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  • Abril/Junio 2017Nº 88

Astrobiología

Nuevas técnicas para buscar vida en Marte

Varios experimentos en fase de desarrollo podrían zanjar una de las cuestiones más profundas de la ciencia: ¿existe la vida extraterrestre?

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Los astrónomos han aprendido mucho sobre Marte desde que las primeras sondas aterrizasen en el planeta rojo, hace casi cuatro décadas. Hoy sabemos que el agua líquida fluyó alguna vez por su superficie y que, en su historia temprana, Marte y la Tierra guardaban grandes semejanzas. Cuando la vida surgió en nuestro planeta, hace unos 3500 millones de años, Marte era más cálido que en la actualidad y poseía océanos líquidos, un campo magnético activo y una atmósfera más gruesa. Dada la similitud entre ambos astros, parece razonable pensar que, cualesquiera que fueran los medios que propiciaron la aparición de vida en nuestro planeta, también podrían haberlo hecho en Marte.

Por lo que sabemos, el planeta rojo aún podría albergar vida microscópica. Sin embargo, durante los últimos 35 años, cada misión al astro vecino ha examinado sus aspectos geológicos, pero no los biológicos. Solo las sondas gemelas Viking 1 y 2, que aterrizaron en 1976, llevaron a cabo la primera y hasta ahora única búsqueda de vida en otro mundo. Cada una de ellas portaba cuatro experimentos destinados a tal fin, los cuales arrojaron datos ambiguos y crearon más controversias que respuestas. Sin embargo, hoy sabemos que, aunque hubiese vida en Marte, los métodos empleados por las Viking nunca la habrían encontrado. Por tanto, la cuestión de si el planeta rojo alberga vida sigue abierta.

Por fortuna, en las últimas décadas los microbiólogos han desarrollado un gran número de nuevas herramientas para detectar microorganismos. Aunque estos métodos ya no son excepcionales en la Tierra, si se empleasen en alguna de las varias misiones previstas a Marte podrían ofrecer una primicia: una respuesta definitiva a la pregunta de si la vida bulle o no en el planeta vecino.

Primeras búsquedas
Los experimentos a bordo de las Viking se basaban en las técnicas estándar de la época. En el primero de ellos, el módulo de aterrizaje tomó una cucharada de suelo marciano y añadió compuestos de carbono a modo de alimento para los posibles microorganismos. Si estos se encontraban presentes, cabía esperar que el alimento se consumiera y se liberase dióxido de carbono. Y, de hecho, eso fue lo que se observó. Por sí solo, el experimento parecía indicar la presencia de microorganismos. Sin embargo, cuando combinaron ese resultado con el de los otros ensayos, los investigadores ya no se mostraron tan seguros

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