Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española "torre de marfil" se refiere al "aislamiento del escritor minoritario que atiende solo a la perfección de su obra, indiferente ante la realidad y los problemas del momento". La metáfora tiene una evidente carga peyorativa, pero también admirativa. Es peyorativa porque asume que ese aislamiento del escritor, o en nuestro caso del científico, es marcadamente egoísta: se aleja de los problemas mundanos y de las necesidades de la gente para dedicarse a sus elucubraciones. Es admirativa porque la torre está hecha de marfil, un material que, si bien es opaco, también es bello y noble. El origen de la metáfora hay que buscarlo en el siglo XIX que es cuando la acuña el escritor y crítico literario francés Charles Augustin Sainte-Beuve.

Hace algunas décadas que la torre de marfil se está desmoronando.

 Scene with Ruined Tower, Thomas Cole (1838)

Desde la década de 1980 una nueva forma de organización del conocimiento científico se abre paso con brío en Estados Unidos para, posteriormente, exportarse a otros países centrales y también periféricos en ciencia y tecnología. Esta nueva forma de entender las relaciones Universidad-Estado-Industria (lo que algunos llaman la "triple hélice") está reemplazando de forma implacable al conocido como viejo régimen de organización del conocimiento, vigente desde finales de la Segunda Guerra Mundial. El viejo régimen se instaura en 1945, cuando Vannevar Bush, a la sazón ingeniero del MIT y asesor científico del presidente Roosevelt, elabora un informe titulado Science – The Endless Frontier. El Informe Bush establece las bases de la política científica, inexistente hasta ese momento. Aboga por una política de laissez faire, es decir, por una política que separe la ciencia de la sociedad, para así preservar la autonomía de la ciencia de posibles injerencias políticas, sociales, o ambas. Para Bush, las tareas del Estado y las de los científicos deben estar separadas: mientras el primero debe limitarse a financiar la investigación, los segundos deben producir descubrimientos que más tarde puedan ser aprovechados por la industria, y así generar productos útiles y beneficiosos para el progreso de la nación norteamericana. Los investigadores pasan a ser formados y becados, por lo que se potencia la enseñanza reglada y se dota a las universidades -las torres de marfil por antonomasia- de tecnología sofisticada. Los científicos gozan de un alto grado de autonomía y libertad académica para desarrollar la llamada "ciencia básica". El Informe Bush fortalece la metáfora de la torre de marfil.

Pero el Informe Bush porta la semilla de la paradoja: si el gobierno debe financiar la ciencia básica y los científicos deben investigar sin injerencias externas, ¿cómo conjugar esto con la idea de que quien aporta los recursos financieros no pida cuentas a quien los recibe? O, dicho de una manera recíproca, ¿cómo casar que quien recibe la financiación no rinda cuentas a quien se la proporciona? Nuevos agentes sociales y numerosas fuerzas propias de las economías de mercado socavan los cimientos de la torre de marfil y el viejo régimen se colapsa. Sobre las ruinas se construye el nuevo régimen en el que rigen los derechos de propiedad intelectual, la investigación privada toma el revelo de la financiada con dinero público y el conocimiento pasa de ser un bien público a otro privado. Aparecen nuevas formas de colaboración entre la Universidad, el Estado y la Industria que, como señala Gürol Irzik, pueden ser vistas como una respuesta a las demandas de lo que a menudo se llama "capitalismo post-industrial" o, por usar una expresión menos cargada políticamente, "economía del conocimiento". Se asume que el conocimiento científico es un factor clave de competitividad económica y, como consecuencia, deviene en mercancía. Ciertos sectores de la ciencia académica, de forma conspicua la biomedicina, la genética y la biotecnología, se convierten en susceptibles de ser comercializados.

El confinamiento en la torre de marfil, característico del viejo régimen, deja de tener sentido. El científico siente la necesidad de salir de los estrechos límites de su autorreclusión, poner pie en suelo social y explorar el ignoto territorio en el que medran otras tribus, como la de los políticos, los empresarios, los activistas o los ciudadanos. Un territorio salpicado de trincheras, aliados con variadas intenciones, minas antipersona, cantos de sirena, fieles adoradores y enemigos al acecho, pero también de retos, sorpresas y misterios.

Este Blog nace con la vocación de enfangarse en las trincheras, intentar descifrar las intenciones de los aliados o escuchar las melodías hipnóticas de las sirenas. Nace con la vocación de debatir sobre las múltiples facetas de este cambio que se está operando en la práctica científica y, paralelamente, en los procesos de comunicación científica. En definitiva, nace con la vocación de ser un foro de discusión en el que todos juntos, lectores y el que escribe, debatamos sobre el papel de la ciencia como institución social.

Les invito a escarbar entre las ruinas de la torre de marfil, a seguir a los científicos en su camino, unas veces errático, otras firme, y adentrarnos en los procelosos territorios de la ciencia en, con y para la sociedad.

Para ampliar información:

Irzik, Gürol (2009): "Why Should Philosophers of Science Pay Attention to the Commercialization of Academic Science?" En: Suárez, M., Dorato, M., and M. Rédei (Eds.): EPSA Epistemology and Methodology of Science, Vol. 1. Chapter 11, pp. 129-138. London / New York: Springer.
Echeverría, Javier (2003): La revolución tecnocientífica, Madrid: Fondo de Cultura Económica.

Miguel Alcíbar
Miguel Alcíbar

Profesor investigador del Departamento de Periodismo I, Facultad de Comunicación, de la Universidad de Sevilla. Imparte docencia a alumnos de periodismo, medicina y biología. Es especialista en comunicación pública de la ciencia.

Sobre este blog

Este Blog nace con la vocación de enfangarse en las trincheras sociales de la ciencia, intentar descifrar las intenciones de los aliados o escuchar las melodías hipnóticas de las sirenas. Nace con la vocación de debatir sobre las múltiples facetas del galopante cambio que se está operando en la práctica científica y, paralelamente, en los procesos de comunicación científica. En definitiva, nace con la vocación de ser un foro de discusión en el que todos juntos, lectores y el que escribe, debatamos sobre el papel de la ciencia como institución social. Les invito a escarbar entre las ruinas de la torre de marfil.

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