Ciencia, máximo órgano de expresión de la comunidad de científicos exiliados nacida y desarrollada en Hispanoamérica durante los años del franquismo.

«La convenencia de adoptar un lenguaje unitario para la comunicación científica se ha planteado en muchas ocasiones. Puesta a discusión en distintas asambleas y reuniones internacionales no fue posible arbitrar otro acuerdo que seguir con el uso simultáneo de los tres o cuatro idiomas más acreditados por sus aportaciones a la ciencia».

Cubierta de<em> Ciencia. Revista Hispano-americana de Ciencias Puras y Aplicadas. </em>

Con estas líneas se iniciaba el editorial «El lenguaje de la ciencia» publicado en 1975 en el último número de Ciencia. La revista ponía así fin a una dilatada trayectoria editorial difudiendo los resultados de investigación de la comunidad científica de exiliados españoles en Hispanoamérica desde su fundación en 1940. Es por ello que no sorprende que el final de esta revista llegase tan solo unas semanas después del fallecimiento de Francisco Franco. La elección de una cuestión vinculada al lenguaje científico para inaugurar el número de diciembre de 1975 tampoco sorprende cuando se examinan los artículos publicados en Ciencia desde sus inicios en marzo de 1940 en México bajo el auspicio de la Editorial Atlante. Las cuestiones terminológicas sobre ciencia fueron recurrentes en este medio de difusión del conocimiento científico. Uno de los actores clave en la reflexión terminológica para el ámbito de la química fue el profesor Modesto Bargalló Ardévol, a quien podemos encontrar entre el elenco de destacados intelectuales que conformaban el consejo de redacción de Ciencia, de quien se ofreció un sucinto apunte biográfico recientemente en este mismo espacio virtual y que protagoniza la exposición virtual Modesto Bargalló. Haciendo ciencia en las aulas, recientemente inaugurada. Un artículo publicado en el último número de la revista Educación Química recupera las reflexiones y contribuciones de Modesto Bargalló a la discusiones terminológicas en el ámbito del lenguaje químico. 

Modesto Bargalló hacia 1951 dando una clase en la Escuela Vocacional Núm. 1 del IPN. Fotografía divulgada por el propio Bargalló en 1973 en una obra recopilatoria de sus trabajos publicados en México.

El profesor Bargalló llegó a México en junio de 1939 a bordo del Sinaia junto con otros centenares de exiliados republicanos españoles y desarrolló la práctica totalidad de su quehacer profesional en diversos centros del Instituto Politécnico Nacional (IPN) de México D.F. (actual Ciudad de México) desde 1940 hasta su jubilación en 1972. Este docente catalán que había formado en ciencias a más de una veintena de generaciones de maestros de escuela primaria en España, desarrolló en México una no menos prolífica labor enseñando química en el ámbito de las enseñanzas medias y técnicas. En tierras mexicanas también consolidó una importante trayectoria investigadora en el ámbito de la historia de las ciencias, sobre todo, de la química, la minería y la metalurgia. Este quehacer investigador le valió en 1977 el Dexter Award de la prestigiosa American Chemical Society, convirtiéndose en el primer y único español que ha obtenido dicho galardón. Desde su labor docente y su profundo conocimiento de la historia de la química, Modesto Bargalló reflexionó ampliamente sobre la terminología química. Para él, las reflexiones sobre el lenguaje de la química constituían una excelente oportunidad para que «la química se pensase a sí misma», tal y como definía la epistemología de la química su colega argentino Carlos E. Prélat, doctor en Química, profesor de la Universidad de Buenos Aires y autor de múltiples trabajos de filosofía e historia de la química.

Modesto Bargalló fue un firme defensor de involucrar a la inmensa mayoría de la comunidad química en la toma de decisiones y el estudio sobre cuestiones propias del lenguaje y la nomenclatura de esta ciencia. Así lo defendió precisamente desde Ciencia en un artículo publicado en 1952 bajo el crítico y sugente título de «Nomenclatura química y libertad»: 

«Una nomenclatura unificada tendría probabilidades de mejor éxito, conforme fuese más extensa su elaboración, esto es, mayor número de naciones, organismose incluso particulares, que directa o indirectamente hubiesen intervenido en ella. No encierra inconveniente alguno que químicos de todas las procedencias se preocupen de modificar la nomenclatura química, como resultado de serios estudios sobre ella. Se les debe por tanto, ofrecer las páginas de las revistas y abrirles las puertas herméticas de las comisiones oficiales. Así, la nomenclatura se nos aparecerá como recomendación nacida de una labor conjunta y a cuyo cumplimento estamos gustosamente obligados».

La IUPAC celebró en 2019 su primer centenario.

Las palabras de Modesto Bargalló reflejan con claridad la reacción de buena parte de la comunidad química ante la estructuración normativa que experimentó el lenguaje químico a lo largo del siglo XX, especialmente tras la creación de instituciones como la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada (IUPAC, por sus siglas en inglés) en 1919. No obstante, la búsqueda de orden y generalidad en el lenguaje químico hunde sus raíces en capítulos mucho más lejanos de la historia de la química. Así, la reforma de la nomenclatura química fue una de las empresas emprendidas por los químicos del siglo XVIII. Especial mención merece el caso del francés Antoine Laurent Lavoisier, frecuentemente presentado como «padre de la química», quien no dudó en imprimir en el nuevo idioma de la química las bases de su emergente teoría química.

Un ejemplo en este sentido lo encontramos en el término «oxidación», que alude a «ganancia de oxígeno», fundamento de procesos como la combustión, la respiración o la formación de cales metálicas en el marco del edificio teórico que Lavoisier y sus colaboradores erigieron para la interpretación de los fenómenos químicos. El ulterior desarrollo de la ciencia química terminó mostrando que los procesos de oxidación no se reducen a la fijación de oxígeno, abogando por la cesión de electrones de una sustancia (que se oxida) a otra (que se reduce) como rasgo central de estos fenómenos. Ese nuevo significado de oxidación se superpondría, cual estrato, al significado anterior, dando lugar a una polisemia que podía terminar confundiendo en alto grado a los principiantes en el estudio de la química. Precisamente, Modesto Bargalló hizo uso del concepto de oxidación para ilustrar cómo en el lenguaje científico abundan los términos en los que conviven distintas definiciones vinculadas a diferentes momentos históricos. Bargalló, al igual que otros muchos de sus colegas, consideró que el término «oxidación» había perdido su razón de ser original y que por tanto debía ser sustituido por «deselectronación» o «eldonación», los cuales aludirían a «donación de electrones».

Esta fue solo una de las múltiples cavilaciones sobre lenguaje químico empredidas por Bargalló, las cuales abarcaron un amplio rango de conceptos fundamentales de la química, como elemento, isótopo o isomería (entre una treintena más), y de su propia estructura disciplinar, como la quimicafísica o fisicoquímica.

Modesto Bargalló reflexionó ampliamente sobre la delimitación entre física y química y una subdisciplina que se configuró en su interfase: la quimicofísica o fisicoquímica. Para Bargalló, física, química y fisicoquímica (o quimicafísica) debían ser demarcadas atendiendo a la naturaleza del fenómeno físico y el fenómeno químico, siendo necesario un mayor cuidado en el uso de estos términos en las publicaciones académicas y manuales de enseñanza. La propia reflexión sobre qué es un fenómeno químico y un fenómeno físico exigía de una profunda revisión histórica de la cuestión, lo que muestra la profunda imbricación entre historia, epistemología y terminología de la ciencia. 

Las cavilaciones de Modesto Bargalló sobre el lenguaje científico en las décadas centrales del siglo XX nos ofrecen hoy una valiosa oportunidad para comprender el papel que desempeñan fenómenos semánticos como la sinonimia, la polisemia o los significados cambiantes de conceptos en comunicación científica. Si el lenguaje literario se nutre ampliamente de estos fenómenos, el lenguaje científico presentaría una serie de problemáticas lingüísticas propias que han de subsanarse en aras de la claridad y la evasión de ambigüedades, objetivos compartidos al comunicar y enseñar ciencias.

Escultura de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Complutense de Madrid en homenaje a la triada de elementos químicos descubiertos por químicos españoles: Pt, V y W. Fuente: <a href="http://webs.ucm.es/BUCM/revcul/tribunacomplutense/260/art3907.php#.X_89RS8rxbU" target="_blank"><em>Tribuna Complutense.</em></a> 

Es por ello que recuperar la labor de profesores como Modesto Bargalló nos brida un auténtico viaje temporal de gran interés para reflexionar ampliamente sobre los mecanismos que operan tras la toma de decisiones en comunicación científica y la multitud de factores que moldean la misma. Factores que en ocasiones esconden otro tipo de argumentario, como la veneración de los científicos del pasado o la búsqueda de glorias nacionales a través de la ciencia. Así, el propio Bargalló defendió los términos «wolframio» en sustitución de «tungsteno» para el elemento 74 y «eritronio» en lugar de «vanadio» para el elemento 23 , en clara reivindicación de la obra de los químicos españoles Fausto y Juan José D'Elhuyar y Andrés Manuel del Río en la historia de la clasificación periódica de los elementos. Bargalló también abogó por una mayor presencia de nombres de elementos en la tabla periódica cuya etimología aludiese a célebres personalidades de la química, proponiendo denominaciones tales como lavoisium (en honor al químico francés Antoine Laurent Lavoisier), avogadrium (por el químico italiano Amadeo Avogadro), gay-lussacium (por el químico francés Joseph Louis Gay-Lussac) o berzelium (por el químico sueco Jöns Jacob Berzelius). 

Las reflexiones y las propuestas de profesores como Modesto Bargalló muestran la diversidad de usos históricamente otorgados a la historia de la ciencia, como su empleo en la forja de identidades disciplinares no exentas de beato o la búsqueda de exaltación del espíritu nacional; pero también su uso como una potente herramienta analítica para pensar críticamente la naturaleza del lenguaje científico, la importancia de factores semánticos en comunicación científica y los paralelismo y las tensiones entre comunicar y enseñar ciencias. La obra de un actor y relator de la historia de la química como Modesto Bargalló nos brinda un viaje privilegiado por todas estas cuestiones, para el cual los estudios históricos y sociales sobre ciencia nos ofrecen una guía excepcional.

Referencia:

Moreno Martínez, Luis (2021). Nombrar, definir y delimitar: Modesto Bargalló y la terminología química (1947-1973). Educación Química, 32(1), pp. 122-132. Disponible en acceso abierto en este enlace

Luis Moreno Martínez
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