Cerdos fascistas

20/05/2018 0 comentarios
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Robert K. Merton, uno de los más importantes sociólogos de la ciencia, escribió en 1940 una serie de trabajos en los que argumentaba que la ciencia era incompatible con los regímenes fascistas. Estudios más recientes han revisado sus puntos de vista y permiten repensar, desde nuevos parámetros, la relación entre el fascismo, la ciencia y la tecnología. Los nuevos estudios históricos ofrecen conclusiones incómodas para pensar la biotecnología en el presente.

Como norteamericano, Robert K. Merton había podido conocer a muchos exiliados científicos europeos, obligados a dejar sus países de origen por las políticas de exterminio contra judíos, minorías étnicas y disidentes políticos. La llegada de los exiliados fue decisiva para el gran desarrollo de la ciencia en Estados Unidos. Por eso, Merton afirmaba que uno de los ingredientes fundamentales para el desarrollo de la ciencia era un sistema político que garantizara la libertad de expresión, la libre discusión de ideas y el acceso meritocrático a la investigación científica. Muchas investigaciones posteriores han señalado las consecuencias del exilio en la ciencia alemana o, más en general, las consecuencias negativas de las divisiones políticas en la comunidad científica. El exilio científico republicano y la represión de la comunidad científica tras el golpe de estado franquista son también ejemplos sobradamente conocidos. Son innumerables los ejemplos del "atroz desmoche" de la ciencia española, como lo calificó Pedro Laín Entralgo que, como intelectual destacado del régimen franquista, sabía muy bien de lo que estaba hablando cuando trató de descargar su conciencia. Basta recordar las biografías de Joan Bautista Peset Aleixandre, fusilado en 1941 en Paterna (València), o la de Enrique Moles, encarcelado y apartado de toda posibilidad de trabajar en ciencia, después de haber sido el más importante químico de su generación. La creación del CSIC en 1939, en oposición a los principios de la Junta de Ampliación de Estudios, bajo el control de científicos franquistas, con una fuerte presencia del Opus Dei, es otro ejemplo también suficientemente conocido. Aunque hubo diferencias notables según disciplinas, basta contrastar las contribuciones científicas españolas de los años cuarenta y cincuenta con las de las décadas anteriores para tener constancia de las consecuencias. Si en 1939 hubo depuración y escarnio de la comunidad científica, para reemplazarla por afectos al régimen, en 1979 se optó por la continuidad y el olvido. Todo ello explica muchas situaciones actuales.

Cerdos fascistas, libro de Tiago Saraiva, MIT Press, 2016

Los trabajos más recientes sobre ciencia y fascismo permiten pensar esta cuestión desde nuevos parámetros y apuntan que las consecuencias fueron mucho más allá de exilios, genocidios y guerras, para instalarse en los contenidos mismos de la ciencia, y adquirir así una invisibilidad que otorgó mayor capacidad para resistir al paso del tiempo. Un libro reciente que apunta en esta dirección es el publicado por Tiago Saraiva. Fue presentado en los seminarios del Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia “López Piñero” y puede verse en este enlace: [+]

Los cerdos fascistas estudiados por Tiago Saraiva tenían mucha más grasa que los convencionales y podían ser alimentados mediante piensos elaborados con patatas, un cultivo que también se mejoró y expandió en esos años. Los cerdos fascistas fueron el resultado de políticas de mejora genética de plantas y animales, con el objetivo de conseguir la autarquía alimentaria de los estados fascistas europeos de los años treinta del siglo XX. Fueron resultado del encuentro entre los programas de autosuficiencia y expansión imperial de los partidos fascistas y diversos proyectos científicos aplicados a la agricultura y a la alimentación de la primera mitad del siglo XX. En este sentido, y junto con otros historiadores, Tiago Saraiva entiende el fascismo como una modernidad alternativa, como el resultado de impulsos totalitarios dentro del programa ilustrado, desarrollados a principios del siglo XX mediante el recurso a la ciencia. Las cámaras de gas, los programas de eugenesia, los experimentos con seres humanos, las nuevas armas de guerra, etc. no hubieran sido posible sin la necesaria colaboración de un grupo amplio de la comunidad científica y médica. Pero según Saraiva también hubo toda otra serie de programas científicos, mucho menos visibles, que también estuvieron en consonancia con las ideologías fascistas. Considera que las nuevas semillas de trigo o patata, o las nuevas razas de cerdo y ovejas, que fueron introducidas en esos años, pueden considerarse como organismos tecnocientíficos que materializaban y legitimaban las políticas autoritarias de los estados autárquicos imaginados por los regímenes fascistas de Italia y Alemania.

Cartel de la campaña fascista italiana de

 

Christophe Bonneuil ha empleado también esta perspectiva para referirse a las nuevas semillas producto del “modernismo genético” del primer tercio del siglo XX. Se trataba de crear cultivos genéticamente homogéneos en torno a semillas que eran, al mismo tiempo, objetos de investigación científica, productos de consumo y objetivos políticos soñados por los estados totalitarios. Una nueva conexión biopolítica se estableció entre los estados fascistas y las nuevas semillas. Las nuevas variedades de plantas y animales se transformaron en herramientas para desarrollar las políticas de control de los estados totalitarios en el terreno de la agricultura y de la alimentación, al mismo tiempo que también sirvieron para desarrollar las políticas de expansión imperial en los países conquistados en el Este de Europa y en las colonias africanas. Al mismo tiempo, las políticas fascistas sirvieron para favorecer una especie de “fitoeugenesia”, es decir, la generalización de variedades consideradas superiores, y la aniquilación de plantas y animales vistos como obsoletos, inferiores o incapacitados para sobrevivir en la nueva sociedad imaginada por el fascismo. De este modo, argumenta Saraiva, al poner el foco en estos organismos tecnocientíficos, se puede ofrecer una nueva visión acerca de la naturaleza del fascismo y del papel de la ciencia en su desarrollo y su legitimación. Con gran pericia historiográfica y manejo de fuentes muy diversas, Tiago Saraiva ha dejado un libro incómodo, plagado de ideas para pensar el fascismo, la ciencia y los problemas del presente, particularmente en el terreno de la biotecnología. Sus investigaciones se centran en Italia, Alemania y Portugal, pero podrían también aplicarse a los primeros años del franquismo, cuando también hubo un programa totalitario de reforma de la agricultura, con la extensión de nuevas variedades de patata, gracias a las investigaciones de ingenieros agrónomos como José María Díaz de Mendivil. También hubo una “batalla del trigo”, que imitaba a la famosa campaña del fascismo italiano, y la aclimatación de nuevas variedades de animales, con una cierta visión imperial en la explotación de los recursos de las colonias africanas. Toda este proyecto de modernidad reaccionaria del primer franquismo, con fuerte base científicotecnológica, se complementó con una más conocida intervención en las cuencas hidrológicas con la modificación de ríos y la construcción de pantanos.

Esta cuestión ha sido también recientemente investigada en otro magnífico libro por el historiador británico Erik Swyngedouw, que ha investigado los “sueños húmedos” del Caudillo, conocido como “Paco el Rana” por sus conocidas apariciones en el NODO mientras inauguraba pantanos. Todos estos ejemplos ponen en cuestión la idea de que no hubo ciencia en los estados fascistas, como le hubiera gustado a Robert K. Merton en 1942. Si así fuera, si los sueños de la modernidad no produjeran monstruos, se podría dormir plácidamente confiando en los progresos de la biotecnología, sin temor a despertar en compañía de dinosaurios.