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  • Julio/Septiembre 2016Nº 85

Biología

Un alimento "vivo"

La leche materna contiene bacterias que, una vez en el intestino infantil, desempeñan funciones biológicas relevantes.

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La leche materna confiere al recién nacido una notable protección frente a enfermedades infecciosas gracias a la acción combinada de diversos componentes: inmunoglobulinas, células inmunocompetentes, ácidos grasos, oligosacáridos, péptidos, etcétera [véase «Así protege la leche materna de la madre al recién nacido», por Jack Newman; Investigación y Ciencia, febrero de 1996]. En fecha reciente se ha demostrado que este fluido biológico es, además, una fuente de bacterias comensales o probióticas para el intestino infantil. Se trata de un hallazgo relevante ya que tradicionalmente se había considerado que la leche materna era estéril. Entre las bacterias que se aíslan con mayor frecuencia de la leche humana destacan estafilococos, estreptococos, bifidobacterias y bacterias lácticas (como los lactobacilos).

Función bacteriana

La leche humana constituye un factor clave en la iniciación y el desarrollo de la microbiota intestinal del neonato, ya que garantiza un aporte constante de bacterias durante toda la lactancia.

En los últimos años, los problemas asociados a la difusión de bacterias resistentes a antibióticos han conducido a un renovado interés por la bacterioterapia, una práctica que hace uso de bacterias comensales o probióticas para prevenir o tratar la colonización del hospedador por parte de microorganismos patógenos. Esta estrategia se basa en el principio de exclusión competitiva, por el que ciertas bacterias no patógenas se imponen sobre los patógenos cuando compiten por el mismo nicho ecológico.

La leche materna es el único alimento ingerido por un gran número de neonatos, una población muy sensible a las enfermedades infecciosas. En consecuencia, el aislamiento de bacterias con propiedades beneficiosas para la salud de los niños a partir de leche humana resulta particularmente atractivo ya que, por su propia naturaleza, cumplen algunos de los requisitos recomendados para bacterias empleadas a modo de probióticos humanos: origen humano, ingestión infantil prolongada sin efectos adversos y adaptación tanto a mucosas como a substratos lácteos. De hecho, los lactobacilos aislados de leche materna poseen un potencial probiótico similar o superior al de ciertas cepas de gran difusión comercial.

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