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  • Julio/Septiembre 2016Nº 85

Microbiología

El arte de la guerra bacteriana

La investigación reciente revela que las bacterias se adueñan de las células de nuestro organismo y consiguen burlar nuestro sistema inmunitario. Pero nos indica también cómo podemos utilizar en su contra sus propias armas.

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La mayoría de las bacterias son compañeras que ha-
cen gala de buen comportamiento. De hecho, si alguna vez se siente solo, recuerde que los billones de microorganismos que habitan tanto en el interior como en el exterior de cualquier cuerpo humano superan, en una proporción de diez a uno, al número de células del hombre. De entre las decenas de miles de especies bacterianas conocidas, solo existen unas 100 que rompen las reglas de la convivencia pacífica y nos hacen enfermar.

En conjunto, esos patógenos pueden causar un sinnúmero de problemas. Las enfermedades infecciosas, una amplia proporción de las cuales son provocadas por bacterias, constituyen la segunda causa de mortalidad en todo el mundo. Solo la tuberculosis se cobra casi dos millones de vidas al año. Yersinia pestis, tristemente célebre por ser la causante de la peste bubónica, acabó en el siglo xiv con un tercio de la población europea. Durante los últimos cien años, se han realizado considerables progresos para someter con antibióticos a algunas especies, pero las bacterias perjudiciales han descubierto también formas de resistir a muchos de esos medicamentos. Se trata de una «carrera armamentística» que los seres humanos hemos venido perdiendo; en parte, porque nunca hemos llegado a conocer bien a nuestro enemigo.

En el pasado, los microbiólogos se esforzaron en desentrañar los mecanismos de que se valen las bacterias para causar la enfermedad; y las cultivaban en un medio nutritivo. Se aislaban moléculas de la superficie externa del microorganismo o se extraían del cultivo sus secreciones y, posteriormente, se estudiaban los efectos que dichas sustancias provocaban en las células humanas o animales.

Si bien ese tipo de estudios ha permitido caracterizar diver­sas toxinas bacterianas, la mayoría de tales investigaciones han ignorado las interrelaciones entre los patógenos bacterianos y sus huéspedes. Sin embargo, durante los últimos veinte años, un número cada vez mayor de investigaciones ha puesto de manifiesto que, con frecuencia, las bacterias infecciosas se comportan en un medio de cultivo de forma muy distinta de como lo hacen en el interior de un huésped.

Para penetrar en los diversos órganos y tejidos y para sobrevivir y proliferar en nuestro organismo, las bacterias se convierten en astutos elementos subversivos. Se adueñan de las células y de sus sistemas de comunicación y las fuerzan a someterse a sus intereses. Para ello, muchos microorganismos inyectan proteínas que reprograman la maquinaria celular. Otros emplean tácticas que despojan al organismo de las bacterias benignas o beneficiosas, para así controlar mejor el entorno. Por nuestra parte, tan pronto como se han ido identificando las estrategias agresivas y las ingeniosas armas que utilizan las bacterias perjudiciales, nos hemos puesto a diseñar terapias que emplean esas mismas armas en contra del patógeno.

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