Detalle de la cubierta de Faraday elaborada y diseñada por su fundador y editor: el profesor Modesto Bargalló.

En enero de 1928 nacía en Guadalajara una modesta publicación dirigida a tejer redes entre el profesorado de ciencias de primaria, secundaria y enseñanzas técnicas. Su nombre: Faraday, en honor al sabio inglés e icono de la ciencia decimonónica. Su fundador, uno de los máximos exponentes de la renovación pedagógica de la enseñanza de las ciencias en la España del primer tercio del siglo XX: el profesor Modesto Bargalló Ardévol (1894-1981). Sus páginas estaban destinadas a convertirse en espacios de intercambio y diálogo para compartir experiencias didácticas sobre enseñanza de la física y la química, además de revelarse como un altavoz de una comunidad académica entonces emergente a nivel internacional: la comunidad de historiadores de la ciencia. Precisamente, ha sido un trabajo de investigación en el ámbito de la historia de la ciencia el que ha recuperado esta publicación que durante algo más de nueve décadas cayó en el olvido, esperando a ser rescatada, estudiada y analizada.

 

 

Primer número de <em>Faraday</em>.

Un artículo publicado en el último número de Enseñanza de las Ciencias, una de las principales publicaciones en castellano en el ámbito de la didáctica de las ciencias experimentales, ha recuperado del olvido a Faraday. Como se aborda en el mismo, se trató de una publicación de periodicidad cuasimensual que se publicó entre enero de 1928 y mayo de 1929, con la excepción del periodo estival. Estructurada en cuatro partes diferencidas -Historia, Didáctica, Información, Profesorado- y dirigida a múltiples colectivos docentes (docentes de escuela primaria, profesores de institutos de segunda enseñanza, profesorado de enseñanzas técnicas o profesores de escuelas normales, entre otros), Faraday ilustra hoy de manera excepcional múltiples aspectos para pensar críticamente la educación científica y la historia de la disciplina que actualmente asume su estudio: la didáctica de las ciencias experimentales.

El primer tercio del siglo XX fue un periodo de efervescencia en el ámbito de la enseñanza de las ciencias. Diversos profesores de ciencias trataron de promover una enseñanza de las ciencias basada en el aprendizaje experimental y contextualizado de las disciplinas científicas escolares. Entre ellas se encontraban la física y la química que si bien presentaban una importante tradición en la enseñanza secundaria desde mediados del siglo XIX, no era el caso de las escuelas primarias, donde la enseñanza de las ciencias  contaba entonces con una presencia entre nula, puntual y anecdótica. Es por ello que el profesorado de ciencias de las escuelas normales, encargado de formar en ciencias a los futuros maestros y maestras de escuela primaria, tuvo un papel central. Precisamente a este colectivo pertenecía el fundador y editor de Faraday. Modesto Bargalló -profesor de Física, Química, Historia Natural y Agricultura en la Escuela Normal de Maestros de Guadalajara desde que obtuviese la plaza en 1915- emprendió la forja de un proyecto pedagógico basado en usar la historia de la ciencia y en promover la observación de la naturaleza y la construcción de aparatos de física y química para la experimentación en el aula. Gracias a Faraday, sus ideas y prácticas pedagógicas superaron las lindes de su aula en la escuela normal alcarreña. Al igual que otras publicaciones pedagógicas de la época, como Revista de Escuelas Normales (de la que Bargalló fue fundador y editor entre 1922 y 1928), en Faraday era frecuente encontrar descripciones de experiencias didácticas, reflexiones sobre cómo enseñar ciertos conceptos y leyes científicas, además de opiniones sobre cuestiones educativas de la época (como los exámenes de oposición) y otras informaciones de interés para los docentes.

Si bien el origen de la didáctica de las ciencias experimentales en España se suele situar en el último tercio del siglo XX, el examen de Faraday muestra cómo mucho antes de la conformación disciplinar de esta didáctica específica existieron interesantes debates, espacios de intercambio y búsquedas de consensos en los que participaron activamente profesores de diversos niveles educativos. Asimismo, uno de los rasgos pioneros y sobresalientes de Faraday es la abundante información sobre congresos, publicaciones e instituciones dedicadas a la historia de la ciencia a nivel internacional. Desde este boletín fueron muchas las ocasiones en las que se reivindicó una mayor presencia de la historia de la ciencia en el panorama intelecual de la época. Bargalló, a través de Faraday, ponía en aviso a la comunidad académica española sobre la construcción de la historia de la ciencia como disciplina académica que estaba teniendo lugar en otros países, mientras que en España todavía pasaba inadvertida. Desde Faraday se apostó por la historia de la ciencia como área de erudición, pero también como una valioso recurso didáctico para motivar al alumnado al humanizar las prácticas científicas (como muchas décadas después defenderán autores como Michael Matthews en la década de 1980 y 1990) o como una herramienta para seleccionar, secuenciar y aprender-enseñar ciencias (ideas que se asentarán en el marco de constructivismo pedagógico heredado por la didáctica de las ciencias experimentales en la actualidad).

En <em>Faraday</em> era frecuente encontrar traducciones de textos clásicos de la historia de la ciencia, como este fragmento de la <em>Óptica</em> (1704) de Newton.

Lejos de la búsqueda de fáciles coincidencias entre las páginas de Faraday y la actual didáctica de las ciencias, su examen constituye una oportunidad para reflexionar críticamente sobre la educación científica actual. Una educación científica que puede encontrar en los docentes del pasado y sus obras -como Bargalló y Faraday- un valioso acerbo de experiencias -satisfactorias o fallidas, pero igualmente ilustradoras- que pueden nutrir nuestra reflexión didáctica y acción docente como educadores en ciencias. La historia de la educación científica es, como la historia de Faraday, una historia de olvidos. Frente a las clásicas narrativas históricas sobre ciencia tradicionalmente centradas en la investigación y el laboratorio, en las últimas décadas se ha emprendido el rescate de la enseñanza y las aulas de ciencias como protagonistas fundamentales para comprender el devenir histórico de la ciencia. Se trata de un esfuerzo que permitirá recuperar otros proyectos como Faraday y cuya imbricación con la práctica docente y la investigación educativa actual se revela todavía pendiente. Sin duda, una deuda que los docentes de ciencias del presente tenemos con quienes nos precedieron y una valiosa oportunidad para que su obra no caiga en el olvido, sino que siga cumpliendo su función educadora muchas décadas después.

Luis Moreno Martínez
Luis Moreno Martínez

De joven quedó fascinado por el mundo de los átomos y las moléculas, lo que le llevó a licenciarse en Química en la Universidad Complutense de Madrid. Posteriormente, su interés por la docencia y el lado humano de la ciencia le llevó a doctorarse en Didáctica de las Ciencias en la Universidad Autónoma de Madrid y en Historia de la Ciencia en la Universitat de València.

Tras haber realizado su formación postdoctoral en el Departamento de Investigaciones Educativas del Cinvestav de Ciudad de México y haber ejercido la docencia en la Universitat de València, obtuvo plaza por oposición como profesor de Enseñanza Secundaria de la Comunidad de Madrid en la especialidad de Física y Química.

En conexión con su labor docente, cavila y escribe sobre ciencia y educación, lo que ha cristalizado en múltiples publicaciones académicas y conferencias en congresos y jornadas. Sus intereses académicos están especialmente centrados en el uso didáctico de la historia de la ciencia, el análisis de currículo y libros de texto de Física y Química de ESO y Bachillerato, el diseño de estrategias de enseñanza-aprendizaje de la física y la química y la historia de las ciencias fisicoquímicas y de la educación científica. Entusiasta del valor cultural de la ciencia, participa en diversas iniciativas de divulgación científica.

En la actualidad es Vicepresidente Segundo del Grupo Especializado de Didáctica e Historia de las Reales Sociedades Españolas de Física y Química y representante adjunto de España en la División de Educación Química de la European Chemical Society.

Comparte quehaceres, cavilaciones y letras en www.unprofedeciencias.es. Puedes consultar su producción académica en Dialnet o Google Scholar.

También puedes encontrarle en Twitter como @luteciodoazufre.

Sobre este blog

Esto no salía en mi libro de ciencias es un blog que pretende crear puntos de encuentro y diálogo entre la enseñanza de las ciencias, la divulgación científica y la investigación académica en didáctica e historia de las ciencias. Se pretende así explorar el lado educativo y social de la ciencia con tres objetivos fundamentales:

  1. Poner en valor el papel de las aulas como promotoras de la cultura científica ciudadana.
  2. Explorar las múltiples potencialidades de la historia de la ciencia para enseñar y divulgar ciencia.
  3. Visibilizar la labor del profesorado de ciencias de enseñanzas no universitarias como agentes traductores y productores de saberes entre la ciudadanía y la ciencia.
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