Antonio Lecha-Marzo y los orígenes de la policía científica

23/12/2017 0 comentarios
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Antonio Lecha-Marzo (1888-1918) fue un pionero en las investigaciones sobre policía científica en España. Su legado se expone por primera vez en una muestra que se inaugura el día 10 de enero de 2018 en la Universidad de Valencia. Fue autor de numerosos trabajos sobre técnicas de identificación y análisis de indicios de la escena del crimen. También se interesó por los estudios sobre el origen de la vida. Se relacionó con famosos autores de su época: Federico Olóriz, Juan Vucetich, Santiago Ramón y Cajal, Alfonso L. Herrera, etc. Su legado constituye un patrimonio de gran importancia, repleto de manuscritos inéditos, joyas bibliográficas y fotografías impactantes sobre la práctica forense de principios del siglo XX.

En 1907, Antonio Lecha-Marzo, por entonces un joven estudiante de medicina, publicó un trabajo en el que resumía el estado de los "conocimientos sobre policía judicial científica". El trabajo estaba dedicado a Federico Olóriz Aguilera, catedrático de la Universidad Central, que comenzaba a ser conocido por sus estudios sobre huellas dactilares e identificación. El texto fue prologado por Salvatore Ottolenghi, la principal figura italiana en este terreno, que recordaba la gran cantidad de problemas abordados por la nueva policía científica. Para Ottolenghi, la policía científica debía ser capaz de resguardar a la sociedad "con leyes humanas basadas en el progreso científico", tratando al delincuente como un ser humano "y no como una fiera". En otras palabras, la nueva policía científica debía reunir los saberes de la moderna criminología (el estudio del comportamiento criminal) y la criminalística (la obtención de pruebas de delito).

Antonio Lecha-Marzo trabajando en su laboratorio de medicina legal


También era este el punto de vista del joven Lecha-Marzo. Consideraba que las "ciencias modernas" habían conseguido no solamente transformar los conceptos de "criminalidad", "pena" y "hombre criminal", sino también reemplazar "los antiguos e imperfectos procedimientos de investigación judicial" por "otros más exactos, de base esencialmente científica". De este modo, auguraba Lecha-Marzo, "los personajes creados por la mente de Émile Gaboriau y Arthur Conan-Doyle tendrán existencia real". Se refería a los dos detectives más famosos de la literatura del momento: los inspectores Lecoq y Sherlock Holmes, respectivamente. Estas figuras literarias, junto con otras menos conocidas como el Dr. Thorndyke de Austin Freeman, fueron fuentes de inspiración para la nueva policía científica, tal y como ha señalado recientemente el historiador de la Universidad de Manchester, Ian Burney.

Sherlock Holmes en una de las versiones cinematográficas de las novelas de Conan-Doyle

Según Burney, las investigaciones de estos detectives imaginarios contienen muchos ingredientes de la nueva policía científica: la protección del lugar de los hechos para evitar la contaminación, la recogida detallada de todos los objetos del escenario del crimen, incluso aquellos más anodinos y triviales, y el análisis pormenorizado, mediante técnicas basadas en la ciencia, de todos los indicios disponibles. Esta forma de investigar estaba basada en el trabajo en equipo y en un sistema indiciario de pruebas y fue desarrollada por "detectives" reales como Edmond Locard y Hans Gross, Sus planteamientos poco a poco reemplazarían a los procedimientos de la medicina legal del siglo XIX, fundamentados en la labor del médico forense y en las autopsias.

 

Cuadro del siglo XV de Cosmé Tura, con el dibujo de Morelli
El historiador italiano Carlo Ginzburg definió esta aproximación como el "paradigma indiciario" y, en un audaz artículo, lo relacionó con el patrimonio cognitivo de los primeros cazadores-recolectores que debían prestar atención a las huellas y pistas dejadas por animales. Según Ginzburg, la nueva forma de conocer a partir de minúsculos detalles, aparentemente irrelevantes, surgió no solamente en la nueva policía científica y en la literatura detectivesca. También resulta posible rastrearla en la aproximación de historiadores del arte como Giovannni Morelli que empleaba pequeños rasgos (dibujo del lóbulo de la oreja, forma de los dedos) para distinguir entre originales y falsificaciones de cuadros atribuidos a grandes artistas. 

 Retrato hablado de Alphonse Bertillon

Como las manchas o las figuras del polvo que fascinaban a los primeros detectives científicos, los rasgos elegidos por Morelli eran aparentemente irrelevantes. Ginzburg pensaba que este tipo de aproximación podía haber influido también en la obra del joven Freud, por ejemplo, en su interés por aspectos aparentemente marginales del comportamiento, pero muy reveladores desde el punto de vista del psicoanálisis. Y también estaba detrás del interés por las huellas dactilares, los rasgos corporales característicos y las investigaciones en la escena del crimen de la nueva policía científica. O en el "retrato hablado" sugerido por el inspector de policía francés Alphonse Bertillon, que empleba la fotografía de diversas formas anatómicas del rostro (por ejemplo, orejas o narices) para facilitar la descripción de delincuentes. En todos estos casos, y siempre según Ginzburg, el objetivo era conocer mediante "indicios muchas veces infinitesimales una realidad más profunda que sería imposible de aprehender mediante otros medios". Los seguidores de este particular estilo de indagación asumían, como el escritor Gustave Flaubert, que la verdad se escondía en los detalles.

Antonio Lecha Marzo con alumnos de la cátedra de medicina legal de Granada en 1917. En la parte derecha aparece una pizarra con dibujos de formas de orejas, probablemente para presentar el retrato hablado de Bertillon
Desde sus primeras colaboraciones en la cátedra de medicina legal de su tío en la Universidad de Valladolid, Antonio Lecha-Marzo pudo seguir de primera mano todas estas transformaciones. Sus investigaciones sobre algunas de las formas más características de las nuevas pruebas indiciarias (huellas dactilares y manchas de sangre y semen) lo convirtieron también en protagonista destacado de los progresos de la policía científica en España. Pudo realizar estos trabajos gracias al nuevo contexto para la investigación que propició la creación de la Junta de Ampliación de Estudios, de la cual fue uno de sus más destacados becarios en el extranjero. Su temprana muerte en 1919 cortó bruscamente una brillante carrera que se caracterizó por un interés amplio por numerosos terrenos relacionados con la antropología criminal, la dactiloscopia, la antropometría y la detección de manchas de sangre y semen. También se interesó por los estudios sobre el origen de la vida y mantuvo una interesante correspondencia con el científico mexicano Alfonso L. Herrera en torno a la plasmogenia.

 

 

Antonio Lecha Marzo durante la realización de una autopsia

El archivo personal de Lecha-Marzo, que contiene muchas otras cartas de gran valor científico, ha sido recientemente donado a la biblioteca Vicent Peset Llorca del Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia "López Piñero". Gracias a la labor del equipo de la biblioteca, bajo la dirección de José Enrique Ucedo, el legado se encuentra por primera vez completamente catalogado y disponible para futuras investigaciones. Para celebrar esta situación se ha organizado una exposición, coordinada por Mabel Fuentes, estudiante del máster de historia de la ciencia y comunicación científica. Se inauguró el día 10 de enero de 2018 a las 18 h. en el Palau de Cerveró de la Universidad de Valencia. Como en otras exposiciones, se ha elaborado guías en castellano y catalán. La inauguración contó con la participación de la nieta del médico forense, Carmen de Meer Lecha-Marzo que es también autora de uno de los mejores trabajos biográficos sobre este personaje. Se podrá conocer así, con una gran cantidad de material bibliográfico, manuscritos inéditos y fotografías de la época, los orígenes de la policía científica.