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  • Marzo/Abril 2017Nº 83

Adicción

Abuso de somníferos

El consumo excesivo de fármacos para dormir puede provocar efectos secundarios graves, los cuales se confunden a menudo con los síntomas de la demencia. Ello dificulta la identificación de la verdadera causa del problema.

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Martes por la tarde en la consulta de la clínica de la mancomunidad de municipios Westfallen-Lippe (LWL) en Lippstadt, Alemania. Matilda, de 74 años, se encuentra sentada frente a mí. Hace casi tres meses que visita nuestro centro. Cada dos o tres semanas viene acompañada siempre de su marido, algo mayor que ella. Hoy es el último día que nos vemos, puesto que ha conseguido dejar atrás su adicción a las «queridas» pastillas para dormir.

La insistencia del esposo guió a Matilda hasta nosotros. Según explica, veía que su mujer se tornaba cada vez más olvidadiza y apática, sin ganas de nada. Un día, un documental en televisión le despertó la sospecha de que los cambios de su pareja podían estar relacionados con los somníferos que ella tomaba desde hacía años.

El caso de Matilda no es único. La paciente se describe a sí misma como una persona algo inestable; dice que siempre ha sido así. Hace 25 años le diagnosticaron cáncer a su único hijo, momento en el que empezó a dormir mal por las noches. El médico de cabecera le recetó Bromazanil, un tranquilizante del grupo de las benzodiacepinas. Al principio, partía cuidadosamente las pastillas alargadas e ingería, solo de vez en cuando, una cuarta parte del comprimido. Su hijo comenzó a empeorar con la quimioterapia; entonces Matilda aumentó la dosis hasta una pastilla y media. La situación llegó a más cuando su nuera decidió separarse de su hijo. En esa época, a veces se tomaba incluso dos o tres pastillas. También durante el día recurría en ocasiones a las pastillas si no se sentía bien, si su mente no paraba de darle vueltas a todo o, simplemente, si le faltaban fuerzas para continuar con la rutina diaria.

El Centro Alemán de Encuestas sobre Adicción indica que en Alemania viven entre 1,4 y 1,9 millones de adictos a los medicamentos, la mayoría de ellos a las benzodiacepinas. Incluso los fármacos Z o las no benzodiacepinas, estrechamente relacionadas con las otras, presentan un potencial de adicción elevado, aunque, en comparación, se eliminan con rapidez del organismo. En España, el consumo de benzodiacepinas (ansiolíticos e hipnóticos) también resulta alarmante. Entre los años 2000 y 2012 aumentó un 57,4 por ciento, advertía en 2014 la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios. El uso de esos fármacos se situaba en 2009 incluso por delante de países como Alemania, Francia, Italia o Estados Unidos, según un estudio publicado en Calcified Tissue International. ¿Por qué tantas personas dependen de dichas sustancias?

Estos medicamentos pueden ayudar con presteza a personas que sufren crisis graves. Las indicaciones para la prescripción de benzodiacepinas son ansiedad, pánico y trastornos del sueño. Pero el efecto positivo perdura unas pocas semanas; después, los fármacos pierden su eficacia. Si hasta entonces no se han recibido otros métodos terapéuticos, como puede ser la psicoterapia, con frecuencia los médicos continúan recetando el tratamiento medicamentoso.

A través de una investigación encargada por el ministerio alemán de salud en 2013, sabemos que solo cerca de tres cuartas partes de los pacientes tratados con benzodiacepinas y fármacos Z han seguido los medicamentos por un corto período de tiempo, es decir, un máximo de ocho semanas, de acuerdo con las líneas de actuación. En cambio, casi un millón de alemanes toman las pastillas durante demasiado tiempo, sobre todo las mujeres y las personas mayores, como Matilda. Su médico le prescribe, de manera generosa, una receta tras otra.

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