La marquesa de Châtelet, una de las sabias "ocultas" (u ocultadas) en la historia de la ciencia

05/06/2018 4 comentarios
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En "Sabias, la cara oculta de la ciencia", Adela Muñoz Páez repasa la historia de brillantes astrónomas, matemáticas, físicas, geómatras... que durante siglos se vieron relegadas a un segundo plano. Desde Enheduanna hasta las investigadores que batallaron en el siglo XX para recibir un trato justo, el libro ofrece un recorrido por grandes personajes, como Émilie de Châtelet, el ingenio que dejó mudo al mismísimo Voltaire.

Durante su retiro forzoso en el castillo de Cirey, en Lorena, Voltaire dio forma a una obra crucial para que las ideas revolucionarias de Newton prendiesen más allá del canal de la Mancha: los Éléments. El tratado salió de la imprenta hace ahora 280 años -en abril de 1738- y ensalza la claridad del gran físico inglés frente a la oscuridad de Gottfried Leibniz o René Descartes, entonces el pope de la ciencia gala.

Grabado que ilustró la primera edición de los Elementos

Quizá la mejor prueba de la importancia de los Éléments de la philosophie de Newton -tanto para la expansión de las teorías newtonianas por Europa como en el propio desarrollo intelectual de Voltaire- es que pese a tratarse de un libro de divulgación escrito hace casi tres siglos mantiene aún un puesto de honor en las estanterías de librerías y bibliotecas de medio mundo.

Los Éléments no son sin embargo hijos de un solo padre. O mejor dicho: la obra tiene un padre y una madre. Por más que en la portada de las ediciones modernas no figure su nombre, en la elaboración del libro tuvo una parte destacada Gabrielle Émilie Le Tonnelier de Breteuil, más conocida como la marquesa de Châtelet. La noble que dio cobijo a Voltaire cuando pendía sobre su cabeza una orden de detención dejó una impronta a menudo olvidada en el ensayo.

En su libro Sabias, la cara oculta de la ciencia, Adela Muñoz Páez -catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla y escritora- explica el papel que desempeñó la marquesa en la producción científica de Voltaire durante aquellos años prolíficos en Cirey, cuando el viejo castillo se convirtió en un referente intelectual de Europa. "Su ayuda fue determinante", apunta la académica, quien recuerda que el propio Voltaire quiso dejar constancia de las contribuciones de su protectora.

En la primera edición de los Éléments, de principios de 1738, se incluyó un grabado en el que -detalla Muñoz Páez- quedaba retratado el papel de Émilie en la obra. En la ilustración se ve a la marquesa de Châtelet sosteniendo un espejo. Su bruñida superficie capta la luz que emana de Newton -situado en la parte superior de la imagen- y la refleja sobre la cabeza de Voltaire, concentrado en la tarea de dar forma al libro. Sabias va más allá y asegura que el intelectual galo llegó a reconocer a la marquesa como "coautora" de la obra en su primera edición.

"Sabias", de Adela Muñoz Páez.Dos años antes de que saliesen las galeradas de los Éléments, la marquesa de Châtelet había empezado una ambiciosa traducción comentada al francés de los Principia de Newton. La obra completa se publicó diez años después de que su autora muriera, en 1759. Antes, había elaborado un ensayo sobre los estudios de óptica del físico inglés que -tras permanecer siglos desaparecido- se descubrió hace poco en Rusia. Para Muñoz Páez el documento "indica que es probable" que Émilie sea la autora de los capítulos sobre óptica incluidos en la obra que hoy se atribuye en exclusiva a Voltaire.

A pesar de esos indicios y de que el propio Voltaire reconoció las contribuciones de Émilie en la preparación de los Éléments, el grabado en el que aparece la marquesa y su propio nombre desaparecieron de las tiradas posteriores del tratado. Aún hoy muchas ediciones modernas solo dedican a Émile una mención fugaz en el prólogo.

Con el paso de los siglos, la historia ha puesto casi el mismo acento en el romance que mantuvieron Voltaire y Émilie en Cirey que en la producción científica de esta última, decisiva para la difusión de las ideas de Newton en Francia. Sus contribuciones quedaron desdibujadas a pesar de que en su propia época la profundidad de algunos de sus trabajos -por ejemplo, el tratado Fundamentos de física (1740)- le valió el nombramiento de miembro de la Academia de Ciencias de Bolonia.

Émilie es un ejemplo del olvido al que se han visto condenadas las contribuciones de muchas científicas a lo largo de la historia. En Sabias, la autora traza un recorrido apasionante que arranca con Enheduanna, suma sacerdotisa -e intérprete de las estrellas- que vivió en Sumer hace aproximadamente 4.300 años, y avanza siglo tras siglo recordando a Hipatia de Alejandría o a las eruditas del medioevo europeo, que como Hildegarda de Bingen, cultivaron la ciencia en una época de barbarie.

Marquesa de Chatelet

El viaje de Muñoz Páez se adentra en el convulso siglo XX para recordar, entre otras, las historias de Kathleen Londsdale, Marie Sklodowska-Curie, Rosalind Franklin y Rita Levi-Montalcini o las de aquellas científicas que batallaron contra viento y marea durante el franquismo para poder proseguir con sus carreras científicas, como Teresa Salazar o Piedad de la Cierva. Además de con guerras e intolerancia, en algún momento de sus vidas todas tuvieron que lidiar con los perjuicios de una sociedad que parece empeñada en prescindir del 50 % de su talento.

"Hoy su redescubrimiento es un ejercicio de justicia histórica para que por fin brillen con todo su esplendor", sentencia la autora de Sabias. Su relato ayuda a saldar la deuda con "las herederas de Enheduanna" que se vieron obligadas pese a su talento -como apunta Paez- a transitar por "la cara oculta de la historia".