En el CCCB de Barcelona están realizando una exposición sobre transhumanismos muy interesante, +HUMANS, que recomiendo a quien quiera echar un vistazo a las claves de los debates en ciernes de los próximos siglos. Pero dejaré este tema para un futuro post. Sin embargo fue durante esta exposición que apareció un tema al que le he dedicado mucho tiempo a reflexionar: el deseo de no morir o, en su defecto, de hacerlo lo más tarde posible, pongamos el caso, 200 años. O nunca, como algunos creyentes en el poder de lo tecnológico aspiran a hacer. Puesto que todos pensamos que somos imprescindibles y que el mundo no tiene sentido sin nosotros, nos parece razonable pensar que todos saldríamos ganando con este cambio. Pero... ¿sería realmente de este modo? ...y en lo que atañe al conocimiento científico ¿tendría alguna implicación epistemológica? Sí, por un motivo especial: la gente debe morir para permitir el cambio y la renovación de ideas, métodos, escuelas, organizaciones, ideales, temas de estudio... Ya de pasada, estamos en noviembre, y lo mortuorio me parece apropiado para aplicarlo a nuestros intereses científicos.

Tras muchos años de pensar sobre la ciencia y el conocimiento, puedo constatar una cosa: la mayor parte de cambios en la historia del pensamiento vienen determinados por la muerte de sus defensores.

Danza de la muerte medieval

Figura 1. Danza macabra: la muerte llevándose a todos por igual

A veces en vida de los sabios fundadores de un pensamiento, pero seguro que tras su deceso, emergen escuelas interpretativas que insuflan nueva sangre en las venas del corpus teórico del fundador. Si el fundador estuviera siempre vivo, seguramente habría silenciado y controlado a sus discípulos, ninguneado a los disidentes, influido en cada nueva generación de jóvenes deseosos de aprender. Con tal de entender el cambio y progreso en la ciencia, Kuhn hablaba de paradigmas y anomalías, Popper de falsaciones y propensiones, pero ellos y todos los demás olvidaron tener en cuenta una variable determinante: el ciclo vital de los seres humanos, que concluye en la muerte. Las ideas fuertes de los autores sobreviven mientras los propios autores están vivos. A su muerte, quedarán en manos de una ristra de albaceas, seguidores o discípulos, quienes las usaran en su conveniencia. El éxito de las ideas, por lo tanto, depende de que éstas sean defendidas por alguien. Estando almacenadas, sea cual fuere el formato, las ideas no perviven. Por ahora no hay algoritmos computacionales que se auto-repliquen y difundan autónomamente en los entornos informáticos. En nuestros entornos académicos competitivos, los viejos no quieren las ideas de los jóvenes, los jóvenes necesitan los puestos de trabajo de los viejos. ¿Quién dejaría, si pudiera no hacerlo, sus puestos de investigación? Sucesivamente, las generaciones ocupan cargos en universidades, institutos de investigación, consejos de redacción de revista, cargos editoriales, puestos en comisiones de evaluación de proyectos, en tribunales de nuevas plazas, en comisiones de contenidos curriculares.... Las personalidades fuertes, marcan tendencia. Es decir, dominan los diversos centros de control del conocimiento. No sólo delo que se hace, sino de lo que enseña o se podrá hacer en un futuro. Por lo tanto, no es raro que conozca investigadores que se alegren cuando descubren la esquela de un miembro de la comunidad académica: uno menos. Pero un espacio más para el cambio. Lloramos a nuestros antecesores, pero necesitamos los recursos con los que ellos se erigieron como referentes. El mundo es un espacio con recursos limitados.

Pero en cierto sentido, es lógico. Si los portadores de ciertos genes no murieran, estarían siempre lanzándolos de nuevo en la comunidad. Lo que permite la evolución es la nueva síntesis, que genera nuevas formas de actuar, de procesar la información. Los memes o ideas requieren del mismo saneamiento. Igualmente hay lugar para el recuerdo, la reinterpretación o incluso la nostalgia. No por morir sus creadores dejan de ser válidas las ideas. Pero intentad explicar ahora, a modo de ejercicio mental, a Ptolomeo, Confucio, Newton, Aristóteles, Hipócrates, Golgi, Leibniz o Al-Biruni que estaban equivocados en aspectos importantes o fundamentales de sus ideas. Que devinieron un lastre. Que es mejor avanzar conservando aquello que resiste a la crítica constante. Si no fuera porque murieron, y otros vinieron tras ellos, en Occidente todos seríamos Platónicos. O tal vez ni la propia filosofía podría haber aparecido. Ahora que celebramos el ingenio del grandísimo Einstein, pienso en sus reticencias infantiles a la presencia del azar en lo físico, creyendo imposible un universo sin un dios y sin un plan del mismo (que no sería en ningún caso un juego de dados). El motor del cambio es posible debido a que los generadores del cambio mueren y dejan espacio para nueva sangre, nuevas ideas, nuevas interpretaciones. Y de este modo el ciclo permite la innovación. Porque, a pesar de los intentos por mantener la sociedad estable, las lenguas evolucionan, los imperios emergen y se desvanecen, los dioses se adoran y luego olvidan, las ideas cambian.

QED. Muerto el perro, muerta la rabia. Larga vida al (nuevo) emperador, o todavía mejor, al consejo republicano.

Jordi Vallverdú
Jordi Vallverdú

Profesor del Departamento de Filosofía de la Universitat Autònoma de Barcelona.

Especialista en Filosofía de la Ciencia y de la Computación, Sistemas cognitivos y Emociones.

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Sobre este blog

La ciencia no tiene secretos, somos nosotros los que no entendemos la realidad. Lo demás son confusiones interesadas o pocas ganas de saber. Este filósofo de la ciencia y la computación te llevará a lugares absurdos, fascinantes, hilarantes y tal vez descorazonadores de nuestro mundo actual, salpicado de máquinas y números. No apto para personas demasiado seguras de sí mismas o apegadas a algun "-ismo" mágico.

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