¿Por qué el riesgo está más presente en las sociedades más desarrolladas?

En la contribución anterior, planteábamos la cuestión de si el riesgo es el precio del progreso. Veíamos que sí, en un sentido trivial, y que también no en un sentido más relevante para la vida social y la acción política.

Una segunda pregunta en torno al riesgo plantea una aparente paradoja: cuanto mejor vivimos más nos quejamos. ¿Cómo es posible que el riesgo se intensifique con el desarrollo de una sociedad? Y todo parece indicar que así es.

Como veíamos, hablar hoy de riesgos no solo es hablar de daños potenciales para la salud sino también imputar responsabilidad a algún agente social por acción o por omisión de la acción. Además, juzgar que un riesgo es inaceptable no es simplemente estimar que su ocurrencia es demasiado probable (la dimensión principal del llamado "riesgo objetivo"), aunque esto sea tenido en cuenta, sino sobre todo considerar que la exposición es involuntaria, que sus potenciales consecuencias son inasumibles, que está injustamente distribuido, que no es adecuadamente compensado, etc.

En este sentido, dentro de la aproximación psicológica en el estudio académico del riesgo, y frente al reduccionismo técnico que lo equipara a probabilidad de fatalidad, debemos reconocer el carácter multidimensional del riesgo cuando tenemos en cuenta la cuestión de su aceptabilidad. Un autor de referencia como Paul Slovic habla incluso de "la personalidad del peligro": una cualidad subjetiva que está a la base del juicio popular sobre daños potenciales y depende de variables como el potencial catastrófico, la familiaridad, la capacidad de control, la equidad, la confianza en los gestores de la fuente del riesgo, la amenaza a generaciones futuras o la voluntariedad de la exposición.

Esta es la razón que explica la aparente paradoja de que a mayor nivel de vida, mayor atención sanitaria y mayor longevidad en una sociedad, un mayor número de riesgos alcanzan visibilidad pública y causan alarma entre la población. La cuestión clave es que cuanto mayor es el conocimiento y los medios técnicos disponibles, tantos más daños potenciales son identificados como riesgos y más graves son las atribuciones de responsabilidad por acción o por inacción.

Por ello, hablar de alarmismos y psicosis injustificadas —una frecuente reacción institucional desde las primeras protestas públicas contra la energía nuclear— es cometer el error de asimilar los riesgos a peligros inevitables. Es como confundir la escasez con la desnutrición. La escasez, al igual que el riesgo, es un concepto comparativo que requiere una definición contextual: depende de la distancia y de la significación atribuida a esa distancia.

La omnipresencia del riesgo en sociedades democráticas afluentes, con un alto desarrollo científico-tecnológico y una creciente movilización ciudadana, es precisamente lo que cabe esperar de la personalización del peligro que supone el riesgo.

¿Por qué está también presente el riesgo en las sociedades menos desarrolladas?

Estamos sin embargo hablando del lado afortunado de la vida, de las sociedades altamente industrializadas o postindustriales que viven en entornos donde la tecnología moderna ha imprimido una huella profunda. ¿Qué ocurre en las sociedades menos desarrolladas? ¿También está en ellas presente el riesgo de un modo análogo?

Primero una precisión: el riesgo tiene una fuerte dependencia contextual. El riesgo de los coches, los carros, en ciudad de México, además de los accidentes, es la tremenda contaminación que generan, es el riesgo de lo que llaman "contingencia ambiental". El riesgo específico para la salud de los carros de Medellín o Bogotá es que pueden explotar (o al menos no era infrecuente hasta hace poco tiempo); era el riesgo de los carros-bomba. Análogamente, el riesgo en España de una central nuclear es la amenaza de accidente o liberación ambiental de radiación; el riesgo en Cuba de la única "central nuclear" que poseen, la carcasa de hormigón de la central de Jaragua en la bahía de Cienfuegos, es que, como todo indica, no llegue a terminarse jamás y tengan que seguir con cortes de electricidad.Día de muertos

La conocida feminista y crítica social Hilary Rose decía del enfoque de Beck que quizás es apropiado para una sociedad afluente como la alemana, pero que no encaja bien en las sociedades necesitadas que cubren la mayor parte del planeta.

¿Es el riesgo un fenómeno específico del primer mundo; una preocupación fuera de lugar para los países en desarrollo? Creo que la respuesta es no.

En primer lugar el riesgo hoy se concreta con frecuencia en amenazas catastróficas que no se detienen ante fronteras nacionales o clases sociales. La explosión de Chernóbil afectó a la pobre población ucraniana y de las cercanas repúblicas bálticas en los años 80, pero también a los acomodados finlandeses y suecos. Lo mismo sucede con el deterioro de la capa de ozono y tantas otras amenazas actuales: no respetan fronteras entre países, entre clases sociales o incluso entre generaciones.

Dispersión de la radiación tras el accidente de Chernóbil

Pero también ocurre que los riesgos no globales o transnacionales, como la destrucción de ecosistemas específicos o los perjuicios para la salud de ciertas poblaciones como los obreros por actividades industriales, son riesgos locales que resultan con frecuencia de una desigual distribución internacional y social de las fuentes del peligro. Los barrios marginales, con más paro y menos ingresos, son los que suelen dar mejor acogida a nuevas industrias contaminantes que no serían aceptadas en otros entornos menos necesitados. Los países más pobres son los que, por ejemplo, asumen con más facilidad la pérdida de su masa forestal autóctona y la repoblación con especies exóticas que producen un deterioro del entorno. Son los mismos países que después probablemente producirán la pasta de papel a través de la contaminante industria celulósica. Y finalmente, son otros países más ricos los que acogen a la limpia empresa manufacturera que produce el libro de calidad y a la sede de la editorial multinacional que lo distribuye. Como dice el refrán asturiano: En casa'l probe siempre ye de nueche (a perro flaco todo son pulgas, en español castizo).

El riesgo, en mi opinión, es un fenómeno global que no es independiente de la distribución de la riqueza y el poder, un fenómeno que reclama el análisis interdiscipllinar desde el mundo académico y especialmente una mirada crítica desde el lado menos afortunado de la brecha.

Son solo algunos de los muchos interrogantes y claves de análisis que plantea el riesgo en el mundo contemporáneo. Decía Ortega que la principal amenaza de la técnica moderna es el suicidio de la voluntad: la vida zombi en una sociedad consumista, podríamos aclarar nosotros. Quizá fue ese regreso a una vida vacía, empobrecida y desnaturalizada, lo que llevó a Gene Rosellini al suicidio físico (contribución anterior), del que decía Schopenhauer, quizás exageradamente, que es la más alta afirmación de la voluntad de una persona. El riesgo, como la tragedia romántica de Rosellini, es desde luego un tema complejo y estimulante. Tenemos no obstante la obligación de ser escépticos y reflexivos, sobre todo escépticos. Como decía a su vez Groucho Marx, no me atrevería a decir que no estoy en desacuerdo conmigo mismo.

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José Antonio López Cerezo
José Antonio López Cerezo

Catedrático de lógica y filosofía de la ciencia en la Universidad de Oviedo. Unidad de Investigación en Cultura Científica de CIEMAT. Red temática CTS de la Organización de Estados Iberoamericanos. Autor de Ciencia y política del riesgo (Alianza Editorial, 2000), Políticas del bosque (Cambridge University Press, 2002), El triunfo de la antisepsia (Fondo de Cultura Económica, 2008), El canal de Panamá (Libros de la Catarata, 2014).

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