Desde luego, si hay algún tema en nuestro tiempo cuya importancia sea difícil de exagerar, ese tema es el riesgo, y particularmente el riesgo tecnológico. Como decía el filósofo español José Ortega y Gasset en su Meditación de la técnica (1939), el hombre actual no vive con la técnica vive en la técnica, y esa técnica es fruto del conocimiento científico y base de los riesgos industriales.

Hay una curiosa historia, trágica y romántica, que ilustra este punto de vista a modo de parábola. Es la historia de Gene Rosellini, un brillante universitario norteamericano, que los años 70 estudió antropología y filosofía en la Universidad de Seattle, y era sobrino del gobernador del estado de Washington, Albert Rosellini. Un buen día, Gene, un hombretón de dos metros, decidió dejar la universidad. Había acumulado centenares de créditos que ni se molestó en convalidar para obtener un título. Simplemente no veía razón alguna para hacerlo: para él la búsqueda de conocimiento debía ser un fin en sí mismo. En lugar de graduarse, emprendió viaje hacia el norte, cual hippie desaliñado en busca de la naturaleza.

Gene Rosellini 

En 1977 alcanzó los bosques de Cordova, en el estado de Alaska, junto a la bahía del Príncipe Guillermo. Allí decidió emprender un experimento antropológico muy ambicioso: prescindir de la moderna tecnología y regresar al estado natural. En su vuelta a los orígenes, fue suprimiendo paulatinamente todas las comodidades de la vida moderna, y transitando marcha atrás por las distintas épocas de la humanidad: la Roma antigua, la Edad de Hierro, la Edad del Bronce y finalmente la Edad de Piedra. Se alimentaba con lo que encontraba en la naturaleza: raíces, bayas o algas marinas, y cazaba y pescaba con rudimentarios útiles de madera o piedra. Sobrevivía a los crudos inviernos subárticos vestido con puros harapos. Hacía ejercicio físico de un modo compulsivo y parecía disfrutar de las privaciones.

Es un experimento que duró algo más de diez años. Un buen día se lo replanteó todo y consideró que la pregunta que había inspirado su experimento ya había sido respondida. Escribió en una carta a un amigo: "Empecé mi vida de adulto con la hipótesis de que sería posible adoptar las costumbres del hombre de la Edad de Piedra. Durante más de 30 años, me instruí y entrené a mí mismo para alcanzar esta meta. En los últimos diez años, puedo decir que he experimentado con verismo la realidad física, mental y emocional de la Edad de Piedra. Para tomar prestada una expresión budista, al final tuve que enfrentarme cara a cara con la pura realidad. He aprendido que es imposible que los seres humanos tal como los conocemos en la actualidad sean capaces de vivir como recolectores y cazadores". Parecía por tanto aceptar con serenidad el fracaso de su hipótesis.

Entonces, a los 49 años, anunció despreocupadamente que había redefinido sus metas y se iba a dedicar a dar la vuelta al mundo sobreviviendo con lo que llevara en la mochila. El viaje no llegó a comenzar. En 1991 fue descubierto boca abajo en el suelo de una choza con un cuchillo clavado en el corazón. Aunque no había ninguna nota de suicidio, el forense determinó que él mismo se había asestado la puñalada. Gene Rosellini no dejó ninguna pista acerca de por qué se había quitado la vida y probablemente nunca lo sabremos. La historia la cuenta Jon Krakauer en Hacia rutas salvajes (1996 – Ediciones B, 2007).

El ser humano actual no vive con la técnica, ni siquiera solo gracias a la técnica, vive en la técnica. Y eso implica vivir en una sociedad del riesgo. Para Rosellini, la técnica empobrecía al ser humano. Quizá pensaba en esa sociedad que debe hacer frente a riesgos como la energía nuclear, el amianto, los automóviles, la contaminación, las enfermedades infecciosas, o los innumerables productos químicos que pueblan nuestras vidas.

Es otra forma de mirar al mundo actual profundamente transformado por el conocimiento científico y la innovación tecnológica: es la mirada a las amenazas generadas por esa transformación y puestas de manifiesto por ese conocimiento. Es el reverso de la sociedad del conocimiento, como el dios Jano de la domus romana: una cara para recibirnos y otra para despedirnos. La sociedad del riesgo no es otra sociedad; es la misma sociedad, pero mirada desde el lado de las sombras y las amenazas.

 

La sociedad del riesgo

Como es conocido, la frase "sociedad del riesgo" fue introducida en 1986 por el sociólogo alemán, Ulrick Beck, en un libro del mismo título que ha sido traducido al castellano en Paidós.

Con esa frase, Beck hacía referencia a lo que entiende como nueva condición definitoria de la modernidad: la presencia constante de amenazas para la salud y la naturaleza. Para este autor, si la distribución de la riqueza, la distribución de bienes, era el eje de estructuración social en el pasado, hoy ese eje tiende a ser la distribución de riesgos, la distribución de males.

Sin embargo, no se trata solo de que hoy tengamos de vivir con más o mayores peligros que en el pasado. La peligrosidad actual es de un carácter muy distinto. Suelen indicarse tres notas definitorias.

En primer lugar, hoy tenemos que hacer frente a amenazas de naturaleza catastrófica, que pueden afectar a buena parte de la humanidad. Son amenazas que, a diferencia de los males de pasado, ya no respetan las fronteras entre clases sociales, entre países o incluso entre generaciones. Algunos ejemplos son las catástrofes nucleares, el deterioro de la capa de ozono, los derramamientos de petróleo o los priones del mal de las vacas locas.

En segundo lugar, el riesgo hoy se encuentra en el centro de la vida cotidiana, a nivel individual. Ante la amplia diversidad de cursos de acción que abre el actual desarrollo científico-tecnológico, las tradiciones vinculantes del pasado han perdido hoy su fuerza para regular la conducta individual, y tenemos que hacer frente constantemente a decisiones arriesgadas en nuestras vidas. Por ejemplo al decidirnos en el supermercado por un cierto tipo de refresco, exponernos a una técnica médica o consumir un edulcorante artificial. Antes teníamos mirindas (el refresco tradicional), si es que podíamos permitírnoslas, ahora tenemos fanta, coca-cola, kas, trinaranjus, y muchas más, en versiones azucarada, light, cero, sin cafeína, etc.

Y, en tercer lugar, las amenazas actuales ya no se conceptualizan como peligros, es decir, como daños inevitables. Prácticamente todos los males que hoy nos amenazan son entendidos como riesgos, es decir, como daños que resultan de la acción o de la omisión de la acción de algún ser humano. En el pasado, y quizá todavía en algunas culturas fuertemente ancladas en la tradición o en los márgenes remotos del globo, los males se atribuían al destino, a la naturaleza o a alguna voluntad sobrenatural. Hoy son motivo habitual de atribución de responsabilidad a algún agente social.

Estos tres rasgos hacen de nuestra sociedad una sociedad del riesgo. El papel de la ciencia y la tecnología en este escenario es central, pues la mayoría de los riesgos que hoy nos asolan son de origen tecnológico. Irónicamente es la ciencia la que pone normalmente al descubierto estos mismos riesgos. Este es el juego, y ese es el tablero de juego, más allá de utopías irrealizables como la de Gene Rosellini.

Sobre esta base, quiero ahora formular varias preguntas que plantean lo que entiendo como claves centrales para entender la actual sociedad del riesgo. La primera es si el riesgo es acaso el precio del progreso.

¿Es el riesgo el precio del progreso?

Tal como señalaba antes, comprender el riesgo como una personalización del peligro permite entender que los males actuales sean objeto frecuente de atribución de responsabilidad. Esto ha hecho del riesgo un banderín de enganche para la movilización social en el mundo contemporáneo. Pensemos, por ejemplo, en el movimiento antinuclear, como caso destacado.

Frente a esto, un discurso habitual para hacer frente a esa atribución de responsabilidad es el que presenta el riesgo como el precio de la modernidad, como el tributo inevitable a pagar por el progreso. Ya no se habla de la naturaleza, del destino o de los dioses como origen de las amenazas. Pero se intenta eludir la responsabilidad política o legal atribuyendo los riesgos a una nueva entidad metafísica: la inevitable modernización, el irrenunciable progreso.

En mi opinión se trata de un argumento falaz, y lo que está detrás de esa falacia es el viejo mito de la máquina, en expresión de Lewis Mumford, es decir, la creencia de que la tecnología (que de hecho tenemos) es tanto inevitable como benefactora en última instancia.

Por contra, aunque es verdad que hoy no podemos prescindir en general de la tecnología en un mundo exhausto y superpoblado, sí tenemos la opción de elegir entre diversas tecnologías para la satisfacción de las necesidades humanas, teniendo en cuenta que cada opción tecnológica presenta distintos tipos de impacto y diferentes posibilidades de intervención correctiva por parte de los agentes sociales.

Es por tanto erróneo y peligroso decir que el riesgo es el precio a pagar por el progreso. Como media verdad, es la peor mentira. Pues, si bien el riesgo es hoy en gran medida inevitable, dado que intentar eliminar riesgos en una parte del sistema habitualmente genera o aumenta otros riesgos en otra parte del sistema (del mismo tipo o no, para la misma población o no), lo que realmente está en cuestión es el tipo de riesgos generados (voluntarios o no, catastróficos o no, compensables o no, ...) sobre la base de la opción tecnológica elegida, y los grupos que se benefician o resultan afectados por esos riesgos, es decir, lo que está en cuestión es el carácter y la distribución del riesgo.

Presentar el riesgo como el precio del progreso es ocultar esta importantísima dimensión del riesgo en el mundo actual, e intentar eludir el conflicto social y la imputación de responsabilidad.


Continuaremos planteando claves y preguntas abiertas en próximas contribuciones.

 

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José Antonio López Cerezo
José Antonio López Cerezo

Catedrático de lógica y filosofía de la ciencia en la Universidad de Oviedo. Unidad de Investigación en Cultura Científica de CIEMAT. Red temática CTS de la Organización de Estados Iberoamericanos. Autor de Ciencia y política del riesgo (Alianza Editorial, 2000), Políticas del bosque (Cambridge University Press, 2002), El triunfo de la antisepsia (Fondo de Cultura Económica, 2008), El canal de Panamá (Libros de la Catarata, 2014).

Sobre este blog

El foro pretende ofrecer un espacio de reflexión crítica e intercambio de ideas, un espacio no para la certidumbre sino para la duda y la pregunta inteligente sobre cómo poner las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad al servicio del progreso social.

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