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  • Enero/Marzo 2017Nº 87

Cognición

¿Cómo nos cambió la fabricación de herramientas?

Las neuroimágenes comienzan a revelar la manera en que la talla lítica moldeó nuestras facultades cognitivas.

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Aún conservo mi primera bifaz. La tallé de un trozo de sílex que recogí paseando por unos campos de labranza en el condado de Sussex Occidental. Es bastante tosca, nada que pudiera impresionar a nuestro antepasado, Homo heidelbergensis. Este primo de Homo sapiens nos legó hachas de mano de refinada factura, hace medio millón de años, en el cercano yacimiento de Boxgrove.

Pero trabajé con afán para fabricar ese rudimentario útil y me siento orgulloso de ello. Lo que de verdad importa no es que descubriera una nueva afición. Lo relevante es que con ella me lancé a indagar algunas cuestiones clave de la evolución humana y del florecimiento del lenguaje y la cultura, sellos distintivos de nuestra especie.

Reproducir las habilidades de los pueblos prehistóricos con el fin de comprender el origen de la humanidad no es nada nuevo; los arqueólogos lo vienen haciendo desde hace décadas. Pero, sin duda, en los últimos quince años hemos retomado ese camino con renovado interés.

Arqueólogos y neurocientíficos colaboramos desde la consola de los tomógrafos y los imanes de resonancia para averiguar lo que sucede bajo el cráneo de un fabricante de herramientas contemporáneo mientras este arranca con paciencia lascas de una piedra hasta convertirla en una bifaz. Con las imágenes esperamos descubrir las regiones cerebrales que con su evolución permitieron a las gentes del Paleolítico tallar con pericia bifaces y cuchillos a partir de pedazos informes de roca.

La labor conjunta de arqueólogos y neurocientíficos ha rescatado una idea desacreditada en el pasado: que la fabricación de útiles supuso un impulso decisivo para la evolución humana. El antropólogo británico Kenneth Oakley aseguraba hace setenta años en su libro Man the tool-maker («El hombre, fabricante de herramientas»), que la confección de útiles fue el «principal rasgo biológico» de la humanidad que catalizó la evolución de nuestro poder de coordinación mental y corporal.

La idea cayó en desgracia cuando los etólogos aportaron pruebas del uso y la fabricación de herramientas en otras especies, como los simios, los cuervos, los delfines o los pulpos. Así lo expresaría en 1960 el paleontólogo Louis Leakey en su famosa réplica al histórico descubrimiento de Jane Goodall acerca del uso de útiles por parte del chimpancé: «Ahora tendremos que redefinir el concepto de herramienta y de hombre, o aceptar a los chimpancés como humanos». Para muchos, las complejas relaciones sociales reemplazaron la manufactura de artefactos como factor central en la evolución del cerebro humano. En los años ochenta y noventa del siglo XX, las influyentes hipótesis de la «inteligencia maquiavélica» y el «cerebro social» sostenían que los mayores desafíos mentales de los primates estriban en aventajar a sus congéneres, no en comprender y dominar su entorno físico. Estas teorías ganaron peso empírico con la constatación de que los primates que forman grandes grupos sociales tienden a poseer cerebros voluminosos.

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