Ningún lector sabrá quién fue Boz Elcana. Hacia 1976 escribió un libro titulado No os preocupéis por el año 2000, quizá no lo veáis, que puede aún encontrarse en librerías de viejo. Yo conocí a Boz Elcana, que realmente no se llamaba así: era el editor Francisco Mateu, de Editorial Mateu, y para sus profecías apocalípticas usaba el seudónimo citado. Un apocalíptico es el que profetiza sobre el futuro —naturalmente—, con una visión negativa, para mover a sus lectores a trabajar para evitar que aquello acabe pasando.

También hay futurólogos, que usan técnicas esotéricas para sus predicciones, y futuristas, que trabajan a partir de indicios y tendencias. La revista Muy Interesante publicó, el 1985, un test sobre el 2001 donde solicitaron al famosísimo escritor de ciencia-ficción Arthur C. Clarke algunas predicciones, que se podían contrastar con las del lector sobre los mismos temas. Lo respondí, y el 2001 comprobé que Clarke no acertaba más que 20 de las 39 preguntas, y yo, en cambio, 26. Lo expliqué aquí (en catalán) [+]. Clarke no era un futurólogo, sino un futurista que hizo mal su trabajo. No tuvo en cuenta una regla muy simple: no todo lo que es posible o factible es probable que pase. Y ello, por distintos factores.

No hay dinero para todo, y hay que priorizar; y, además, el factor humano no siempre se tiene presente. Ni se tienen en cuenta los límites intrínsecos, ni los de escasez o agotamiento de materias primas, ni los límites de espacio, ni los de energía disponible, ni los de sentido común. La nevera inteligente se inventó hace muchos años, pero no la adquiriré, porque yo quiero ver y tocar los tomates o las sardinas que compro. Además, muy poca gente previó factores extrínsecos como los liderazgos de Khomeini o Bin Laden, las actividades de Mónica Lewinski o ahora la fascinación por el jihadismo. Sólo José Mª Gironella, en su obra El escándalo del Islam de 1982 —que es un libro de viajes— dio algunas observaciones acertadas, no científicas sino únicamente intuitivas, de por dónde podía ir el futuro.

La prospectiva que los futuristas desarrollan es, en su faceta menos especulativa, una herramienta para el análisis matemático de las tendencias observadas en el pasado y presente, a partir de las cuales se pueden extrapolar diferentes escenarios de futuro. Esos escenarios serán tanto más verosímiles como verosímiles sean las estimaciones de los parámetros usados para los cálculos.

Cartel de la exposición

Y de prospectiva va una de las actuales exposiciones temporales del Cosmocaixa Barcelona (Museo de la Ciencia de la Fundación Obra Social de La Caixa), exposición que se titula Experimento año 2100. ¿Qué nos espera en la Tierra del futuro? [+].

La exposición está inspirada en el documento State of the environment report No 1/2010, del que acaba de salir la versión 2015, y es descargable de la web de la Agencia Europea del Medio Ambiente [+] . La exposición está organizada en un prólogo y cuatro grandes líneas o megatendencias: superpoblación, las megaciudades, el medio natural, y la sociedad del conocimiento. Cada tema consta de una introducción en vídeo de unos tres o cuatro minutos, a cargo de Dani Jiménez —conocido científico mediático—, varios carteles, paneles, ordenadores y unos cuantos objetos relativos al tema que se trata: citas y recortes de periódicos, frases de expertos, libros pioneros sobre el tema, ordenadores y utillaje tecnológico antiguo, y películas en vídeo de prospectiva y de ciencia-ficción. Esta parte, especialmente los documentos clásicos, está especialmente cuidada, hasta donde han podido conseguir los derechos de ciertas películas. Y es que las majors son inflexibles, y no ceden nada, ni para exhibiciones culturales.

Para cada megatendencia hay un conjunto de ordenadores que te permiten ampliar información y hacer diferentes simulaciones variando diferentes parámetros. Por ejemplo, ¿cuál sería la población mundial el 2100 si la tasa de natalidad se mantuviera como la actual en Asia y en África?, o ¿hasta donde llegará el nivel del mar en Barcelona el 2100 si aumenta al ritmo actual por el cambio climático? (¡por suerte, no llegará a casa, ufff...! Naturalmente, es muy improbable que el 2100 yo esté vivo). Son modelos predictivos elaborados para esta exposición, más o menos complicados, que a veces dan sorprendentes resultados cuando se hacen correr con algunos parámetros extremos.

Ilustración de futuro-1

A lo largo de todo el montaje hay también cuatro puntos donde puedes hacer el Experimento año 2100 que da nombre a la exposición. Más que un experimento es un sondeo al público asistente. Se le proponen varias cuestiones sobre las cuáles hay que opinar, y el ordenador genera un perfil de lo que has dicho y cuál es tu visión del tema; va recogiendo e integrando los datos, que van apareciendo en una proyección al final de la muestra y se van acumulando de un día a otro, y se va trazando un perfil global evolutivo de cómo piensan los visitantes. Algunas de las cuestiones planteadas no me parecen lo bastante claras, y a veces no sabes si te preguntan qué opinas tú del tema, qué crees que opina la gente sobre el tema, o qué piensas que acabará pasando finalmente. No me parece que se haya revisado críticamente este cuestionario.

El discurso de la exposición se quiere quedar a un nivel digamos aséptico, para huir del catastrofismo o del optimismo tecnológico. Quiere limitarse a describir qué escenarios de futuro podemos visualizar, suponiendo diferentes valores de tasas de natalidad, de consumo de petróleo, o de tendencias migratorias hacia las grandes ciudades. Y, de acuerdo con ello, se desprenden diferentes resultados prospectivos, que a veces se tildan de pesimistas o de optimistas, y otras veces no se etiquetan. Las tres primeras tendencias (población, ciudades y medio) más bien te orientan hacia perspectivas pesimistas, pero a través de la última tendencia, la sociedad del conocimiento y la tecnología quizá se puede paliar el pesimismo. Ojalá.

Ilustración de futuro-2En mi opinión, esta exposición y otras de prospectiva comparten el mismo pecado original: no tienen suficientemente integrados ciertos relevantes aspectos sociales, de economía, de psicología, de política. Por ejemplo, en ningún momento me ha parecido que se hablara del Estado Islámico, de guerras o de grandes migraciones masivas por causas económicas o políticas, o del surgimiento de epidemias como la última de ébola, o de futuras pandemias desconocidas. Tampoco parece que nadie se pregunte quién pagará todo ello, quien pagará las renovables y la bioingeniería que tienen que salvar el mundo, por ejemplo. Y de dónde saldrá y con qué energía y con qué materiales se cuenta para construir los centenares de miles de generadores eólicos, placas fotovoltaicas, vehículos eléctricos y otros aparatos necesarios para sustituir las actuales nucleares, centrales térmicas, refinerías, y vehículos con carburantes convencionales. Me faltan descripciones y comentarios sobre actuaciones posibilistas, como los vehículos híbridos.

Las cuatro megatendencias están integradas a lo largo del montaje siguiendo una línea de interdependencias, en mi opinión presentes pero no lo bastante explícitas: la superpoblación provoca que la población vaya a vivir a las ciudades, donde hay más consumo de energía y de bienes per cápita, lo cual perturba el medio natural y esquilma los recursos de energías no renovables y materias primas, y acelera el cambio climático y el calentamiento global. Y tendría que ser la actividad tecnológica la que permitiera revertir estas retroalimentaciones que conducen a un futuro insostenible: haría falta un cambio de paradigma global. Un planteamiento de cambio radical sería el decrecimiento sostenible planificado, pero esta opción es sólo citada brevemente, a pesar de que varios pensadores la consideran la única vía posible para mantener el planeta y la humanidad en condiciones viables no catastróficas.

Me faltan respuestas a preguntas clave. Como, por ejemplo, la bioingeniería, ¿para hacer qué? ¿Para conseguir que haya menos mortalidad infantil y más supervivencia de la gente mayor? ¿Y, por lo tanto, más superpoblación y concentración en ciudades, y más necesidad de alimentos? ¿Y más consumo de energía de todo tipo? ¿Y, por lo tanto, más cambio climático? ¿Por dónde se rompen los círculos viciosos (por ejemplo el clásico de que si hace más calor ello lleva a instalar más aires acondicionados que requieren más energía que a su vez genera más calentamiento global y más calor)? ¿Pueden existir círculos virtuosos de mejor servicio, más eficacia, más ahorro energético y menos coste, todo a la vez y para todo el mundo? ¿O es que cualquier mejora de un aspecto vendrá acompañada de consecuencias indeseadas en las otras? Nada se nos propone sobre todo ello.

¿Y quién lo pagará? ¿Los países ricos? ¿Los ricos de los países pobres? ¿Los ricos de los países ricos? No me parece que los políticos se acaben de creer esta perspectiva global, y me da la impresión de que tienden a resolver únicamente el problema inmediato que se encuentra ante sus narices y no piensan en términos planetarios. La famosa curva de intensificación de los problemas de calentamiento global en forma de palo de hockey plantea el famoso reto: todavía no hay una situación catastrófica, pero cuando veamos que realmente se está llegando a ella será tarde para modificarlo. Y es que siempre se ha dicho que las grandes decisiones se tienen que tomar en ausencia de información lo bastante fiable.

Para ilustrar la exposición, se convocó el premio Il·lustrafutur, de la mano de la Asociación Catalana de Comunicación Científica (ACCC) y CosmoCaixa. Más de 130 artistas europeos presentaron sus propuestas sobre algún aspecto del año 2100. Aquí se puede ver el acto de entrega: [+]. Seguro que los artistas hicieron su trabajo antes de ver la exposición, porque muchas de las propuestas son de una ingenuidad y de un utopismo notables, sobre todo las grandes ciudades con rascacielos comunicados por arriba (que me recuerdan un poco algunas utopías de Piranesi, por cierto).

Una de las imágenes de futuro propuestas, que mereció los honores de una página central de La Vanguardia, consiste en unas islas móviles autónomas, que se irían 

Ilustración de futuro-3: las islas flotantes

desplazando por los océanos. El autor debe haber leído La isla de hélice de Jules Verne (1895), y le debíó gustar la idea. Pero no llegó al final de la novela, donde los habitantes de la isla se escinden en dos bandos irreconciliables, y cada bando fuerza las hélices de su lado en sentido contrario al otro, hasta que la tensión hace escindir la isla en partes pequeñas, que se hunden en el océano...

Una vez más, el factor humano. Y es que Verne tenía un pesimismo profundo, que aflora en algunas novelas, más hacia el final de su vida pero que ya se encuentra presente desde las primeras obras. La última novela que se le ha publicado, encontrada en un cofre escondido, no vio la luz hasta 1994, a pesar de que fue escrita en 1861. Su título es Paris au XXè siècle, y retrata un Paris mecanizado, deshumanizado y más similar a la Metropolis de Fritz Lang o el Detroit actual que a las felices utopías llenas de inventos futuristas con que Verne es imaginado a veces.

Para mí ha sido una exposición agridulce, tanto por su contenido como por las conclusiones a las que me ha llevado. Puede ser una buena herramienta para una concienciación personal y colectiva de que tenemos que hacer algo para corregir la trayectoria, si allí donde parece que estamos yendo no coincide con donde querríamos ir...

Será interesante ver los resultados del Experimento año 2100 y analizar las respuestas de los visitantes al cerrar la exposición en enero de 2016. Nos dará una foto de cómo pensamos hoy, y dentro de ochenta y cinco años alguien podrá valorar nuestra capacidad colectiva de hacer prospectiva.

Agradezco a Jordi Aloy, del Área de Ciencia y Medio Ambiente de la Fundación Obra Social La Caixa, que es uno de los responsables de la exposición, su asesoría para redactar esta entrada.

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Claudi Mans Teixidó
Claudi Mans Teixidó

Catedrático emérito de Ingeniería Química por la Universidad de Barcelona. Autor de los libros de divulgación científica: La truita cremada (2005, Ed. Col·legi de Químics de Catalunya, catalán) y Tortilla quemada (2005, Ed. Col·legi de Químics de Catalunya). Els secrets de les etiquetes (2007, Ed. Mina, catalán) y Los secretos de las etiquetas (2007, Ed. Ariel). La vaca esfèrica (2008, Rubes editorial, catalán). Sferificaciones y macarrones (2010, Ed. Ariel), La química de cada dia (2016, Publicacions de la Universitat de Barcelona, catalán) y La Química en la cocina: una inmersión rápida (2018, Tibidabo Ediciones).

Director científico del Comité Español de la Detergencia, Tensioactivos y Afines (CED). Vocal de la junta de la Associació Catalana de Ciències de l'Alimentació (ACCA) y del Colegio-Agrupación de Químicos de Catalunya.

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