Quiero en esta ocasión compartir un texto inédito de Emilio Muñoz. Además de amigo y colega, Emilio es doctor en Farmacia de formación y tiene una larga y brillante carrera profesional en bioquímica y biología molecular. Actualmente es profesor de investigación ad honorem del CSIC, del que ha sido presidente, y director de la Unidad de Investigación en Cultura Científica de CIEMAT, así como de la Unidad de Emprendimiento Social, Ética y Valores en Ingeniería, de la ETS de Ingenieros de Minas y Energía de la Universidad Politécnica de Madrid.

El texto da continuidad a sus intereses académicos más recientes, centrados en las interacciones entre ciencia, tecnología y sociedad. En particular, defiende la idea de que la economía no es una ciencia exacta sino una ciencia social modesta y por eso las políticas basadas en la idea de que somos animales economicus no solo incurren en un grave error científico sino también infringen una agresión moral a la ciudadanía.

Emilio Muñoz en su despacho de CIEMAT

Abandono de momento mis reflexiones críticas sobre la economía y sus prácticas políticas que hace algún tiempo vengo ejerciendo desde la plataforma científica de la ”nueva biología” y su proyección sobre la evolución como marco referencial. Pero no dejo de lado, como el subtítulo proclama, mis reclamaciones acerca de que las aproximaciones a los análisis y prácticas de las estrategias socio-políticas de base económica se afronten bajo las visiones interdisciplinares que faciliten su comprensión y su eventual desarrollo.

Acudo ahora al campo de las ciencias de la naturaleza. Esta idea no es ni mucho menos original, sino que está en los orígenes de la importante corriente de la economía ecológica, también conocida como economía verde, eco-economía o bio-economía, en la que figuran muy significados cultivadores preocupados esencialmente por el tema de la sustentabilidad del planeta, o en sentido contrario, como se  apunta en Wikipedia, de la (in)sostenibilidad de una economía esencialmente explotadora de los recursos naturales.

Entro en el terreno de la ecología por el campo de las ciencias de la tierra, aunque tal incursión tampoco es original ni innovadora. Basta señalar que uno de los economistas de referencia mundial (así lo considero desde que empecé mis excursiones por la economía crítica), Jeffrey Sachs, ostenta la dirección de un Instituto de la Tierra (Earth Institute) en la prestigiosa Universidad de Columbia, Nueva York. Al respecto, vuelvo a recomendar una vez más la lectura de su libro El precio de la civilización, publicado en castellano por Galaxia Gutenberg, 2012 (véase a este respecto mi reseña en http://www.asebio.com/es/ojo_critico.cfm.)

Para este trayecto me he apoyado en los postulados de Paul Krugman, otro reputado economista, profesor de Economía en Princeton, activo divulgador y Premio Nobel en 2008. En uno de sus últimos artículos semanales en el suplemento Negocios de El País (número de 17 de agosto de 2014, pág. 19), Krugman nos ilustra sobre la problemática generada por la contaminación del agua en la ciudad de Toledo, Ohio (EE.UU.), a causa de la proliferación de algas en el lago Eire de aquella zona que es “debida en gran parte a los residuos de fósforo procedentes de las granjas”.

Bajo el título “Fósforo y libertad” carga una vez más contra los “peces gordos del Partido Republicano que constantemente arremeten contra las normas gubernamentales opresivas” y que en el caso que nos ocupa protestaban “porque se habían prohibido los fosfatos en los detergentes”. Aprovecha su artículo para criticar al creciente liberalismo social que impregna algo a lo que Krugman se refiere como “verdadero poder de la derecha (que) sigue residiendo en la tradicional alianza entre los plutócratas y los predicadores”.

Para profundizar sobre estas ideas y en relación con la interdisciplinariedad que reclamo, recurro una vez más a la alta divulgación. En el número de junio de 2014 de la revista Investigación y Ciencia hay, bajo la rúbrica “Ecología”, un artículo que se titula “Las zonas áridas cada vez menos fértiles” (págs. 13-14) que fue publicado originalmente en Nature nº 502, págs. 628-629, 2013, y traducido con el correspondiente permiso editorial. El autor, David A. Wardle, del Departamento de ecología y gestión forestal de la Universidad Sueca de Ciencias Agrícolas en Umea, nos ilustra sobre la complejidad interactiva de los ciclos de los elementos químicos ya que están, como señala Wardle, “accionados por procesos tanto biológicos como abióticos”.

De tal diversidad se puede colegir el sentido del sustantivo “complejidad” y del adjetivo “interactiva” que acabo de utilizar. Dos de los elementos, carbono y nitrógeno, entran en los ecosistemas por la vía de procesos biológicos como la fotosíntesis y la fijación de nitrógeno. Son por cierto dos de los procesos biológicos más complejos que se dan en el reino vegetal y que a partir de los muchos avances en la biología moderna se han desentrañado, pero aun con ello no han podido ser abordados a nivel de laboratorio en su conjunto, ni tratados ingenierilmente por ingeniería genética o por la revolucionaria biología sintética.

En este aparte y aporte personal, debo expresar críticas también a la arrogancia (“hubris”) de los “biólogos-empresario-reduccionistas” que están emergiendo desde hace ya una década y alcanzando notable repercusión mediática, de entre los que quizá Craig Venter es el paradigma.

Volviendo a los ciclos de los elementos químicos, las entradas del fósforo en los ecosistemas, dependen de la meteorización de las rocas. El hecho importante y que se pone de manifiesto en el texto de Wardle es que los cambios ambientales influyen en estos mecanismos biológicos, como por otra parte es lógico, y puede “provocarse desacoplamiento en los ciclos”. El autor de la universidad sueca revela que los estudios de cronosecuencias (gradientes de suelos con diferentes edades) han mostrado que la disponibilidad de fósforo respecto al nitrógeno se reduce por la edad, mientras que, por otro lado, los trabajos del equipo de un español, Delgado–Baquerizo, entonces en la Universidad Pablo de Olavide en Sevilla, permitieron detectar que al aumentar la aridez de los suelos (pertenecientes a todos los continentes con la excepción de la Antártida) disminuían la cantidad total y las formas asimilables de carbono y nitrógeno, mientras que el fósforo disponible aumentaba. Para alguien que conozca la biología en sus niveles de organización (sistema, organismo, célula y molécula) no es un hecho sorprendente. El agua es esencial para la vida en todos los niveles y por ello la aridez debe afectar la eficiencia y la eficacia de los complejos procesos biológicos que mueven las entradas y regulan los flujos de carbono y nitrógeno. La meteorización de las rocas no tiene por qué ser afectada negativamente por la aridez, incluso podría ser favorecida, lo que aumentaría el fósforo disponible, que, a su vez, será probablemente menos absorbido por las plantas.

A mayor abundamiento, las aproximaciones realizadas por medio de ecuaciones estructurales (que permiten estimar mecanismos causales) indican que la aridez influye negativamente sobre el contenido de la materia orgánica del suelo y sobre la actividad del enzima fosfatasa (un indicador de la demanda biológica del fósforo).

En el trabajo de Wardle se muestra que la aridez creciente opera en dirección opuesta a lo que se conoce respecto a la sucesión biológica y se observa que la biodisponibilidad de fósforo es un proceso complejo con interacciones entre factores como el tiempo y la aridez que son contrapuestas.

Pero el autor además evoca que las consecuencias del cambio climático pueden ser notables a medida que los ecosistemas se tornen más secos con repercusiones calamitosas para quienes viven en regiones áridas o para quienes viven en regiones que pueden aumentar su aridez. Todo ello, naturalemente, afecta profundamente al bienestar humano.

En este punto quiero recurrir al ejercicio de las metáforas. Considero el peligro que entraña el (mal) uso de las metáforas. Precisamente la revista de referencia a la que estamos glosando, Investigación y Ciencia, en su número de abril de 2014 (págs. 8-9) bajo la rúbrica “Ciencia y Sociedad “, editaba en  castellano un  artículo con el título  “¡Cuidado con las metáforas!”, originalmente publicado en Nature nº 500, págs 523-524, 2013, en el que se advertía de los riesgos de tal uso, y lo hacía en el sentido de utilizar metáforas biológicas para procesos ingenieriles o viceversa, citando específicamente a los biólogos sintéticos a los que he hecho referencia.

La advertencia no me disuade sino que más bien me anima a seguir explorando la relación entre  la economía y sus políticas públicas con procesos que tienen que ver con la naturaleza y sus habitantes, y que en el caso que estamos tratando están asociados a la ecología. Asumo en este ejercicio que la salud y la educación son bienes públicos que favorecen el bienestar del sistema social a través de la promoción de la igualdad, mientras que los recortes, la búsqueda del control del déficit como único objetivo de la austeridad inducida, impuesta; es decir, la aridez social conduce a la desigualdad, y por lo tanto afecta al bienestar social.

Asi pues, parafraseando al expresidente norteameracano Bill Clinton (conviene recordar aquella frase dirigida a sus adversarios electorales: “es la economía, estúpidos”) me gustaría invitar a la reflexión a todos aquellos que proponen políticas económicas que no solo no contribuyen a resolver la crisis en el ámbito europeo, sino que de hecho complican la situación, y decirles: “es la naturaleza, estúpidos”

A continuación, un par de enlaces que amplían esta información y otro enlace a un artículo reciente del Premio Nobel Joseph Stiglitz, en la misma sintonía crítica de Emilio.

  • http://www.institutoroche.es/editorial/77/
  • http://www.sebbm.com/revista/articulo.asp?id=10763&catgrupo=27&tipocom=28
  • http://economia.elpais.com/economia/2014/10/03/actualidad/1412348206_239041.html

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José Antonio López Cerezo
José Antonio López Cerezo

Catedrático de lógica y filosofía de la ciencia en la Universidad de Oviedo. Unidad de Investigación en Cultura Científica de CIEMAT. Red temática CTS de la Organización de Estados Iberoamericanos. Autor de Ciencia y política del riesgo (Alianza Editorial, 2000), Políticas del bosque (Cambridge University Press, 2002), El triunfo de la antisepsia (Fondo de Cultura Económica, 2008), El canal de Panamá (Libros de la Catarata, 2014).

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