Retrato de Mary Anning con su perro Tray.

Los cimientos de la iglesia de Lyme Regis se hienden en las aguas del Atlántico y las sombras de la historia. El templo, anglicano y consagrado a San Miguel Arcángel, se alza sobre una loma de la Costa Jurásica, a escasos 80 metros del Canal de la Mancha y a pocos pasos más de "The Cobb", el espigón medieval que Jane Austen describe en su novela Persuasión. Por su altura, por su dominio sobre el litoral e incluso por la rudeza del viento que golpea la colina, el lugar parece más idóneo para una atalaya de tiempos de guerra que una torre dedicada a la contemplación religiosa. Casualidad o no, fueron los descendientes de las antiguas tribus llegadas del continente quienes dedicaron la parcela a la oración. Aunque en Lyme siempre se sospechó la antigüedad milenaria del templo, a mediados de la década de 1990 —durante unas obras de reforma— los expertos descubrieron vestigios sajones que dataron a finales del siglo X.

Lo que más selfies acapara en la iglesia de San Miguel Arcángel, sin embargo —al menos entre los amantes de la ciencia—, no son ni sus arcos seculares, ni las vistas desde la torre. Ni siquiera la campana de bronce del HMS Lyme Regis, uno de los buques que en 1944 participaron en el Desembarco de Normandía y que hoy se rememora en el presbiterio de Lyme, entre rezos y homilías.

Lo más fotografiado es un vitral. Una vidriera conmemorativa que retrata seis actos de misericordia recogidos en la Biblia. La composición no es especialmente virtuosa. Tampoco una pieza antigua. Se fabricó en el siglo XIX por iniciativa de algunos feligreses y la Sociedad Geológica de Londres. De la cristalera destaca, incluso más allá de su significado religioso, a quién está dedicada: Mary Anning, una de las vecinas más ilustres de la comarca. Sus restos descansan en una de las tumbas excavadas tras el templo, junto a los de su hermano Joseph.

La historia de Anning (1799-1847) reúne los ingredientes para protagonizar una novela de Austen. Su periplo vital llegó a despertar de hecho la curiosidad de Charles Dickens, quien le dedicó un artículo en la revista All the Year Round. "La hija del carpintero se ha ganado un nombre para sí misma, y merecía ganarlo", recogió el escritor de Landport en su artículo. La frase condensa parte de la biografía de Anning, aunque apenas deja ver sus capítulos más amargos ni el alcance de ese "nombre".

 

Humilde y huérfana de padre con 12 años

Mary nació en una familia humilde de Dorset que malvivía con lo que sacaba el padre de su oficio de ebanista y la venta esporádica de recuerdos para turistas. A pesar de sus orígenes, de la falta de educación formal, de que muy pronto se quedó huérfana y muy pronto también perdió la vida a causa de un cáncer que la consumió con apenas 47 años, Anning se convirtió en una figura clave de la Paleontología. Eso sí, siempre desde un segundo plano, entre las sombras de eruditos como William Daniel Conybeare o Georges Cuvier, a quienes la vecina de Lyme abastecía con frecuencia de fósiles. La mayor parte de los reconocimientos le llegaron a Mary al final de sus días. O, como suele ser habitual, cuando ya reposaba bajo tierra.

Desde muy pequeña Anning se aficionó a acompañar a su padre Richard y hermano Joseph durante sus expediciones por los acantilados de Lyme. Cubo, cincel y pala en ristre, la familia recorría los despeñaderos con la vista clavada en el suelo. El objetivo: localizar fósiles para vendérselos a los turistas que visitaban el Condado de Dorset. Las paredes escarpadas de la Costa Jurásica estaban trufadas de vestigios prehistóricos, pero su recolección resultaba una tarea peligrosa. El terreno era resbaladizo. El viento golpeaba con fuerza. Y a menudo los "cazadores de fósiles" se arriesgaban a que el suelo cediese bajo sus pies y se precipitara en terrones sobre las aguas del Atlántico.

Cuando Mary tenía apenas 12 años, en 1810, su padre sufrió un accidente fatal mientras recorría los acantilados de Lyme a la caza de coprolitos. Se despeñó y quedó tan maltrecho que su salud se debilitó con rapidez entre las gélidas rachas del sur de Inglaterra. Falleció al poco tiempo, vencido por la tuberculosis y dejando a los Anning en la estacada: sin su principal fuente de ingresos y asediados por las deudas.

Para contribuir con algunas libras a la delicada economía de la familia, Mary y Joseph siguieron recorriendo los acantilados de Lyme a la caza de amonitos, belemnites, coprolitos... Hacia 1810 los hermanos Anning se toparon sin embargo con algo bastante más grande. Aunque las versiones varían, durante una de sus expediciones Joseph encontró el cráneo de lo que resultó ser un ejemplar de ictiosaurio, un réptil marino de gran tamaño similar a los delfines actuales que habitó los mares del planeta durante cerca de 150 millones de años, entre el Triásico Inferior y el Cretácico Superior. Prueba de las colosales dimensiones del saurio es que en 2018 PLOS ONE publicó un estudio sobre un ejemplar de 26 metros, casi la longitud de una ballena azul. Fue Mary —a quien algunas fuentes atribuyen el hallazgo del ejemplar— quien con solo 12 años se encargó de extraer los huesos.

El descubrimiento causó sorpresa en el circulo científico de Londres. Catorce años después, en 1824, Mary volvía a demostrar su habilidad al descubrir un esqueleto casi intacto de plesiosaurio, un ejemplar que atrajo la atención del zoólogo Georges Cuvier. El francés, padre de la anatomía comparada y contrario a las teorías de Leclerc y Lamarck, recibió con cautela el hallazgo de aquel esqueleto que parecía una quimera compuesta con huesos de varias especies. No terminó de aceptarlo hasta que leyó un artículo ilustrado de su colega inglés William Daniel Conybeare.

El listado de méritos de Anning es extenso. En 1828 desenterró el primer espécimen de pterosaurio en Inglaterra y se dedicó también a estudiar el origen de los coprolitos. Con su trabajo contribuyó a las investigaciones de científicos destacados. A lo largo de su trayectoria, Mary mantuvo contacto por ejemplo con William Buckland, Richard Owen o Adam Sedgwick. Su labor nunca estuvo exenta de riesgos, los mismos que en 1810 le costaron la salud a su padre. Durante una de sus expediciones, por ejemplo, un deslizamiento de tierras acabó con la vida de su perra Tray.

 

Discreto... y tardío reconocimiento en vida

Sus contribuciones habitualmente no iban acompañadas de reconocimiento. A parte de su talento y capacidad de trabajo, poco tuvo Mary a su favor. Había nacido mujer en la encorsetada sociedad británica del siglo XIX. Sus orígenes eran muy humildes, carecía de educación formal y había convertido la recolección de fósiles en su medio de vida, un trabajo remunerado, algo que chirriaba con la búsqueda pura y desinteresada del conocimiento idealizada en la época victoriana. Rara vez se la citaba en las publicaciones académicas o se reconocía su mérito. Aun cuando las cartas que se conservan de su correspondencia con geólogos demuestran sus conocimientos.

Buena muestra de los ojos con que la veía al menos parte del círculo científico británico la aporta el naturalista Gideon Mantell, gran figura de la Paleontología y descubridor de cuatro de los cinco géneros de dinosaurios que se conocían en su época... pero también un académico tosco con profundos perjuicios. Al referirse a Mary la describió como una "leona geológica en una pequeña tienda sucia, con cientos de especímenes apilados a su alrededor en el mayor desorden".

Anning falleció en 1947 a causa de un cáncer de mama, poco antes de cumplir los 48 y apenas siete años después de realizar su última contribución al Museo Británico. Pese a sus descubrimientos no se le abrieron las puertas de la Sociedad Geológica —cerradas de hecho para las mujeres hasta 1904— y solo hacia el final de su vida, casi en la década de 1940, parte de la comunidad científica logró que se le asignase un pago anual que ayudó a aligerar su economía.

Durante un discurso ante la Sociedad Británica para la Historia de la Ciencia, en 1995, el historiador Hught Torrens la calificó como "el mejor fosilista que el mundo ha conocido". En las últimas décadas su memoria se ha avivado gracias a biografías como Las huellas de la vida, de Tracy Chevalier; The Fossil Hunter, de Shelley Emling; o The Fossil Girl: Mary Anning's Dinosaur Discovery, escrito por Catherine Brighton, además de artículos... y las vidrieras de la iglesia de Lyme Regis.

Carlos Prego
Carlos Prego

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela (USC) y especializado en Periodismo y Comunicación Científica por la UNED. Desde 2010 trabajo en el diario Faro de Vigo. Antes pasé por Cadena SER-Radio Vigo, El País y Localia. Puedes leer artículos míos en webs de divulgación como Mujeres con Ciencia, Xataka, Hipertextual, Magnet, Naukas, Principia, E-Ciencia o Acerca Ciencia. Autor de "Científicas que conducían ambulancias en la guerra".

Sobre este blog

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