He visto hoy el cartel que aparece en la ilustración en una zapatería ortopédica cercana a mi domicilio. Tres errores saltan a la vista al leerlo.

Los dos primeros son obvios: “Traspassa” es una palabra catalana, y su grafía correcta en castellano es traspasa. Y el producto impermeabilizante de prendas y calzados no es Gorotex sino Gore-Tex. Este nombre está compuesto por el apellido de su inventor, Robert Gore, y la primera sílaba de la palabra textil. Como es bien sabido, es un tejido membrana, que consiste en diversas capas que le dan resistencia y suavidad de uso, y en medio se dispone una capa de politetrafluoroetileno (“teflon”) microporoso, que frena el paso de las gotas de agua por capilaridad, pero que permite el paso de las moléculas de agua de la transpiración. El resultado es un tejido impermeable pero transpirable.
 


Pero el interesante es el tercer error. “No traspasa ni el frío ni el agua”. Dejando aparte que el agua en forma de vapor sí lo traspasa, lo significativo de esta frase es que equipara una sustancia, el agua, con una sensación, el frío, y considera a ambos capaces de ser frenados por una membrana. Estamos en un concepto del siglo XVIII. Recordémoslo brevemente.

El desarrollo de la química y la física de los gases, a lo largo de los siglos XVII y XVIII, visualizó que estas sustancias eran de propiedades muy distintas a las hasta entonces conocidas. Surgió entonces (Stahl, 1710) la teoría del flogisto, fluido que se desprendería durante las combustiones y que pasaría desde el cuerpo que ardía hacia el aire. Las cenizas de madera pesan menos que la madera antes de arder, por lo que se suponía que ese flogisto tenía un cierto peso. Pero en ciertas combustiones, como las de metales como el magnesio, sus cenizas pesan más que antes de arder. Y ello sólo se podría explicar suponiendo que el flogisto tuviera en esos casos un peso negativo, lo que pudiera imaginarse que eso fuera. Estas incoherencias y otras llevaron a modificar el concepto de flogisto. Lavoisier interpretó correctamente que las combustiones eran reacciones químicas en que uno de los reactantes era el oxígeno, que unas veces quedaba fijado en las cenizas –caso del magnesio– y otras se desprendía en forma de gas como dióxido de carbono, como en las combustiones de materia orgánica.

Para explicar los cambios de temperatura involucrados en las reacciones, se supuso la existencia de un fluido imponderable –sin peso– que transportase el calor de un cuerpo a otro. Se llamó a este fluido calórico. Durante un tiempo se supuso también la existencia del fluido que transportara el frío, que se denomió frigórico. En 1780 Prévost sugirió que ese frigórico no tenia existencia real, siendo simplemente una falta de calórico. Los razonamientos de Lavoisier y de Laplace convencieron a la comunidad científica del papel del oxígeno en las reacciones de combustión, así como de la teoría del calórico para explicar los cambios de temperatura en las reacciones y otros fenómenos.

Los experimentos decisivos para la superación de la teoría del calórico fueron desarrollados inicialmente por Rumford (1798), que observó que el taladrado de piezas de metal para cañones desarrollaba siempre calor, sin que se agotara nunca la hipotética cantidad de calórico que contenían. Posteriormente Grove y Helmholz intuyeron la equivalencia entre los cambios que tienen lugar en distintas facetas del mundo físico (cambios térmicos, rozamientos, aceleraciones, fenómenos eléctricos y magnéticos) generando así el concepto de la conservación de la energía. Clausius (1850) y Joule desarrollaron los principios de la nueva ciencia de la termodinámica, en la que se introduce el concepto de energía interna como característica de cada cuerpo, variable que depende de su masa, de su temperatura y de su composición. La teoría del calórico fue totalmente abandonada a finales del siglo XIX.

Y aquí viene mi anuncio en pleno siglo XXI, anacrónico en su lenguaje. La afirmación de que con los botines “no traspasa el frío” es conceptualmente de los tiempos del frigórico. Después de 1780 debería haber dicho que con los botines “sus pies no perderán el calor”. Y después de 1850 y hasta hoy, la afirmación científicamente más correcta sería de que con los botines “la energía interna de sus pies se mantendrá aproximadamente constante”. Pero quién dice así las cosas.

Ello plantea la bien sabida cuestión de que el lenguaje cotidiano y el lenguaje científico son dos registros distintos, muchas veces contrarios. Que a su vez plantea a veces el dilema de cómo educar en ciencias, si con el lenguaje científico o con el lenguaje cotidiano. Evidentemente –al menos para mí– hay que partir del lenguaje cotidiano del alumno para ir construyendo junto al mismo el lenguaje científico, que no se puede pretender que sustituya al lenguaje cotidiano. Simplemente se trata de que el alumno sea ducho en ambos y los use en el contexto adecuado, sabiendo que uno le da certezas científicas y el otro le permite ser comprendido por su entorno. Lo hacemos todos cada día. Cada día “el Sol se levanta y se pone”. Y después de usar el WC, todos “tiramos de la cadena” aunque hayamos levantado un dispositivo, girado una palanca o apretado un botón.

Claudi Mans Teixidó
Claudi Mans Teixidó

Catedrático emérito de Ingeniería Química por la Universidad de Barcelona. Autor de los libros de divulgación científica: La truita cremada (2005, Ed. Col·legi de Químics de Catalunya, catalán) y Tortilla quemada (2005, Ed. Col·legi de Químics de Catalunya). Els secrets de les etiquetes (2007, Ed. Mina, catalán) y Los secretos de las etiquetas (2007, Ed. Ariel). La vaca esfèrica (2008, Rubes editorial, catalán). Sferificaciones y macarrones (2010, Ed. Ariel), La química de cada dia (2016, Publicacions de la Universitat de Barcelona, catalán) y La Química en la cocina: una inmersión rápida (2018, Tibidabo Ediciones).

Director científico del Comité Español de la Detergencia, Tensioactivos y Afines (CED). Vocal de la junta de la Associació Catalana de Ciències de l'Alimentació (ACCA) y del Colegio-Agrupación de Químicos de Catalunya.

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La naturaleza del ser humano es su artificialidad: la voluntad de adaptar el medio a sus necesidades. De ahí la tecnología y las ciencias aplicadas. Hablaremos de eso, especialmente de nuestra vida cotidiana. Y también de arte científico, de lenguaje científico-cotidiano... Nos lo pasaremos bien.

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