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  • Julio/Septiembre 2016Nº 85

Microbiología

Biopelículas

Los avances en el conocimiento de estas comunidades microbianas están desencadenando una revolución que puede transformar la microbiología.

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Cuando pensamos en las bacterias, imaginamos un medio acuoso con organismos unicelulares en suspensión. Seres solitarios que se reúnen de vez en cuando con sus congéneres para provocar una enfermedad o estropear un alimento, pero regresan a su retiro individual terminada la tarea.

Pero semejante descripción de la vida bacteriana no solo peca de simplista. Es errónea. En la naturaleza, la mayoría de los microorganismos medran en grupos formados por muchedumbres, que se adhieren a una superficie. En vez de vivir como ermitaños solitarios en la forma planctónica, la mayoría de las bacterias pasan su vida en una biopelícula.

En su estado maduro, una biopelícula constituye una estructura fascinante. Forma tapices, agregados, promontorios o incluso microcolonias de mayor complejidad que generan formaciones con aspecto de tallo o champiñón. Los habitantes de la película pueden pertenecer a una misma especie o a diversos grupos de microorganismos distribuidos en varias barriadas. Su nexo común es una matriz de polisacáridos, ADN y proteínas, que constituyen una sustancia polimérica extracelular, la mucosidad.

La vida en comunidad les ofrece ventajas notables. La proximidad física de otras células favorece las interacciones sinérgicas, incluso entre miembros de especies distintas: transferencia horizontal de material genético entre microorganismos, utilización conjunta de subproductos metabólicos, mayor tolerancia a los antimicrobianos, amparo ante los cambios del entorno y protección frente al sistema inmunitario de un huésped infectado o frente a depredadores. La formación de una biopelícula se ha llegado a comparar con el programa de diferenciación celular que opera en un organismo pluricelular.

El reconocimiento de la importancia de los tapices bacterianos constituye un fenómeno reciente. Desde hace un par de decenios se viene investigando la fisiología de estas comunidades. Lo que no deja de resultar sorprendente, habida cuenta de que el microscopista holandés Antonie van Leeuwenhoek descubrió las biopelículas a finales del siglo xvii. Había intentado matar un tapiz bacteriano (la placa dental de su propia dentadura postiza) mediante ácido acético, pero se dio cuenta de que se destruían solo las células que flotaban libremente. A pesar de ese hallazgo precoz de las comunidades microbianas, la ciencia se desentendió de tales observaciones para centrarse en las bacterias planctónicas.

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