Aquello que tal vez ocurrió a Richard Feynman

23/11/2018 0 comentarios
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Pido prestado este título a Pere Quart-Joan Oliver, que escribió una obra de teatro corta con un título similar, pero donde no salía Feynman, desde luego. A lo largo de 2018 hemos conmemorado los cien años de su nacimiento, y aquí rememoraremos un momento histórico de su vida, en una narración inventada pero plausible.

Dick Feynman estaba un poco intranquilo, a pesar de que tenía un temperamento muy seguro de sí mismo. A finales de diciembre —era 1959— tenía una reunión científica con sus colegas en Pasadena; faltaban tres semanas, se había comprometido a impartir la conferencia principal y todavía no sabía de qué les hablaría. Del proyecto Manhattan no, la mayoría de los colegas eran muy pacifistas y él, que no lo era tanto, tampoco era un defensor acérrimo de la bomba. Además, aquel período de su vida fue de mucho sufrimiento familiar, porque mientres estaba en Los Álamos no le dejaban visitar a su mujer Arline, gravemente enferma, y no tenía ganas de remover recuerdos dolorosos. Tampoco les hablaría de la electrodinámica cuántica. Muchos colegas no la entendían, otros eran experimentalistas y toda la teoría les quedaba lejos, y todavía no era una teoría lo suficientemente redonda. ¿Y la fuerza débil? Él mismo y Gell-Mann habían hecho aportaciones científicas donde incluso se cuestionaban el mantenimiento de la paridad, lo cual era una de aquellas herejías científicas que seducían a Dick. Pero todavía era un modelo que estaba en su infancia. Mejor no hablar de ello todavía.

¡El helio líquido! Esto sí es un tema, pensó. Una propiedad experimental, macroscópica: la superfluidez del helio líquido, que llega a reptar hacia arriba por las paredes de los recipientes donde se guarda. Y lo interesante es que la única explicación nos viene de la mecánica cuántica: un ejemplo de vínculo entre dos mundos, el teórico y el experimental, y también entre el mundo micro y el macro. ¡Gran tema! Pero no se decidía...

Ninguna idea le satisfacía. Salió a pasear por los jardines del Caltech. Los miles de loros de los árboles no paraban de chillar y de hablar. «Los loros hablan, pero ¿saben lo que dicen?», pensaba Dick. «Son como tantos estudiantes. Saben repetir lo que se les dice, pero sin entender realmente lo que dicen. Un día tendré que escribir un libro para ayudar a la real comprensión de las ideas básicas de física. O, mejor, preparar clases para ayudar a comprender. Tendré que hablar con Bob, para ver si me quiere ayudar...».

Dick oyó una voz que le saludaba. Era precisamente su amigo Bob Leighton, compañero científico y también compañero de fiestas y desmadres, que hacía su paseo. Le confesó sus dudas: «Bob, no sé de qué hablar el 29. Estoy pasando lista de temas que pueden ser atractivos para nuestra comunidad de físicos. Unos los encuentro fáciles y triviales, otros todavía no están lo bastante desarrollados como para una conferencia...» Bob escuchaba y le decía que no se preocupara, que ya se le ocurriría algo. «Oye, cambiando de tema, ¿no crees que tendríamos que mejorar la enseñanza de la física de los de primero? Les hacemos estudiar lo mismo que me enseñaron a mí, con pocas novedades, y especialmente los métodos de enseñanza ¡son más clásicos que el átomo de Bohr!» «Tienes razón», concedió Dick. «Antes de que llegaras lo estaba pensando. Tendremos que convencer al director del Caltech de que con lo que pagan los alumnos se merecen una formación que esté más al día, y sobre todo, más eficaz. ¡Si todavía les seguimos explicando el plano inclinado de los griegos y la electrostática de la botella de Leiden! Con todo esto no vamos a ninguna parte".

Dick y Bob maquinaron crear un grupo de trabajo para desarrollar un curso de física totalmente nuevo. Pero, ¿qué contenidos incluír en el mismo? Eran alumnos que venían de secundaria, con unos ciertos conocimientos de matemáticas. Pero, ¿serían capaces de asimilar la mecánica cuántica en primero? ¿O mejor en segundo? ¿Había que dar la evolución histórica de cada tema, o ir directamente a la visión actual? Y, sobre todo, ¿encontrarían receptividad en la dirección para revolucionar el sistema de enseñanza?

«Dick, ¿dónde tienes la mente?»

«Perdona, Bob, te escucho y pienso lo que dices, pero es que tengo la cabeza en dos lugares a la vez. No puedo dejar de pensar que todavía tengo que decidir el tema de la conferencia. Y después tendré que buscar materiales, preparar diapositivas, redactarla... y quedan tres semanas."

En el jardín empezó a llover intensamente. Buscaron refugio en la cantina del campus. Todos los que paseaban por allá habían tenido la misma idea, y en un minuto el bar se llenó. Se dirigieron al camarero, muy conocido de los dos: eran asiduos del bar por las tardes, donde montaban fiestas con abundancia de bebida, música y gente. El camarero se les dirigió con cara compungida: «Lo siento, chicos, hoy todo esto de aquí delante está lleno. Tendréis que pasar al fondo de todo, a la derecha. Hay mucho lugar, todavía, allí abajo».

A Dick se le iluminó el rostro: «Hay mucho lugar allí abajo». Ya tenía conferencia.

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La conferencia «There's plenty of room at the bottom» se considera la primera verbalización pública de los principios teóricos de la nanociencia y la nanotecnología, antes de que estos términos fueran acuñados. La conferencia fue pronunciada por Richard Feynman el 29 de diciembre de 1959 en la reunión anual de la American Physics Society, celebrada en el California Institute of Technology, en Pasadena, y la audiencia quedó muy satisfecha con la misma.

Sin embargo, su impacto fue bastante limitado y poco citada entre los investigadores. Y no fue hasta la década de los 90 que, con el auge de la nanotecnología, fue más divulgada. Algunos malpensados dicen que si se reivindicó la conferencia de Feynman fue porque ya era premio Nobel y famoso, y de este modo los nanocientíficos y nanotecnólogos tenían una referencia inicial hecha por un científico de prestigio.

Puede encontrarse la transcripción completa de la conferencia, sin los chistes ni los juegos de palabras de Feynman, aquí: [+] (consulta noviembre 2018)

 

Fotograma de Fantastic Voyage

Fantastic Voyage (en español Viaje alucinante fue una película de Richard Fleischer de 1966 en que se miniaturiza un submarino con su tripulación para ser inyectado en el torrente sanguíneo de un científico moribundo y poder atacar su enfermedad desde dentro. Existe un guión de Isaac Asimov de la película, pero Asimov la repudió por contener algunos graves fallos científicos inasumibles para el escritor.