Meteoritos: ¿arcas de Noé microbianas?

13/04/2015 0 comentarios
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El reciente descubrimiento de otro meteorito en la superficie de Marte nos hace recordar un hecho fantástico: los planetas del sistema solar han intercambiado rocas a lo largo de su historia. Este intercambio podría haber permitido no solo que unos planetas sirvieran como almacenes de la historia geológica de sus análogos, sino que la vida viajara entre ellos usando las que podríamos llamar "arcas de Noé microbianas".

El meteorito 'Lebanon' descubierto por el Rover Curiosity el 25 de mayo de 2014 (créditos: NASA/JPL-Caltech/LANL/CNES/IRAP/LPGNantes/CNRS/IAS/MSSS).

No hay para mí un descubrimiento astronómico más fascinante sobre la superficie de la Tierra (o de cualquier otro planeta) que el de un pedazo de otro mundo. Llamamos a estos trozos de roca venidos del cielo meteoritos, en referencia a que el fenómeno que les precede, un meteoro, ocurre en la atmósfera. Bueno, por lo menos aquí en la Tierra o en Marte. En la Luna, que tiene una atmósfera muy sutil, estos cuerpos caen de sopetón, sin ningún aviso visible.

Si bien la casi totalidad de los meteoritos descubiertos hasta ahora en el sistema solar, han caído en el planeta Tierra (por razones bastante obvias), a medida que se expande nuestra presencia en el vecindario planetario, un tesoro asombroso de rocas extraterrestres, "extralunares", "extramarcianas", etc. empieza a emerger.

En mayo de 2014, el Curiosity, el famoso laboratorio portable que estudia a Marte desde hace un par de años, fotografió unas rocas que no se parecían a ninguna de las demás en su entorno inmediato (véase imagen al principio). Se trataba de un pedazo de mineral negruzco, de superficie pulida y agujereada, que parecía traído (literalmente) de otro mundo. En efecto lo era. La roca, que fue posteriormente analizada por el laboratorio rodante era un pedazo de hierro y níquel caído del cielo, proveniente seguramente del vecino cinturón de asteroides.

Diez años antes, en 2004 el otro laboratorio marciano con ruedas, este en miniatura, el rover Opportunity, había descubierto ya el primer meteorito encontrado por fuera de la Tierra (véase segunda imagen).

Pero, ¿cómo pueden encontrarse tan fácilmente meteoritos en un planeta como Marte?

Meteorito descubierto en 2004 por el rover Opportunity.  Otra de las rocas 'extramarcianas' descubiertas en nuestra breve exploración del planeta rojo (crédito: NASA/JPL/Cornell).

En la Tierra el hallazgo de un meteorito no es una tarea sencilla. Siendo el cuerpo planetario más activo geológicamente del sistema solar (después de la luna Io de Júpiter, un verdadero infierno volcánico), rocas de todo tipo emergen de las profundidades y del mar creando un variopinto paisaje mineral en la superficie.

En medio de tan diversos minerales, encontrar una roca rara, no es la excepción sino la regla. Rocas de todos los colores y tamaños camuflan la mayoría de los meteoritos que caen por decenas de miles cada año en nuestro planeta.

A este panorama, bastante desalentador para los cazadores de meteoritos novatos, se le agrega que la superficie de nuestro planeta está cubierta de una espesa capa de mineral procesado: el suelo. Producto en su mayoría de los "desechos" de la vida y de la acción de la atmósfera, el suelo de la Tierra es químicamente complejo y cambiante. Esto sin mencionar que en su mayoría se encuentra cubierto de árboles y de pasto.

En el Departamento de Antioquia (Colombia), donde vivo, una zona montañosa y cubierta de todo tipo de vegetación, encontrar un meteorito es prácticamente un acto de "fe" (o de paz). Hace unos años fuimos testigos de un enorme bólido sobre los cielos de Antioquia, el rastro luminoso dejado por la entrada en la atmósfera de un cuerpo relativamente grande. El bólido pudo ser observado desde distintos lugares del Departamento, lo que le permitió a William Cock, un reconocido aficionado de la región, triangular la trayectoria del cuerpo e indicar la zona en la que podría haber caído: la ladera de una montaña a unos 50 kilómetros de Medellín (la capital de Antioquia y la segunda ciudad más grande del país).

Pero la montaña donde creemos cayó la roca del espacio, está cubierta de una espesa capa vegetal, lo que hacía muy complicada su búsqueda. Sin embargo, si esa búsqueda se hacía en el lapso de unas horas o días, las esperanzas de encontrar el objeto serían mayores. El más grande obstáculo, sin embargo, no eran los árboles o el suelo, sino los humanos. La misma zona estaba bajo el dominio de uno de los grupos armados que se mantienen en guerra con el estado desde hace décadas. Fue entonces la guerra y no la geología lo que nos impidió recuperar el meteorito a los antioqueños en aquella ocasión.

En contraposición a Antioquia con sus montañas y ríos, las zonas desérticas, poco modificadas por la vida, por la atmósfera e incluso por la guerra, se caracterizan por un paisaje mineral un poco más homogéneo. En algunos desiertos como la Antártida el paisaje está incluso cubierto de un único mineral (el más precioso a mi parecer): agua sólida. En estos lugares, las posibilidades de encontrar meteoritos se incrementan y no es por ello extraño que muchos de los meteoritos encontrados en la Tierra hayan caído justamente en zonas desérticas o en la Antártida.

Ahora bien, dado que una fracción considerable de la Tierra está cubierta por mares y bosques, una cantidad incontable de pedazos de otros mundos deben de estar enterrados en las profundidades del océano y debajo de las raíces de los árboles del Amazonas o la Selva Negra.

Por la misma razón que muchos de los meteoritos encontrados en la Tierra han sido hallados en desiertos, no es tampoco extraño que escuchemos del descubrimiento de meteoritos en Marte, el "planeta desierto". Tampoco debería serlo si en el futuro hallamos meteoritos en la Luna o en Mercurio, dos ejemplos más de cuerpos planetarios "desérticos".

El hallazgo de meteoritos en la superficie de los planetas en el sistema solar es una regla y no una excepción. Ser conscientes de este hecho hace significativo el descubrimiento realizado por el Curiosity. Nos obliga a modificar esa imagen, ahora arcaica, de que los planetas son cuerpos aislados por millones de kilómetros sin ninguna relación mutua.

Habría que comenzar por recordar que todos ellos fueron fabricados de la misma "basura" estelar. Pedazos de roca que se unían y desunían, en una desordenada orgía de colisiones. Los planetas gigantes, los primeros en ensamblarse, desempeñaron un papel fundamental en ese proceso. Pedazos de roca que pertenecían por ejemplo al dominio gravitacional del Marte primitivo, terminaron descarriados por acción de la gravedad de Júpiter y llegaron a parar al embrión de la Tierra.

La formación de la Luna, producto de una titánica colisión entre dos embriones planetarios y que ocurrió poco antes de que la Tierra terminara de formarse, esparció por todo el sistema solar detritos que seguramente se unieron al inventario de los otros planetas en formación, Mercurio, Venus y Marte. Incluso Júpiter o Saturno habrían sido golpeados por las esquirlas de esa colisión.

En tiempos más "recientes" (es decir en los últimos 4000 millones de años) el intercambio no ha cesado entre ellos.

En 2012 astrónomos japoneses calcularon que el impacto, hace 65 millones de años de un cometa o un asteroide en la parte de la Tierra que hoy es la península de Yucatán, lanzó al espacio tantas rocas y a tan alta velocidad, que miles de ellas posiblemente habrían terminado en la superficie de Europa. Pero no nuestra Europa, en la que obviamente cayeron toneladas de rocas, incendiando en la caída los antiguos bosques que cubrían esa parte del planeta. Me refiero a Europa, la luna de Júpiter. El masivo impacto proyectó hasta Júpiter, a más de 500 millones de kilómetros, más de 100.000 pedazos de la Tierra. Las primeras "naves" interplanetarias lanzadas desde nuestro planeta en tiempos "recientes".

El primer meteorito descubierto en la Tierra procedente de Mercurio (crédito: Stefan Ralew / SR Meteorites).

Y es que si en la Tierra hemos encontrado pedazos de asteroides (de los que vienen la mayoría de los meteoritos), de la Luna, de Marte y hasta de Mercurio, ¿qué nos hace pensar que no pase lo mismo pero a la inversa, es decir que otros planetas no estén tapizados por pedazos de la Tierra?

Si bien hoy sabemos que el nuevo meteorito encontrado en Marte viene del cinturón de asteroides, no hay ninguna duda de que en la superficie del planeta rojo debe haber rocas venidas de la Tierra.

Tal vez miles de esos meteoritos (no descubiertos todavía) fueron también excavados en Yucatán (la Tierra) hace 65 millones de años. Marte también guardaría en su superficie (o tal vez a unos centímetros debajo de ella) huellas de ese fatídico impacto.

Una vez admitida lo inevitable del intercambio de rocas entre los planetas, podemos empezar a imaginar situaciones más interesantes. Piensen en una historia hipotética como la siguiente.

Una estación humana en Marte (30 o 40 años en el futuro) encuentra en una salida de exploración un meteorito enterrado unos centímetros debajo del suelo marciano. El hallazgo se hace en una zona geológicamente inactiva del planeta.

Un análisis isotópico del meteorito, que para ese entonces se puede hacer en un par de minutos y con un equipo portátil, revela un hecho fascinante: la roca viene de la Tierra.

"¡Que gracia!" -dirían algunos críticos- "viajaron 70 millones de kilómetros solo para encontrar una roca terrestre".

Un análisis más minucioso revela un dato adicional. La roca encontrada tiene la medio bobada de 4000 millones de años. ¡Eso si que no es común! En la Tierra, la incesante actividad geológica, atmosférica y biológica ha modificado sin piedad las rocas más antiguas. Hallar rocas de esta edad en nuestro planeta es prácticamente imposible. Marte habría conservado para nosotros un tesoro geológico invaluable.

Pero las sorpresas continúan en nuestra historia. Un tercer hallazgo sacude a los científicos instalados en el planeta rojo y en la Tierra por igual: la roca exhibe huellas de actividad biológica similares a las que hemos observado sin ninguna duda en rocas con edades entre 3500 y 3000 millones de años en la Tierra. El simple hallazgo por casualidad de un meteorito terrestre enterrado en el suelo marciano se habría convertido así en la primera la prueba de vida en la Tierra. Nuestro viaje a Marte se habría convertido en un viaje de descubrimiento de los primeros habitantes de nuestro planeta.

A pesar de que esta historia parece más el guión de una película solo apta para nerds consumados, los hechos descritos no están muy lejos de la realidad. Si ha habido intercambio mineral entre los planetas del sistema solar, otro intercambio aún más fantástico podría haber ocurrido: un intercambio biológico.

En nuestra historia, los mismos organismos primitivos que produjeron las huellas en el meteorito terrestre, podrían haber sobrevivido el periplo interplanetario. Después de un duro viaje de tal vez un par de miles de años, sometidos a la desecación, el frío y la radiación de alta energía propias del medio interplanetario, los más resistentes "despertarían" en Marte, rodeados de condiciones no tan distintas a las del planeta que les dio la vida.

Con las condiciones químicas y energéticas apropiadas (el Marte de aquel entonces y la Tierra primitiva no eran tal vez muy diferentes), su reproducción podría asegurarse. La Tierra habría sembrado con vida el planeta hermano.

Pero, ¡un momento!

¿Cómo sabemos que no fue a la inversa? ¿Qué nos hace pensar que la Tierra fue la primera en ver un organismo vivo en el sistema solar? A decir verdad, por su tamaño y distancia al Sol, la Tierra podría haber sido un lugar poco hospitalario para la vida en el primer eón de historia del sistema solar.

Un planeta como Marte, más pequeño, menos masivo y por la misma razón menos amenazado por impactos extraterrestres, pero también con una atmósfera más ligera, podría ser el primer cuerpo del sistema solar en presenciar el origen de la vida. Por el mismo camino mencionado antes, el planeta rojo podría haber "contaminado" con su vida la Tierra primitiva. Si así fuera todos seríamos descendientes de "marcianos" y los meteoritos las "Arcas de Noé" que nos trajeron a la Tierra para poblarla.

Por fantástica que esta historia parezca, en realidad se trata de una idea bastante antigua. Es solo que hoy, cuando un número suficiente de ingenios humanos ruedan o aterrizan en otros cuerpos planetarios, la posibilidad de probarla se hace cada vez más cercana.