Las políticas actuales de control del cambio climático parecen estar fracasando estrepitosamente, pese a la alarma de todo tipo de colectivos y organizaciones científicas. Hace unos días la Organización Meteorológica Mundial (WMO, 2019) anunció que la concentración de dióxido de carbono (CO2), el principal gas de efecto invernadero, había alcanzado un nivel desconocido en la historia de la humanidad: unas 408 partes por millón. Habría que remontarse al principio del Pleistoceno, hace más de tres millones de años, para encontrar un nivel semejante de CO2. Sumamente preocupante pues en ese período conocemos que la temperatura media fue entre dos y tres grados más elevada y, por tanto, el nivel del mar era entre diez y veinte metros el actual. Y eso es lo que nos espera, de acuerdo a recientes estudios sobre los mejores análogos al clima que nos espera para latitudes medias (Burke et al., 2018)

Fig. 1

Figura 1. Evolución de la concentración de CO2 en partes por millón durante las últimas décadas (WMO, 2019)

Pese a las diferentes cumbres globales sobre el cambio climático, el incremento en la concentración de dióxido de carbono se hace crónico y alarmante. El incremento de este gas de efecto invernadero ha ido creciendo a un tasa de alrededor de un 0.5% anual (Figura 1) durante la última década. De hecho, pese a las políticas globales de reducción de los gases de efecto invernadero, en 2015 el CO2 ya superó la barrera simbólica que había sido establecida en 2015. Los estudios de la concentración de este gas en los núcleos de hielo EPICA (European Project for Ice Coring in Antarctica) durante casi un millón de años son una evidencia indiscutible de la influencia antropogénica en la emisión de gases invernadero (Fig. 2, Lindsey, 2019). No sólo el dióxido de carbono sino el óxido nitroso o el metano contribuyen a este calentamiento global pero eso lo dejaré para una próxima entrada de este blog.

Fig. 2

Figura 2. Datos de la concentración de CO2 en partes por millón durante los últimos 800.000 años, comparados al valor actual (Lindsey, 2019).

LOS MODELOS CLIMÁTICOS

Física de la atmósfera, meteorología y climatología se dan la mano para intentar comprender y predecir lo que nos espera. Los sistemas de predicción numérica de la evolución climática se han perfeccionado enormemente, también gracias a ser probados con esas medidas de los niveles de concentración de gases invernadero cuantificados en diversos registros fósiles como, por ejemplo, los que quedaron almacenados en los hielos preservados en las regiones polares. Hoy en día pueden realizarse esas complejas simulaciones gracias a la programación de complejos algoritmos que dan cuenta de cada uno de los factores que juegan un papel en ese complejo sistema. Obviamente se necesitan supercomputadores que permiten hacer evolucionar los diferentes parámetros del clima terrestre para  comprender mejor su evolución en base a las variaciones en el incremento de los gases de efecto invernadero y los otros factores del flujo radiativo (Trigo Rodríguez, 2019). 

Estudios recientes permiten encontrar análogos climáticos a las diferentes regiones del planeta y permiten, por tanto, ejemplificar hacia donde nos dirigimos (Fitzpatrick y Dunn, 2019). Las latitudes medias a las que nos encontramos tienden a niveles de calentamiento e insolación mucho más extremos, generalmente tropicales pero muy secos. Por contra, otras regiones más al norte tenderán a poseer un clima más parecido al que tenemos ahora en nuestras latitudes. Aún así, la evolución puede ser mucho más rápida e incierta en función de esas emisiones futuras y la respuesta de los ecosistemas. Quizás podríamos plantearnos buscar transporte sostenible para veranear a esas latitudes y, de paso, irnos aclimatando a un tórrido futuro.

LA CRISIS DE LA ENERGÍA Y LOS ECOSISTEMAS

El uso indiscriminado de los combustibles fósiles y la deforestación alocada son algunos de los factores que contribuyen a hacer insostenible el mundo en que vivimos. El genero humano es el principal culpable de la situación actual en lo que se ha convenido en llamar crisis de la energía.

Los cambios en el clima alrededor del planeta afectan las masas forestales dado que las temperaturas medias anuales son más elevadas lo que a su vez modifica las pautas pluviales y da lugar a la aparición de fenómenos climáticos extremos. Por si fuera poco, el consumismo y la sobreexplotación de los recursos agrícolas ataca los bosques. Precisamente sus árboles tendrían el potencial de almacenar parte de ese dióxido de carbono, paliando en parte esas emisiones que contribuyen al calentamiento global.

El panorama se antoja complicado y, posiblemente, irreversible si no se hacen cambios drásticos. Los países con mayores recursos forestales están acabando con sus bosques, literalmente. Por poner un ejemplo reciente y bien conocido, la débil protección del Amazonas se ha convertido en papel mojado con el cambio del gobierno de Brasil. Los intereses económicos inmediatos de las grandes multinacionales han decidido hipotecar el planeta: este mismo verano más de 20.000 hectáreas de bosque tropical fueron incineradas en la Amazonia y otros tantos miles en todo el mundo. El incendio de esos bosques todavía incrementa más la cantidad de dióxido de carbono (Fig. 3), el principal gas responsable del efecto invernadero. Además la desaparición de los bosques cambia patrones de reflectividad y altera el patrón climático.

Fig. 3

Figura 3. Tendencia al alza de la concentración de CO2 en partes por millón entre 1984 y 2018 (WMO, 2019)

Revertir esta tendencia al alza de ese gas invernadero requerirá un cambio en el consumo de energía, ocio y alimentación en nuestra mentalidad individual y colectiva. Si no lo hacemos pronto veremos como nuestras actividades más inmediatas en el uso del planeta: agricultura, ganadería, turismo, etc... se hacen  enormemente vulnerables al calentamiento global. Los ciudadanos también tenemos un importante papel en el consumo de alimentos por la ley de la oferta en función de la demanda. Debe de fomentarse el producto agrícola de proximidad y, también, un consumo moderado y sostenible de carne, dado que el nivel de producción actual genera cantidades importantes de metano (Trigo Rodríguez, 2019).  

EL NUEVO PARADIGMA DE LAS ENERGÍAS RENOVABLES

Mientras la mayoría de países todavía debaten sobre la cantidad de gases invernadero de más que pueden emitir, los científicos tenemos muy claro que la crisis del cambio climático viene motivada por el modelo energético caduco, todavía principalmente basado en el uso de combustibles fósiles. Cabe tener en cuenta que alrededor de una cuarta parte de las emisiones de dióxido de carbono se producen para generar energía eléctrica y otro tanto para faciltar la movilidad de los vehículos que empleamos. Por si fuese poco, los combustibles fósiles están enterrando los ecosistemas en plásticos, otra de las plagas a las que se enfrentan los seres vivos en el siglo XXI.

Para no caer completamente en el desánimo, cabe decir que se están haciendo importantes progresos en la utilización de las energías renovables. Entre ellas principalmente la solar y la eólica se encuentran en el punto de mira de muchos países. Algunos de ellos, como Suecia, se han convertido en referentes al intentar eliminar el uso de los combustibles fósiles para el año 2040 (Climate Council, 2019). Sin embargo, el uso de vehículos eléctricos o de bajo consumo no entra todavía en las agendas inmediatas pero lo hará pronto, dado que la situación se entoja insostenible.

Realmente, si esta degradación del medio ambiente no se para, llegará un momento en que la mayoría de la población, por mera subsistencia ante la emergencia climática, se pregunte: ¿podrían nuestros gobiernos de una vez por todas desarrollar políticas para un cambio de paradigma que comporte un uso creciente de las energías renovables? Si leemos los últimos estudios realizados con simulaciones sobre el cambio climático (Figura 4) nos encontramos con un panorama nada halagüeño para el siglo XXI y, los más pesimistas, comenzamos a pensar que quizás sea demasiado tarde.

Fig. 4

Figura 4. Los modelos climáticos muestran una evolución en la temperatura media del planeta realmente preocupante, particularmente a finales del siglo XXI, con temperaturas medias incrementadas hasta en 10º C (IPCC).

 

BIBLIOGRAFIA

Burke, K. D. et al. (2018) "Pliocene and Eocene provide best analogs for near-future climates". Proc. Natl. Acad. Sci. USA 115, 13288–13293.

Climate Council (2019) "11 countries leading the charge of renewable energy", homepage.

Fitzpatrick, M.C. y R. R. Dunn (2019) "Contemporary climatic analogs for 540 North American urban areas in the late 21st century", Nature Communications vol. 10, Article number: 614 (2019)

Lindsey, R. (2019) "Climate Change: Atmospheric Carbon Dioxide", NOAA, Climate.org homepage.

IPCC (2015) "AR5 Synthesis Report: Climate Change 2014", Intergovernmental Panel on Climate Change, ONU.

Trigo Rodríguez, J.M. (2019) "El cambio climático como fruto de un modelo económico insostenible", SciLogs, Investigación y Ciencia.

WMO (2019) "Greenhouse gas concentrations in atmosphere reach yet another high", World Meteor Organization press release (Nov. 25, 2019)

 

Josep M. Trigo-Rodríguez
Josep M. Trigo-Rodríguez

Científico titular del Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC) y del Instituto de Estudios Espaciales de Cataluña (IEEC), e I.P. del Grupo de Meteoritos, Cuerpos menores y Ciencias Planetarias del ICE-CSIC. Entre 2003 y 2005 fue postdoc del Instituto of Geofísica y Física Planetaria de UCLA. Tras la publicación de más de medio centenar de artículos arbitrados sobre los cuerpos menores del Sistema Solar y más de una decena de libros, el Minor Planet Center catalogó un asteroide en su honor con el nombre: 8325 Trigo-Rodríguez.

Página web personal

Sobre este blog

Los meteoritos son muestras únicas e irrepetibles llegadas desde lejanos rincones del sistema solar. Sus materiales son auténticos fósiles de la creación y datan procesos acaecidos hace miles de millones de años. Acompañadme en este viaje hacia los orígenes...

Ver todos los artículos (32)