas desarrollaron estructuras ciliares que permitían su desplazamiento. Esta nueva forma de relacionarse con el ambiente aportaba una ventaja evolutiva sobre organismos de movimiento pasivo limitados a conseguir nutrientes en su espacio más inmediato.

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