Cuando oímos la palabra 'genoma' –y más si se asocia a 'proyecto' y a 'humano'– inmediatamente pensamos en edificios acristalados que producen grandes volúmenes de información sobre la secuencia de unidades químicas que caracteriza nuestro material genético. Esta información sobre la secuencia de nuestro ADN - formada por 3000 millones de unidades químicas - se encuentra hoy disponible en enormes bases de datos. Sin embargo, un vistazo a la historia demuestra que no hubo uno, sino varios proyectos genoma humano, y muchos de ellos en sus orígenes proponían un enfoque más modesto.

Mi primer encuentro con los proyectos genoma humano se produjo cuando intentaba investigar el Proyecto Genoma Humano. Como todo historiador, acudí a los archivos, en este caso los Archivos Nacionales del Reino Unido. Al introducir los términos de búsqueda, encontré varios materiales organizados en carpetas con el título "Human Genome Mapping Project". Al principio pensé que se trataba de una errata, pero pronto me di cuenta de que el Reino Unido, como muchos países europeos y Estados Unidos, tuvo un proyecto genoma humano nacional que antecedió a lo que hoy consideramos el Proyecto Genoma Humano. Y lo que hoy consideramos el Proyecto Genoma Humano no es más que la confluencia de algunas de estas iniciativas nacionales; dicho en otras palabras, el Proyecto Genoma Humano nunca existió como única entidad administrativa.

El proyecto genoma humano británico o Human Genome Mapping Project proponía crear un laboratorio de referencia que ayudase a grupos de investigación trabajando en genes humanos y, a la vez, acumulase sus resultados en un repositorio común. No proponía caracterizar el genoma humano completo, simplemente crear un recurso en el que laboratorios trabajando en un determinado gen –una determinada región del genoma– pudiesen añadir sus resultados y, a la vez, acceder a datos generados por otros centros. De esta manera se iría generando un mapa que abarcaría aquellas áreas del genoma sobre las que existía interés investigador.

Este proyecto fue propuesto por los genetistas Sydney Brenner y Walter Bodmer en 1986, y aprobado en 1989 por el Medical Research Council, el departamento del Gobierno británico encargado de financiar la investigación biomédica. Dado que la mayor parte de los grupos a los que servía el laboratorio de referencia trabajaban en genes asociados a enfermedades hereditarias, se esperaba que los datos recopilados se pudiesen aplicar fácilmente a problemas médicos. El presupuesto inicial del Human Genome Mapping Project fue de 11 millones de libras, una cifra destacada en la época del thatcherismo, pero que suena a calderilla comparado con los más de 3000 millones de dólares que posteriormente se dedicaron a secuenciar todo el genoma humano.

 

 S. Brenner (arriba izquierda), Walter Bodmer (abajo) y el boletín del Human Genome Mapping Project, que se titulaba jocosamente 'el tanga'. Fuentes: www.nature.com, Bodleian Library y National Archives UK


¿Horizontal o vertical?

La filosofía del Human Genome Mapping Project, basada en coordinar grupos de investigación y compartir sus resultados con el fin de facilitar el acceso y acelerar la aplicación de datos experimentales, se extendió a otros proyectos nacionales y a los incipientes esfuerzos de internacionalización. La Human Genome Organization, fundada por Bodmer en 1988, pretendía crear una confederación de investigadores y laboratorios que trabajasen de forma horizontal. Más tarde, el Human Genome Analysis Programme de la Comisión Europea impulsó la formación de consorcios centrados en el análisis de un determinado gen, cromosoma o especie. Fruto de ello, un grupo de 35 laboratorios determinó la secuencia completa del cromosoma 3 de la levadura y otro comenzó a caracterizar el genoma del cerdo, de cara a buscar aplicaciones agrícolas y de salud animal.

Sin embargo, a medida que la década de los 90 avanzaba las cosas comenzaron a cambiar. Por una parte, Craig Venter y otras empresas biotecnológicas lanzaron proyectos genoma humano en los que la información no sería compartida, sino patentada. Por otra, la Human Genome Initiative o proyecto genoma humano estadounidense arrancó en 1990 con un presupuesto y volumen que amenazaban con eclipsar los otros. Esto llevó a muchos científicos y gobiernos a plantearse que un esfuerzo sistemático, dirigido a caracterizar el genoma completo, podría resultar más rápido y eficiente. La secuencia de ADN, una vez en el dominio público, no podría patentarse y la colaboración internacional evitaría una excesiva dependencia de Estados Unidos.

A principios de los 90, el Medical Research Council decidió replantear su estrategia y encontró un aliado en la fundación Wellcome Trust. Esta fundación gestionaba el gigante farmacéutico Wellcome Foundation y, desde la década anterior, había decidido vender progresivamente sus acciones y reinvertir el dinero, utilizando los beneficios de estas reinversiones para financiar la investigación biomédica. Por ello se había convertido en una de las agencias de financiación más poderosas y el genoma humano representaba una oportunidad para demostrar su influencia. En 1993, la Wellcome Trust y el Medical Research Council crearon el Sanger Institute, nombrado en honor del inventor de las técnicas de secuenciación de ADN, Frederick Sanger. Este centro se encargaría de secuenciar el genoma humano completo en colaboración con otros laboratorios internacionales. 

Arriba, exterior del Sanger Institute, situado cerca de Cambridge. Abajo, técnicos biomédicos e informáticos manejan los secuenciadores automáticos, que producen grandes cantidades de información sobre el ADN. Fuente: www.sanger.ac.uk (Wellcome Images)  

De los proyectos a 'el Proyecto'

Lo que hoy conocemos como el Proyecto Genoma Humano es el resultado de este esfuerzo colaborativo. El Sanger Institute fue un actor fundamental junto con otros cuatro laboratorios estadounidenses - Withehead Institute en Massachusetts, Baylor College en Houston, Washington University en St Louis y Joint Genome Institute en Walnut Creek - a los que se denominó el G5 genómico. Este grupo se diferenciaba de las anteriores confederaciones de laboratorios en que los resultados, lejos de ser el producto de muchas pequeñas aportaciones, representaban la división del genoma entre un club poderoso de actores. En 1996, en la famosa Cumbre de Bermuda, se decidió que los resultados circularían de forma libre mediante una base de datos de acceso abierto.

Fruto de este esfuerzo, el genoma humano se completó entre 2001 y 2003, y se presentó en una ceremonia en el año 2000 presidida por el entonces jefe de gobierno estadounidense, Bill Clinton. Se esperaba que el libre acceso a la información por científicos,médicos y empresas farmacéuticas generaría un fuerte impacto en la investigación de enfermedades genéticas. Sin embargo, más de una década después, el tránsito entre información genómica y práctica médica ha resultado más difícil de lo esperado, y aún se escuchan voces críticas frente a la decisión de secuenciar todo el genoma.

Estas mismas críticas ya se escuchaban a finales de los 80, cuando los distintos proyectos nacionales discutían la mejor estrategia para acometer el genoma humano. De hecho, algunos investigadores que coordinaban las primeras iniciativas abandonaron el barco ante el dominio del G5 y fundaron plataformas en las que intentaban optimizar el uso de la información genómica existente antes de acumular datos masivos sobre nuestro ADN. Fruto de ello se creo el Institute of Translational Medicine, que aún proporciona al Royal Liverpool University Hospital secuencias especializadas para el tratamiento del cáncer y otras enfermedades hereditarias.

La ventaja de este tipo de servicios es que se adaptan a las necesidades específicas de los usuarios, que normalmente sólo necesitan una fracción de la información disponible en el genoma humano. La decisión de secuenciar el genoma completo y poner los resultados a disposición del público presuponía que toda la información resultaría útil para la práctica médica y científica. Sin embargo, los usuarios encuentran dificultades para extraer los datos que necesitan de entre los 3000 millones de unidades químicas almacenadas en los repositorios genómicos. La capacidad de operar estas bases de datos depende de los medios de los que disponga el buscador, lo que favorece indirectamente a las grandes empresas.

¿Habría favorecido un proyecto genoma humano más a la carta las necesidades de investigadores, hospitales y pequeños negocios? Nunca lo sabremos, pero la historia nos enseña que la dependencia de los grandes Gs, tanto en la ciencia como en la política, no siempre favorece las necesidades de los ciudadanos. En ocasiones, estos ciudadanos a los que los Gs dicen representar se benefician más de iniciativas horizontales, en las que deciden lo que quieren más que tener que lidiar con un producto que otros diseñaron en su nombre.

Miguel García-Sancho
Miguel García-Sancho

Investigador del Departamento de Estudios de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad de Edimburgo.

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