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  • Julio/Septiembre 2016Nº 85

Genética

Intercambio de genes bacterianos en la naturaleza

Los genes pasan de unas bacterias a otras con mayor frecuencia de lo que pensábamos. El dominio del proceso permitirá reducir los riesgos que conlleva la liberación de microorganismos genéticamente modificados al entorno.

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A principios de los años ochenta, coincidiendo con el desarrollo de las primeras técnicas que permitían introducir genes foráneos en bacterias, algunos investigadores comenzaron ya a sugerir posibles aplicaciones benéficas para el entorno. Proponíase, por ejemplo, la utilización de bacterias modificadas por ingeniería genética para limpiar vertidos de petróleo o para proteger los cultivos de la acción de depredadores y patologías. Estas iniciativas en pro de una suerte de biotecnología ambiental recibieron fuertes críticas.

Entonces, como ahora, el temor era que los microorganismos alterados pudiesen desmandarse o que sus genes pasaran a otros organismos, un fenómeno conocido como transferencia «horizontal» de genes (para distinguirlo de la transferencia «vertical» que es la que tiene lugar entre padres e hijos). Los daños irreparables que este tipo de circunstancias podrían causar al ambiente, a los animales o a las personas eran motivo de preocupación. Algunos advertían incluso sobre la posibilidad de que esos organismos no naturales arrasaran la Tierra. Los periódicos sensacionalistas ya no centraban sus temores en los ataques procedentes del espacio exterior. El peligro, ahora, eran los microorganismos alterados genéticamente por el hombre, que acabarían devorando el entorno.

Por aquellos años la biología carecía de argumentos sólidos con que responder a tales augurios. No se conocía apenas nada sobre el desenvolvimiento en la naturaleza de los organismos sometidos a manipulación genética, ni sobre la posibilidad de que los genes bacterianos, innatos o introducidos artificialmente, se transmitiesen a otros hospedadores. Hoy día, gracias a la cooperación entre genética y ecología microbiana, disciplina que se ocupa de los microorganismos en su ambiente natural, empezamos a comprender esos sistemas.

Son ya dos, al menos, las estirpes bacterianas modificadas genéticamente que han conseguido la autorización (para su aplicación en agricultura) de la Agencia de Protección Ambiental estadounidense. Los experimentos de campo realizados se han multiplicado por decenas. Esos experimentos y otras investigaciones más generales sobre la transferencia de genes entre bacterias en su medio natural indican que es improbable que las bacterias sometidas a manipulación genética proliferen sin control. Ese tipo de bacterias suelen ser frágiles y mueren con relativa rapidez. No es probable, pues, que sus genes gocen de muchas posibilidades para propagarse.

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