Mi Física de primer curso (1965) fue estudiada con mis apuntes y con un libro de Física General local. En el segundo curso estudié la Ampliación de Física con unos apuntes ciclostilados —si no sabes qué significa eso, busca el término mimeógrafo en la Wikipedia— de una escuela de ingenieros tomados por una apócrifa comisión de apuntes, que debían estar llenos de erratas, centrados en las demostraciones matemáticas, y desde luego fuera de nuestra capacidad de comprensión. Memoria, demostraciones infinitas, resolución de algunos problemas académicos y poco más. No muy estimulante, realmente.

Mis apuntes ciclostilados de ampliación de física (1966)

Durante el período de mis estudios de licenciatura no era muy común estudiar con libros en inglés. Los libros existían, pero eran caros y los profesores no los seguían. Y no sabíamos inglés. Me compré en toda la carrera tres libros en inglés. El resto, ediciones traducidas o apuntes. Pero en 1965 la editorial Addison-Wesley ya habían publicado su edición de los tres volúmenes de las potentes Lectures de Feynman, y nadie nos lo dijo. No son clases del tipo "ayer vimos hasta la ecuación 43...", sino transcripciones de charlas para penetrar en los temas. Son libros para el alumno, pero también básicas para la formación para el profesor.

Cuando en 1971 el Fondo Educativo Interamericano lanzó sus ediciones bilingües de los Feynman, sentí curiosidad por la novedad, pero no los compré: no había dinero —mi sueldo en la universidad era de 1184 Pta/mes a dedicación completa, 7,13 € si hubieran existido entonces— ni ganas de seguir estudiando física. Pero, con los años —y con la mejora del sueldo— compré en librerías de ocasión dos de los volúmenes. El volumen I porque hablaba de mecánica y calor, y deseaba tener una visión desde la física básica de temas que necesitaba para explicar ingeniería química, y el volumen III sobre mecánica cuántica, para ver si comprendía alguna cosa. Ese segundo objetivo fue un fracaso, pero el volumen I me cambió la vida. Y por dos motivos.

El primer motivo fue el cambio en la visión que yo tenía de la profesión de profesor. Yo no sabía nada de Feynman cuando compré el libro, más allá de la fama de ser un buen libro, de que tenía un nóbel y de la originalidad del texto bilingüe. Abro el libro y me encuentro ¡con un tío tocando el bongo! Inimaginable en mis profesores, de los que no se atisbaba ninguna característica personal más allá de su faceta de profesor (excepto de uno de quien se decía que tocaba el violín). Y en la misma página, un comentario de Feynman sobre sus alumnos "muy entusiastas y bastante despiertos" que accedían al Caltech, y que "habían oído hablar de lo interesante y estimulante que es la física", pero a los que "se les presentaban muy pocas ideas geniales, nuevas o interesantes, se les hacía estudiar planos inclinados, electrostática y cuestiones por el estilo, y después de dos años era como para volverse tonto".

¿Cuándo hemos visto en nuestras universidades una crítica similar a planes de estudio anteriores, y con ese desparpajo? Nunca, claro, porque los mismos profesores que impartían lo viejo son los que maquinan los nuevos planes, y no son —no somos— ni masoquistas ni suicidas. Este estilo de Feynman me impactó desde el prólogo, y me hizo reflexionar sobre quiénes somos/éramos, de dónde venimos/veníamos y adónde deberíamos ir... porque hacia donde íbamos, estaba claro.

El segundo motivo fue, casi, de índole vital. En el capítulo 4, cuando habla de la conservación de la energía,... pero mejor ver, en la figura adjunta, cómo lo explica él mismo. He reproducido solo la traducción, y aun parcialmente.

Analogía para la conservación de la energía. Lectures, Vol I, tema 4.

Esta era la mejor de las analogías que yo había visto hasta aquel momento, además de las parábolas evangélicas, que no iban de ciencias. Desde la lectura de este párrafo vi claramente que mi objetivo en la vida debía ser hacer lo posible para ayudar a hacer comprensibles los conceptos a cualquiera de mis alumnos, mis auditorios y mis lectores. Y para ayudar a comprender un tema hay que saber cuál es el bagaje conceptual y terminológico que tiene nuestro interlocutor.

Los argumentos para comprender, aprehender y finalmente aprender algo sobre entropía, pongamos por caso, requiere saber qué grado de razonamiento abstracto posee el individuo, requiere asumir que todos los conceptos físicos y químicos son inventados, y requiere entender —ahí está la clave— por qué hemos debido inventar —bueno, fue Clausius— un concepto tan abstruso como la entropía. Yo lo explico mediante una analogía: supongamos un extraterrestre que no tiene vivencias de lo que es la gravedad, y llega a la Tierra, experimenta la gravedad, y para poder predecir hacia dónde irán los objetos cuando los suelte, debe inventar el concepto de altura sobre el suelo. Pues análogamente, para poder predecir hacia dónde evolucionará un proceso cualquiera, es conveniente inventar el concepto de entropía. Los detalles, en alguno de mis libros. La imaginación en la gestación de analogías se la debo a Feynman, sin duda.

De sus libros aprendí que la libertad es posible. La libertad de cátedra, y la libertad de expresión. Libertad de cátedra: es decir, la capacidad para escoger los temas a impartir, el orden, el contenido, la capacidad de experimentar con los temarios o con las metodologías pedagógicas y de evaluación. Y la libertad de expresión, es decir, la capacidad de impartir los temas con un lenguaje adaptado al oyente, con metáforas, analogías, ejemplos cercanos y cotidianos, con alegría y con ironía, también consigo mismo. Cuando Feynman comenta la frase "El universo entero está en un vaso de vino" —anticipándose a Hawking y su cáscara de nuez— después de citar turbulencias, enzimas, destilación... termina así: "Dejemos que nos dé (el vino) un placer final más: ¡bébanlo y olvídense de todo!".

(Este artículo forma parte de una serie de artículos publicados en SciLogs, la plataforma de blogs de Investigación y Ciencia, con motivo del 50 aniversario de la publicación de las Feynman Lectures on Physics)

Diagramas de Feynman en el mural del atrio de mi facultad (Vicente Ivorra, 2006-07)

Claudi Mans Teixidó
Claudi Mans Teixidó

Catedrático emérito de Ingeniería Química por la Universidad de Barcelona. Autor de los libros de divulgación científica: La truita cremada (2005, Ed. Col·legi de Químics de Catalunya, catalán) y Tortilla quemada (2005, Ed. Col·legi de Químics de Catalunya). Els secrets de les etiquetes (2007, Ed. Mina, catalán) y Los secretos de las etiquetas (2007, Ed. Ariel). La vaca esfèrica (2008, Rubes editorial, catalán). Sferificaciones y macarrones (2010, Ed. Ariel), La química de cada dia (2016, Publicacions de la Universitat de Barcelona, catalán) y La Química en la cocina: una inmersión rápida (2018, Tibidabo Ediciones).

Director científico del Comité Español de la Detergencia, Tensioactivos y Afines (CED). Vocal de la junta de la Associació Catalana de Ciències de l'Alimentació (ACCA) y del Colegio-Agrupación de Químicos de Catalunya.

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La naturaleza del ser humano es su artificialidad: la voluntad de adaptar el medio a sus necesidades. De ahí la tecnología y las ciencias aplicadas. Hablaremos de eso, especialmente de nuestra vida cotidiana. Y también de arte científico, de lenguaje científico-cotidiano... Nos lo pasaremos bien.

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