La junta que enlazó la ciencia española con el mundo

01/02/2018 0 comentarios
Menear

Once décadas después de su creación y a punto de cumplirse 80 años de su desaparición, 2018 ofrece una oportunidad perfecta para recordar el papel de la Junta para Ampliación de Estudios (JAE), una entidad inspiradora en pleno siglo XXI.

El año pasado se cumplieron 11 décadas de la constitución de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), heredera de la Institución Libre de Enseñanza. En mayo habrán transcurrido ocho desde que el gobierno franquista -en plena Guerra Civil- decretó el cese de las actividades de la Junta, lo que no impidió a sus responsables mantener una delegación primero en Valencia y más tarde en Barcelona con el apoyo de la República. A finales del próximo año -el 24 de noviembre- habrán pasado ocho décadas también de la creación del CSIC, que se hizo cargo de los centros que habían dependido de la JAE.

A caballo entre esa retahíla de efemérides, quizá 2018 sea un año idóneo para reflexionar sobre una institución crucial en la investigación española de principios del siglo XX. Si el “gancho” no fuera suficiente -si es que hace falta uno para evocar el papel y legado de la JAE-, tal vez sí lo sean los resultados del Informe PISA, que edición tras edición dibujan un escenario francamente mejorable y refrescan el debate sobre cómo reforzar el nivel académico. Otra buena excusa la brinda seguramente el Programa Erasmus, referente actual en el intercambio de estudiantes en Europa y que, pese a los buenos resultados logrados a lo largo de sus tres décadas de trayectoria, no se ha librado de los recortes presupuestarios, con un tijeretazo de cerca del 50 % entre los cursos 2011/2012 y 2016/2017: de los 61,3 millones de euros destinados en 2011 a los 29 del curso 2017.

Desde su fundación, en 1907, bajo la dirección de Santiago Ramón y Cajal -al que sucedería Ignacio Bolívar-, y hasta su desaparición, la JAE trabajó para modernizar España con una estrategia cuidada. Favoreció que la “piel” del país fuese permeable a las nuevas corrientes de pensamiento, a los avances científicos, luchó contra el aislamiento español y brindó recursos a una avanzadilla llamada a reformar la ciencia, la cultura y la educación. Todo –como recuerda la web que conmemora su 100 aniversario- desde la perspectiva de una “empresa nacional”: “Independiente de los vaivenes políticos, en la que se implicaban intelectuales de diferente ideología”.

Santiago Ramon y Cajal

Auspició además que cientos de pensionados pudiesen ampliar sus conocimientos en el extranjero, en la vanguardia del saber. Labor posible por cierto -como recuerda Josep L. Barona en un artículo publicado en 2007 en la revista Asclepio con motivo del centenario de la JAE- gracias a la valiosa red de vínculos internacionales tejida por su secretario, José Castillejo, pieza decisiva de la institución. En el transcurso de sus tres décadas de actividad, la JAE desempeñó un papel importante en el proyecto europeizante y en la modernización pedagógica.

Su puesta en marcha no fue sin embargo un camino de rosas. Sus impulsores no se vieron libres de trabas. El propio entramado universitario miraba con recelo a la nueva institución, que trastocaba sus encorsetadas dinámicas. “La Universidad, creyéndose intangible, se opuso abiertamente a las reformas si con ellas creía ver mermadas algunas facultades que consideraba de su propia jurisdicción, aunque hasta entonces no hubiera hecho uso de tales atribuciones ni les hubiera dado aplicación conveniente en pro de su misión científica”, recogía José Subirá en el artículo publicado en 1924 sobre la JAE en la revista Nuestro Tiempo: “No es de extrañar que aquí, como en otros países en situaciones análogas, nuestras universidades comenzasen menospreciando a la Junta; que después se indignaran viendo en ella una rival y, por último, que aspiraran a imitarla”.

En las mismas páginas, Subirá se hace eco de otros ataques, que censuraban una pretendida falta de imparcialidad en la JAE a la hora de conceder pensiones y su supuesta preferencia por los aspirantes con ideología de “izquierdas”. Testimonios quedan que muestran el poco fundamento de esas críticas. Algunos públicos, como el que escribió en ABC el pensionado Arboleya Martínez, canónigo de la catedral de Oviedo, nada sospechoso del talante “radical” que los opositores de la JAE achacaban a la institución. “A mí, clerical y sacerdote, se me concedió la pensión solicitada sin que me costara más trabajo que eso: solicitarla”, apuntaba el religioso, que más tarde volvería a insistir en las páginas del mismo diario, rotundo, en respuesta a las diatribas que habían suscitado su anterior artículo entre los sectores más reaccionarios: “Es una patraña eso de que los católicos las solicitarán en balde”. Tampoco tuvo fáciles las cosas la Junta durante la dictadura de Primo de Rivera, cuando padeció la falta de apoyo político y financiero del Gobierno.

La actuación de la JAE fue ejemplar en múltiples aspectos. Más de uno resulta innovador 110 años después de la publicación del Decreto del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes con el que se constituyó: la apuesta por la internacionalización, la permeabilidad, el deseo de mimar la imagen académica del país, de ganar prestigio… Su impulso permitió a cientos de pensionados ampliar sus estudios dentro y fuera de España y fortalecer los vínculos internacionales gracias a delegaciones españolas en congresos científicos o cursos con expertos llegados de fuera de las fronteras españolas. Hasta su desaparición auspició y dirigió importantes centros de investigación y laboratorios.

 

El Instituto-Escuela

También fue referente en cuestiones netamente prácticas. Buen ejemplo es la filosofía que empapaba instituciones como el Instituto-Escuela (IE), organismo con el que la JAE quiso extender su atención también a las primeras etapas de la enseñanza. Centrar la vista en el IE es especialmente pertinente si miramos el calendario: en cuestión de meses, el 10 de mayo, se cumplirá justo un siglo de su creación. Sin embargo, la pertinencia de detenerse un instante y reflexionar sobre la labor de esta institución, que buscaba extender los aires reformadores a los niveles educativos más tempranos, va mucho más allá de la efeméride.

José CastillejoEn sus aulas se ponía el énfasis en el estudio directo de la naturaleza, en alentar la curiosidad, el diálogo con los alumnos, los idiomas, el desarrollo de un espíritu crítico… o simple y llanamente en la urgencia de enseñar en unas buenas condiciones. Como recuerda José Subirá, en las aulas del Instituto-Escuela no se admitían más de 30 alumnos. Ese número se reducía incluso en las frecuentes actividades que se realizaban en los talleres y laboratorios. No viene mal recordar que en 2016 la prensa se hacía eco de las declaraciones del Consejero de Educación de Madrid en las que reconocía que 120 aulas de Primaria –de un total de casi 9900- acogían a más de 28 estudiantes y en 80 de ESO se superaba el ratio de 33 alumnos. Ya fuera de la educación obligatoria, más de una veintena de aulas de Bachillerato rozaban entonces los 40 estudiantes. La huida del embarre burocrático de la JAE o su autonomía pedagógica son otras características inspiradoras aún hoy. “Hija intelectual de la Institución Libre de Enseñanza, buscó el pluralismo ideológico en sus órganos rectores”, anota Reyes Berruezo.

 

Pensionados

Durante sus cerca de tres décadas de vida la JAE concedió casi 3900 pensiones, el 75 % para cursar estudios o investigaciones en el extranjero. Según los datos recogidos por Subirá, solo entre 1907 y 1921, tramitó 4422 instancias y concedió 810. De media, durante ese período otorgó 54 anuales, si bien durante años concretos, como 1912, su incidencia se duplicó, disparándose hasta las 127. Los años de la Primera Guerra Mundial redujeron la media de forma notable. “El pueblo que se aísla se estaciona y se descompone; por ello todos los países civilizados toman parte en un amplio movimiento de relación científica internacional”, apuntaba ya el Decreto de 1907, que daba el pistoletazo de salida a la JAE.

Su respaldo permitió crecer profesionalmente a científicos que pudieron empaparse de los últimos avances en sus campos. Un caso especialmente interesante es el de Carmen Martínez Sancho, la primera mujer de España en lograr un doctorado en Matemáticas y una cátedra de instituto en esa misma disciplina. Gracias al apoyo de la JAE, Sancho pudo disfrutar en 1931 de una estancia de año y medio en Berlín, donde estudió Geometría multidimensional con profesores de la talla de Friedrich Schur, Ludwig Bieberbach o Adolf Hammerstein. Solo entre 1910 y 1911, período especialmente prolijo con 180 pensiones concedidas, obtuvieron respaldo para formarse fuera de España grandes nombres de las ciencias y las letras del país, intelectuales como Manuel Azaña, Antonio Machado, José Ortega y Gasset, Julio Rey Pastor o Ramón Pérez de Ayala.

Por países, los principales destinos -al menos entre 1910 y 1934- eran Francia (744), Alemania (564) y Suiza (364), aunque también hubo pensionados fuera del viejo continente, como en Estados Unidos (84) o Marruecos (15). Las áreas de investigación también son diversas. Entre 1910 y 1911, por ejemplo, se otorgaron 30 estancias para Pedagogía y Enseñanza Primaria, 22 para Ciencias Exactas, Físicas y Naturales o 21 para Derecho. Ese impulso lo anticipaba el propio Decreto Fundacional de 1907, que avanzaba: “Es indispensable ir a recoger, para volver aquí a sembrar”. De nuevo según los datos recogidos por Germán Gómez Orfanel, entre 1910 y 1934 la Junta pensionó a 156 mujeres para estudiar en el extranjero. Al término de su actividad, el total de ayudas destinadas a docentes, investigadoras, científicas... –tanto dentro como fuera de España- sumaría 442.  

 

Red de centros y laboratorios 

Ignacio BolívarAunque esa labor con la que favoreció que los españoles pudiesen formarse más allá de los Pirineos, el Mediterráneo o el Atlántico es posiblemente la más conocida, la JAE auspició también un sólido tejido investigador, con centros y laboratorios de primer orden. Destacan el Centro de Estudios Históricos de Madrid, la Residencia de Estudiantes o el Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales, que agrupó entidades ya existentes. Los tres se pusieron en marcha en 1910. “Sus métodos constituirían una provocación a las anquilosadas universidades, que no tardarían en criticar la labor de la Junta”, reflexiona German Gómez Orfanel. Con esas instituciones, la JAE buscaba también que el esfuerzo realizado con los pensionados revirtiese en la educación dentro del propio país.

En el Decreto de 1907 se apuntaban como objetivos de la JAE, además de ampliar estudios dentro y fuera de España, las delegaciones de congresos científicos, el servicio de información extranjera y relaciones internacionales en materia de enseñanza o el fomento de trabajos de investigación científica. Entre su legado, la JAE cuenta buen número de traducciones y publicaciones. Julio Ruiz Berrio recuerda también su interesante apoyo a la Escuela de párvulos de Simancas, una breve experiencia lanzada en el municipio castellanoleonés para frenar el abandono escolar. Ruiz Berrio señala cómo Alice Gould -figura clave del centro- pidió a la Junta que brindase su patrocinio y ayuda a la escuela. Fruto de esa petición llegó a trasladarse hasta Simancas el propio José Castillejo. Otra acción destacada es fomentar el intercambio científico con América, tanto la de habla española como inglesa. De hecho la JAE indicaba expertos que pudiesen enseñar el idioma.

La Junta sería inimaginable sin la Institución Libre de Enseñanza, el influjo decisivo de la filosofía krausista y la labor de intelectuales como Francisco Giner de los Ríos. Antes, en 1899, Manuel Bartolomé Cossío ya había defendido en Zaragoza la urgencia de aplicar reformas a la enseñanza y en 1813 -recuerda Subirá- Manuel José Quintana había propuesto también que se concediesen pensiones “para salir fuera del reino y adquirir en las naciones sabias de Europa el complemento de la instrucción”. Casi un siglo después, en 1901, el Conde de Romanones dispuso que los alumnos que obtuvieran las mejores notas y destacasen por su currículum pudiesen optar a ayudas para estudiar fuera.

Toda esa labor sufrió un revés a raíz de la Guerra Civil y la llegada de la Dictadura franquista. Durante la contienda muchos de los científicos que habían estado ligados a la JAE tuvieron que optar por la vía del exilio. El propio Ignacio Bolívar, quien había presidido la Junta desde la muerte de Cajal, tuvo que hacer las maletas y dejar el país. Su labor e implicación le obligaron a refugiarse en México, donde creó la Asociación de Profesores Universitarios Españoles en el Exilio. Muestra del compromiso de los exiliados es la fundación de la revista Ciencia. Revista hispano-americana de Ciencias puras y aplicadas, que lanzó su primer número en 1940 y dirigía el propio Bolívar.

 

Bibliografía

Ruíz Berrio, Julio. 2000. "La Junta de Ampliación de Estudios, una agencia de modernización pedagógica en España", en: Revista de Educación, núm. extraordinario, 2000. págs. 229-248

Barona, Josep L. 2007. "Los laboratorios de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científiacs (JAE) y la Residencia de Estudiantes (1912-1913)", en: Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, 2007. vol. LIX, nº 2, julio-diciembre, págs. 87-114

Berruezo Albéniz, Reyes. "La Junta para Ampliación de Estudios (1907-1938) y Navarra", en: Huarte de San Juan. Geografía e Historia, 14, págs. 147-152

Gómez Orfanel, Germán. "La Junta para Ampliación de Estudios y su política de pensiones en el extranjero", en: Revista de Educación. 243.-3, págs. 28-47

José Subirá. 1924. "La Junta para Ampliación de Estudios", en Nuestro Tiempo. Enero-abril-mayo de 1924.