En un reciente artículo de Josep Lladós en la revista Cataluña Económica se dice: «Invertir en ciencia, educación y conocimiento es hoy, más que nunca, gobernar para el futuro». No es que yo, como muchos otros, no hayamos dicho cosas muy parecidas en nuestras actividades profesionales. Pero la frase leída me ha animado a escribir de nuevo algo.

Supongo que los próximos días, semanas y meses veremos nuevos Gobiernos en España, la Unión Europea y quizás en Cataluña. Y llegarán las tomas de decisiones. ¿Cómo se estructurarán los ejecutivos? ¿Habrá ministro de ciencia en España? ¿Quién será el nuevo comisario europeo del ramo? ¿Se escucharán los clamores de los rectores de las universidades, levantados por la rectora de la Universidad Autónoma de Barcelona?

Los máximos responsables se van a encontrar sobre la mesa un sinfín de problemas a resolver con un presupuesto determinado y limitado por el temor a una nueva crisis como la que hace diez años produjo una enorme rebaja en muchos sectores, entre ellos el de la educación y la investigación. El problema del paro, de la vivienda, de los migrantes, de las pensiones, de la sanidad, de las infraestructuras obsoletas. Incluso las necesidades de la defensa y de la justicia. Cierto que hay capítulos presupuestarios en los que se puede ahorrar: recortar subvenciones injustificables, eliminar burocracias innecesarias, eliminar corrupciones de manera efectiva... Pero esto no es fácil.

Y el problema de la estructura territorial y de las administraciones superpuestas. Parece que hemos olvidado aquello de la "subsidiaridad". Que cada administración actúe a su nivel. Me sulfura contemplar que una obra minúscula en un municipio de, por ejemplo 50,000€, luzca una bandera europea afirmando que la obra ha sido financiada por los fondos europeos. ¿Cuál ha sido el coste administrativo de que alguien en Bruselas haya analizado aquella propuesta, la haya aprobado y supervise su ejecución? Seguro que los 50.000€ nos han costado cinco veces más. ¿No sería mejor financiar mejor a los ayuntamientos y que ellos decidan lo que quieren priorizar?

Seguro que todos los colectivos aportarán poderosas razones para reclamar un mayor porcentaje en los presupuestos. Pero la da la casualidad de que todos los porcentajes ¡no pueden sumar más de cien! Es aquí donde entrará la capacidad de los políticos: eliminar lo innecesario y priorizar. Entre las necesidades urgentes que son reclamadas por distintos colectivos o las que no por ser menos reclamadas necesitan atención, hay aquellas que se orientan más al futuro que al presente. Si «ciencia, educación y conocimiento» requieren una mayor atención, seguro que algo muy urgente también deberá recibir menos de lo necesario. Pero esto es priorizar para el futuro.

Concretando un poco más, sería necesario que los nuevos Gobiernos potenciaran más la formación a todos los niveles. Tenemos algunas universidades que, a pesar de sus reducidos presupuestos y sus obsoletos sistemas de gobierno se mantienen —y mejoran— en los mejores rankings internacionales. Pero esta situación no puede durar. Se está perdiendo una generación de jóvenes profesores que deberían estar cubriendo las actuales jubilaciones y, en cambio, optan por irse a otros países o quedarse con contratos precarios. Pronto veremos cómo las universidades van perdiendo puestos en los rankings.

Y en cuanto a la investigación, a normas administrativas absurdas se añaden unos presupuestos tradicionalmente muy escasos y que, encima, en una gran parte no se ejecutan. Se sigue publicando pero la fuente se va agotando. Los centros más punteros, que se mantienen gracias a programas excepcionales como el European Research Council, el Severo Ochoa, o el programa ICREA en Catalunya, tienen presupuestos escasísimos si se comparan con sus equivalentes extranjeros. Y no digamos aquéllos no tan excelentes pero que son la base que ha de dar estabilidad a la pirámide.

Para acabar, hay que recordar que cuando se habla del gran déficit de infraestructuras suelen olvidarse las infraestructuras de investigación y desarrollo, las que suponen inversiones de decenas de millones de euros de las que aún estamos tan escasos.

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Ramón Pascual de Sans
Ramón Pascual de Sans

Profesor emérito de física teórica de la Universidad Autónoma de Barcelona, presidente honorario de la fuente de luz de sincrotrón ALBA y miembro de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona.

Sobre este blog

«Al contrario de los tertulianos, me abstendré de comentar aquello de lo que no sé lo suficiente.»

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