La revista Investigación y Ciencia cumple 40 años. Es una de las pioneras de la divulgación científica en España. Y, sin embargo, la divulgación científica es una práctica muy antigua, tan antigua como la ciencia, porque no es posible ciencia sin comunicación y enseñanza. El libro de Agustí Nieto-Galan, Los públicos de la ciencia, recientemente traducido al inglés, hace un repaso por los últimos cuatrocientos años de estas prácticas de divulgación de la ciencia. Si fuera posible elegir un punto de partida para este recorrido, no sería una mala fecha la de 1632, cuando Galileo decidió publicar en italiano (y no en latín) su Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo Tolemaico e Copernicano. Utilizó una forma muy popular, el diálogo entre tres personajes, para tratar de discutir de forma comprensible las pruebas existentes acerca de los diferentes modelos cosmológicos de su época. Le costó un juicio por la Inquisición y, aunque no fue a la cárcel, sí tuvo que abjurar de sus ideas delante del tribunal. Unos 360 años (un número bastante astronómico) tardó la Iglesia católica en revisar esta decisión de la Inquisición. ¡Qué comienzos tan tempestuosos para la divulgación de la ciencia!

Dialogo di Galileo


Divulgar la ciencia puede convertirse ciertamente en una tarea arriesgada, sobre todo cuando se trata de saberes que incomodan al poder económico, político o religioso, tal y como ocurrió en el caso de Galileo. Así lo supo ver Bertold Brecht que transformó este episodio en una obra teatral en defensa del coraje de decir la verdad durante los años terribles del nazismo. Pero no siempre las relaciones entre la divulgación de la ciencia y el poder dominante han sido problemáticas. También se ha empleado la divulgación de la ciencia para la justificación del orden social, a través de ejemplos supuestamente tomados del orden natural. Las divisiones sociales o los roles de género han sido considerados como "inevitables", por estar basados aparentemente en leyes naturales. Los excesos del darwinismo social y de la eugenesia son los ejemplos más atroces en esta línea. La naturalización de prejuicios de género mediante la biología o la fisiología son más invisibles y, por ello, más difíciles de combatir cuando se revisten de supuesta ciencia.

Experimento con electricidad en un salón francés del siglo XVIIIFrente al conflicto con la religión que parece sugerir el caso Galileo, hay que recordar también muchos otros ejemplos en los que la divulgación de la ciencia se ha realizado con el fin de dar a conocer la creación divina. Así lo entendían muchos teólogos británicos de los siglos XVIII y XIX. En la actualidad, existe una gran diversidad de propósitos detrás de las diferentes actividades relacionadas con la divulgación de la ciencia. Hay también una gran variedad de tendencias, relatos, espacios y medios. En algunos casos, por ejemplo, en áreas como la industria química o la biotecnología, se considera que el principal objetivo de la divulgación debe ser disminuir el miedo a la ciencia, mostrar su utilidad práctica y fomentar la innovación para el desarrollo. Se trata así de minimizar la respuesta social (generalmente considerada irracional) contra temas controvertidos relacionados con la ciencia, la tecnología y la medicina. Por el contrario, otras actividades de divulgación pretenden crear una conciencia ciudadana suficientemente informada para decidir democráticamente en asuntos importantes relacionados con la ciencia. Tal y como señaló en abril de 2012, Máire Geoghegan-Quinn, comisaria europea para la investigación, la innovación y la ciencia, uno de los objetivos primordiales de la divulgación debe ser colocar a la ciudadanía en "una mejor situación para entender y participar en los debates en torno a las cuestiones científicas más importantes que afectan a la sociedad".

 

El Propagador de conocimientos útiles de José Luis Casaseca. Apareció en Madrid a principios de la década de 1830.Aunque existen muchos precedentes anteriores, la divulgación de la ciencia alcanzó su época dorada durante los siglos XVIII y XIX, cuando surgieron muchas prácticas de divulgación de la ciencia que han llegado hasta nuestros días: las publicaciones dirigidas a públicos amplios, el coleccionismo científico y los museos, las biografías científicas, las enciclopedias populares o las revistas de divulgación de la ciencia. Una de las más antiguas publicas en España fue el Propagador de los conocimientos útiles, que dirigió el químico José Luis Casaseca y Silván (1800-1869). Había nacido en Salamanca, pero su familia tuvo que exiliarse en París para evitar la represión de los años del gobierno de Fernando VII. En París, Casaseca asistió a los cursos de Jacques Thenard en el Collège de France. Se convirtió en su colaborador y pudo conocer así de primera mano tanto las novedades como los métodos de enseñanza de la química de su época. Cuando retornó a España, pudo desarrollar una labor docente y divulgadora importante, aunque siempre limitada por las condiciones que encontró en su país. Emigró a Cuba y, a su retorno, se instaló en Barcelona, donde vivió los últimos años de su vida entre miserias y frustraciones. En una de sus últimas cartas afirmaba:

"¡Qué desgracia ser hombre científico y haber nacido español!"

Primer número del Scientific American, agosto de 1845

En otros países como Francia, Alemania y, más adelante, Estados Unidos, se crearon mejores condiciones para el desarrollo de la ciencia. Fue en Estados Unidos donde comenzó una de las revistas de divulgación más antiguas que ha sobrevivido hasta la actualidad: Scientific American. Comenzó a publicarse más de una década después de la obra de Casaseca, pero al contrario de lo que sucedió con aquella, Scientific American ha continuado muy activa hasta la actualidad, como muestra su versión en castellano: Investigación y Ciencia. Desde sus inicios su máxima fue "ilustrar y divertir" ("enlightening and pleasing"). Sus primeros editores querían producir una revista que se pudiera leer con agrado en todos los hogares, al mismo tiempo que promovía la emulación y la innovación entre artesanos y el mundo industrial en general. La información de patentes eran una parte sustancial de la primera revista. Según indica la editorial de 26 de septiembre de 1846, se pretendía presentar todos los saberes útiles para la "industria y comercio", toda la "ciencia práctica y los avances" recientes que pudieran dar "facilidades a las empresas" y "conducir a la prosperidad y a la independencia de la clase obrera en particular".

 Otras dos revistas famosas surgidas en el siglo XIX fueron Science y Nature. Hubo muchas revistas con nombres semejantes en diversos países, pero solamente algunas sobrevivieron, con las correspondientes transformaciones y líneas particulares de trabajo. También fueron habituales en el siglo XIX las secciones de ciencia en la prensa cotidiana y las conferencias de divulgación científica en instituciones generales como los ateneos o las sociedades académicas. Estas actividades fueron posteriormente complementadas con actividades de difusión realizadas por universidades y otros centros científicos. La literatura de ficción, en sus diversos géneros, por ejemplo, las novelas de anticipación como las de Jules Verne, también desempeñaron un papel importante en la circulación del conocimiento científico, al igual que posteriormente lo haría el género de la ciencia ficción.

Gabinete de curiosidades

Una mención aparte merecen los museos de ciencias. Sus precedentes son los gabinetes de curiosidades de los siglos XVI y XVII. Los museos de ciencia se desarrollaron en el siglo XIX (principalmente en relación con la biología y la medicina) y, más adelante, en el siglo XX. Entre los creados en la primera mitad de este siglo figuran el Palais de la Découverte (París), Science Museum (Londres), Deutsches Museum de Múnich y el Museo di Storia della Scienza de Florencia. Posteriormente, en las décadas de 1970 y 1980, surgieron los denominados Science Centers, con una disposición muy diferente, interactivos, con actividades dirigidas a públicos muy amplios. Ejemplos de los pioneros son los que se crearon en San Francisco, Boston y París (La Villette). Frente a los museos tradicionales, el lema de estos museos era "prohibido no tocar". Ofrecían así al visitante una sensación de participación, que hacía más fácil interiorizar ideas y valores. Este tipo de exposiciones, cuestionadas en la actualidad, suelen presentar así la ciencia como una actividad divertida, abierta y descontextualizada del resto de la sociedad, sin fomentar excesivamente la reflexión crítica al respecto, por lo que resultan cómodas para los poderes dominantes.

Solaris, Andrei Tarkovski, 1972

Durante el siglo XX, la llegada de la radio, la televisión y el cine han creado nuevos canales para la divulgación de la ciencia, cada uno de ellos con sus recursos, narraciones y problemas. Los documentales científicos, por ejemplo, se han consolidado con un género propio de la televisión, mientras que la ciencia ficción está perfectamente consolidada en el cine. A principios del siglo XXI, la transformación más importante en este sentido ha sido proporcionada por las nuevas TIC e internet. Han permitido nuevas formas de interacción entre la ciencia y sus públicos, en ocasiones obligando a repensar las fuentes de la autoridad científica. En medio de ese flujo constante de información, conversación y ruido, la voz de la comunidad científica tiene dificultades para ganar la batalla de la visibilidad y de la credibilidad, particularmente cuando hay medios interesados en crear dudas sobre las conclusiones de la ciencia (por ejemplo, en el terreno del cambio climático).

Todas estas cuestiones han conformado los últimos cuatrocientos años de divulgación de la ciencia que son brillantemente repasados en el libro de Agustí Nieto-Galan "Los públicos de la ciencia". Hay muchos otros temas que se abordan en este libro y que merecen ser tratados en otros artículos, particularmente las nuevas tendencias relacionadas con el "giro participativo" que han cambiando las formas de la divulgación de la ciencia en las últimas décadas. Se trata de nuevos retos que, sin duda, encontrarán su respuesta en los próximos cuarenta años de Investigación y Ciencia.

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José Ramón Bertomeu Sánchez
José Ramón Bertomeu Sánchez

Director del Instituto Interuniversitario López Piñero y profesor de historia de la ciencia en la Universidad de Valencia. Ha realizado numerosas publicaciones en torno a las relaciones entre ciencia y ley a través de la historia. 

Sobre este blog

Recorridos por las fronteras entre la ciencia y la ley a través de casos judiciales relacionados con venenos, infanticidios, patentes, adulteraciones, identificaciones, hipnotismo, manchas de sangre, etc.

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