El primer problema al que se enfrenta la humanidad en este inicio de siglo es el de la energia. Se puede añadir que otro gran problema es el agua, pero se trata del segundo, ya que el agua se puede obtener si se tiene energía. También está claro que si no se quiere prescindir de nuestro estado del bienestar y se cree que hay que extenderlo a los países emergentes hay que echar mano de todos los recursos. El más evidente es el del ahorro, pero éste no basta. Hace falta explotar todos los recursos disponibles. Sin demagogia y con realismo. Y de recursos no hay tantos: las energías renovables y las que no lo son y que, por tanto, son susceptibles de agotarse.

Antes de seguir, hay que puntualizar que me refiero a “fuentes” de energía y, por lo tanto, no me refiero al hidrógeno de las pilas de combustible, ya que se trata de un sistema de almacenamiento, no de producción. La maravilla de una ciudad llena de coches echando vapor de agua por el tubo de escape y, por tanto, sin contaminar, supone obtener el hidrógeno usando energía en algún otro sitio; contaminante o no.

En el capítulo de renovables, hay que seguir investigando en todas ellas. Las más obvias son la solar, la eólica u otras más imaginativas de desarrollo aún incipiente. Entre las derivadas de la energía solar, existen las biomasas y los biocombustibles, pero hay que recordar tres cosas: al quemarlas, también se produce CO2; al producirlas también se consume energía y hay que hacer bien los balances; y, finalmente, aplicar los cultivos a biocombustibles deja de aportarlos a la alimentación, como estamos viendo.

En un apartado de las no renovables tenemos el carbón, el petróleo y el gas natural, todas ellas contaminantes en distintos grados, de existencias más o menos limitadas y algunas de ellas susceptibles de usos más interesantes que su simple combustión. Quizás lo más sensato sería el retorno al carbón si se logra mejorar el sistema de la captura del CO2 producido.

Capítulo aparte son las nucleares. La de fusión está pendiente de la demostración de su viabilidad en el proyecto ITER y, con este supuesto, no sabemos a qué precio saldrá. Nos queda la de fisión a la que están volviendo algunos países. Lentamente la sociedad ha ido aceptando que, con la excepción de Chernobil – más fruto del totalitarismo que de la tecnología – la industria nuclear es una de las más seguras del mundo: ni el famoso caso del accidente de “Three Mile Island” produjo ninguna víctima mortal! Las centrales nucleares de fisión son muy seguras, si bien hay dos problemas que esperan una mejor solución: el almacenamiento de los residuos y la seguridad frente al terrorismo. Pero el verdadero problema es que tampoco ellas solas nos pueden resolver el problema; son sólo un componente más de la solución.

Por ello es indignante lo sucedido en Ascó. Desconozco todos los detalles del problema y, por lo que parece, se ha tratado de un accidente que según el Consejo de Seguridad Nuclear podría ser “grave” o “muy grave” aunque, por fortuna, no ha tenido consecuencias graves. Lo que es verdaderamente grave es la irresponsabilidad de los dirigentes de la central por haber ocultado lo sucedido y, según parece, haber manipulado los resultados de las medidas.

Los que creemos que la energía de fisión ha de ser un componente importante del “mixt” energético de las próximas décadas, entre los que supongo que se cuentan los responsables de la central, hemos sufrido un retraso de lustros en nuestro esfuerzo de intentar convencer a la sociedad de la necesidad – y seguridad – de este tipo de energía.

Ramón Pascual de Sans
Ramón Pascual de Sans

Profesor emérito de física teórica de la Universidad Autónoma de Barcelona, presidente honorario de la fuente de luz de sincrotrón ALBA y miembro de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona.

Sobre este blog

«Al contrario de los tertulianos, me abstendré de comentar aquello de lo que no sé lo suficiente.»

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